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Empacho argumental

Hyde | 16 de enero de 2013 a las 19:50

Uno tendería a pensar que ‘Banshee’ es un totum revolutum, un cocktail tan extraño y chocante como fuerte, una rarísima mezcla de ‘Único testigo’, ‘Prison break’, ‘Justified’ y ‘True Blood’, hasta que descubre que el excéntrico Alan Ball es uno de sus productores ejecutivos. Entonces todo empieza a cobrar sentido. Bueno, todo exactamente no, pero uno se hace a la idea de que puede ocurrir cualquier cosa mientras la ve. El piloto de esta serie estrenada hace unos días por el canal Cinemax, de la cadena de pago HBO, es uno de los más intensos de los últimos meses: no hay charco en el que sus guionistas no se metan con valentía.

Tenemos al protagonista, encarnado por el macizo neozelandés Antony Starr, un ladrón recién salido de prisión, un tipo duro, curtido pero al fin y al cabo nuestro héroe. A su novia, que quince años después se ha casado, ha tenido hijos y ha asumido otra identidad en un pueblo de Pensilvania donde por cierto, para liarla más, hay una comunidad amish. Al mafioso local, casualmente es hijo repudiado de ese colectivo religioso y dueño, entre otras cosas, de un matadero. Al gran mafioso de Nueva York al que la pareja robó unos diamantes (el británico Ben Cross). A un alcalde joven que quiere contratar a un sheriff insobornable para encarcelar a su mafioso. Al fiscal del condado que es el marido de la ex novia del protagonista. A un peluquero-hacker muy al estilo Lafayette de ‘True Blood’, que ayuda al protagonista a convertirse en ese sheriff. A un barman socarrón que ‘adopta’ al protagonista y fue campeón del peso welter. Por si fuera poco, en el piloto también hay cinco muertes, una persecución con motos, coches y autobuses que vuelcan, tres peleas a cada cual más salvaje, un descubrimiento de paternidad, el robo de una caja fuerte que parece difícil de abrir, una cicatriz sospechosa y un cunnilingus. Sí, han leído bien. Y aunque parezca mentira, todo lo anterior ocurrió en sesenta minutos de un episodio que incluso se llega a disfrutar a pesar del atracón.

Así que, si por lo general resulta difícil -y existe una alta probabilidad de error- juzgar una serie por su primer episodio, imaginen hacerlo con semejante empacho visual y emocional. Da terror pensar en el segundo capítulo. Por las barbaridades que pueden ocurrir o porque simplemente a los escritores no les queda una sola tecla por tocar.