Adiós al Minidisc

Jesús Cabrera | 9 de julio de 2011 a las 7:00

Fue, en su tiempo, la sofisticación al alcance de unos pocos. La música doméstica, ésa que cada uno seleccionaba de sus discos y cantantes favoritos no tenía en los años 80 más salida que la cinta de casete, en la que había que hacer una labor de artesanía fina para encajar canciones diversas con calidades de grabación de lo más variado. La música portátil llegó con el Walkman, un aparato que ya es historia, pero que hizo feliz a una legión de personas que descubrieron el placer de llevar su música a cualquier sitio. Este voluminoso trasto fue el culpable de que se vieran los primeros auriculares por la calle, una costumbre que no se ha perdido. Después del Walkman vino el Minidisc, que rápidamente se convirtió en un placer de dioses. Los ruidos que tenían las cintas de casete desaparecían por completo, la capacidad era infinitamente superior, te ofrecía una calidad digital y podías llevarlo en el bolsillo, porque su tamaño era la cuarta parte de un paquete de tabaco. El único inconveniente que tenía era el precio de los discos –embutidos en vistosas carcasas de colores– que era muy superior al de las familiares casetes. Aún así, el Minidisc cubrió un hueco hasta que lleganos los dispositivos de almacenamiento masivo, como los mp3, que rápidamente se hicieron con el mercado. El Minidisc quedó herido de muerte en una agonía que ya ha terminado. La casa Sony ha anunciado que deja de fabricarlo. Desde ahora es sólo historia para unos cuantos románticos.

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