Glee

Hyde | 26 de noviembre de 2009 a las 10:44

De todas las series nuevas de este año, la comedia musical ‘Glee’ se lleva la palma. El ‘remake’ de ‘V’ va camino de estrellarse -la semana que viene revisaremos los primeros cuatro episodios, aunque ya les aviso de que los tres iniciales son decepcionantes-, la tramposa ‘Flashforward’ se deja ver, pero no emociona, y ‘Los diarios del vampiro’ es una copia sosa de ‘Crepúsculo’, si es que eso es posible. En cuanto a la HBO, no soporto el humor absurdo que lleva años de moda en EEUU, y uno de sus referentes es Jason Schwartzman, protagonista de ‘Bored to death’, serie que, efectivamente, aburre hasta la muerte. Y de ‘Hung’, el profesor chapero de grandes atributos, esperábamos mucho, pero se quedó en gatillazo. Sólo la sitcom ‘Modern family’, muy original pese a lo agotado del formato, ha aportado frescura a la parrilla, con el siempre genial Ed O’Neill, el padre de ‘Casado con hijos’, como abuelo de esta familia actual, homosexuales adoptantes incluidos. Pero ninguno de estos productos llega a la altura de ‘Glee’. Al principio puede parecer la típica serie de instituto, una especie de ‘High School Musical’ adaptado a la pequeña pantalla. Pero hay que darle crédito cuando descubrimos a su creador, Ryan Murphy, padre de ‘Nip&Tuck’, los ligones cirujanos plásticos. Capítulo a capítulo, esta comedia sobre el un coro de inadaptados de instituto, con una banda sonora muy pegadiza -Madonna acaba de darles permiso sobre su repertorio-, nos va resultando cada vez más diferente y adictiva. Imaginen una sátira colegial de ‘Operación Triunfo’, ‘Se llama copla’, ‘Factor X, Fama’ o ‘Adivina quién baila esta noche’ aderezada con el innegable talento yanqui para el espectáculo. ‘Glee’ engancha entre otras cosas porque te pilla desprevenido, porque simpatizas con los miembros del coro, desde el joven profesor frustrado hasta la engreída e impopular cantante que desde que nació quiere ser una estrella. Desde el tímido gay que sale del armario al guaperas inseguro. Tras el empacho de Bisbales, Chenoas y Rosas de España, juraste que nunca vibrarías con ningún jovenzuelo cantando y bailando. Pero lo has hecho.

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