No al refresco de grifo

Jesús Cabrera | 19 de junio de 2012 a las 7:00

Los norteamericanos, como cualquier otro pueblo, carecen del don de la infabilidad. Hay quien los tiene mitificados y aplauden todo lo que hagan, esté bien o mal. De lo que vamos a hablar hoy es de algo en lo que se han equivocado. Una reciente encuesta refleja que más de la mitad de los neoyorquinos se opone a la medida que pretende implantar el alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg, de prohibir las bebidas refrescantes de gran tamaño; sí, eso vasos gigantescos con tapadera y pajita. El bienintencionado de Bloomberg ha dictado esta medida para reducir la obesidad, puesto que esta bebidas están azucaradas, y ha abierto el consiguiente debate hasta el 13 de septiembre, la fecha prevista para su aprobación definitiva. Hasta el momento son bastantes los argumentos esgrimidos tanto a favor como en contra de la medida, pero todo ellos se centran en los valores calóricos de los refrescos de grifo. Nadie ha utilizado la contundente razón de estas bebidas que nos endiñan en cines, casetas de feria y determinados restaurantes, no son más que un aguachirri infecto por más que lleve una marca popular. Si nos quieren vender una esencia diluida en agua, que lo digan, que no hace falta enmascararla en un vaso lleno de hielos. Y si es un brebaje de calidad tan baja, que por lo menos esté su precio a la misma altura y no nos lo cobren como si estuviera envasado en una lata o en botella de cristal. Así pues, no a las bebidas gigantes, pero por su falta de calidad.

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