Elogio del pepino

Jesús Cabrera | 28 de mayo de 2011 a las 13:04

Los alemanes no saben lo que significa el pepino para nosotros. Acusarlos de portar una bacteria mortal adquirida en un deshonroso lavado atenta contra una de las instituciones gastronómicas del verano andaluz. Porque el pepino es el sabor de los meses más calurosos del año. Fresquito, con unos granos de sal gorda y un chorreón de aceite se convierte en un manjar dentro de su simplicidad. No necesita más. Si, además, lo convertimos en aderezo de gazpachos, ensaladas, picadillos y demás maravillas culinarias. ¿Para qué puñetas querrá un pepino un alemán? La madre del protagonista de la película Good bye, Lenin lo que comía eran pepinillos, pero no pepinos. Está bien que en el reino del codillo, la patata asada y la salchicha descubran la maravilla del pepino, pero no vale que a las primeras de cambio echen su honra por el suelo. Si el palé que contenía esta hortaliza se cayó en el mercado central de Hamburgo y allí se contaminó que no culpen sin escrúpulos a los agricultores andaluces que históricamente se han esperado en la producción de esta modesta joya gastronómica. Que busque ahí las responsabilidades para que todo quede entre los alemanes y que restituyan el honor de nuestro pepino. Como la cosa siga a más seguro que nuestra Ministra de Agricultura, Rosa Aguilar, esgrimirá los argumentos necesarios para poner las cosas en su sitio. Menos mal que la ministra es andaluza, que si llega a ser gallega las cosas se quedan como están.

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