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Un caso perdido

Hyde | 9 de junio de 2011 a las 11:48

A menudo hay presencias inexplicables en nuestro entorno cercano, personas que se incluyen en nuestro círculo íntimo de amigos a pesar de ser muy diferentes a nosotros o sencillamente insoportables. “Sí, es un psicópata, pero es amiguete, ¿qué le vamos a hacer?”, decían los yonquis de ‘Trainspotting’ sobre el violento personaje de Robert Carlyle. Siete años después, algo parecido nos ocurre con el Doctor House. No hay forma de echar de casa a ese egocéntrico egoísta, adicto a la vicodina y a fastidiar la vida a sus colaboradores y a sus dos únicos amigos, que sin embargo tiene el don supremo de la diagnosis. Esta penúltima temporada que acaba de terminar en EEUU (hace unas semanas el protagonista y productor Hugh Laurie anunció que el año que viene será el último) ha sido una absoluta montaña rusa, aunque ha acabado con mal rollo.

Veníamos de haber tenido a House en un psiquiátrico, de verlo a punto de caer a lo más bajo del abismo para ser rescatado in extremis por Cuddy (la actriz Lisa Edelstein no seguirá en la octava temporada), y empezamos el año con un insólito azúcar. El médico más huraño de la historia de la tele (y eso que ha habido decenas de ellos) esforzándose en mantener una relación de pareja estable con su jefa, que además es su conciencia su amor platónico y objeto conocido de su deseo sexual. Fueron los mejores episodios de los últimos años, grandes guiones y gags que recuperaron la frescura original –especialmente memorable la interacción de House con la hija de Cuddy, mucho más lograda que la suegra algo decepcionante que compone Candice Bergen-, hasta el punto de atreverse con un musical. Pero luego llegó la ruptura amorosa y la nueva caída a los infiernos de House. Ya hemos estado ahí varias veces y desde luego no apetece demasiado volver.

Hace bastante tiempo que esta exitosa serie de la Fox dejó de tratar sobre extraños problemas médicos, una suerte de Sherlock Holmes y pequeños y maltratados doctores Watson (sí, sí, que vuelve Olivia Wilde) a la caza de patologías misteriosas. El público se sabe desde hace años los primeros diagnósticos (lupus, cáncer, algún trastorno autoinmune) y también que no hay nada que una buena punción lumbar no descubra ni una trepanación del cráneo no pueda arreglar. Aunque el paciente, en el fondo, siempre ha sido el mismo. El propio House. Llevamos años preguntándonos si hay redención y cura posibles para un tipo así. Pues va a ser que no.

Un doctor muy sano

Hyde | 17 de marzo de 2011 a las 10:07

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Si algo funciona, y por funcionar nos referimos a la audiencia, no a la calidad, coherencia y atractivo de la trama, hay que estirarlo hasta que deje de hacerlo. La mentalidad de los directivos de televisión es clara y no se diferencian demasiado de cualquier otro gestor: lo que cuentan son los números, no los sentimientos. Y al final el propio público ha acabado adoptándola. Porque qué pereza da visionar una nueva serie cuando sabes que ya ha sido cancelada. ¿Para qué invertir tiempo, exponerse personalmente, arriesgarte a cogerle cariño a los personajes, si su final está cerca y es definitivo? Acaba de ocurrir con ‘Outcasts’, la serie de ciencia ficción de la BBC, que no ha sido renovada. Sucedió con la excelente pero lenta ‘Rubicon’, y puede pasar, dios no lo quiera, con Fringe en su tercer año.

Ese riesgo no lo corre desde luego ‘House’, cuyo reinado en las noches de los lunes en Estados Unidos es indiscutible. Algo tendrán las series de médicos que suelen gozar de mejor salud que las demás. Ahí están ‘Urgencias’ o ‘Anatomía de Grey’ para certificarlo. Aunque el caso del doctor más cascarrabias, borde, maleducado y a la vez divertido de la historia de la tele es digno de estudio. Aunque la emita la Fox, la serie es propiedad de la NBC, una extraña situación que ha traído problemas para la renovación de este rentable negocio para una octava temporada. Y aunque funciona, lo hace precisamente por el medido riesgo, pero al fin y al cabo riesgo, que toman sus guionistas y creadores cada temporada. Hace bastante tiempo que los casos sanitarios pasaron a un segundo plano. El seguidor de House se sabe ya de memorias los diagnósticos. Seguirlos es casi un ritual cómico. Primero se trata de lupus, luego un trastorno autoinmune, nunca falta el cáncer y la sarcoidosis cada vez es más frecuente. Además, resulta pecado emitir un capítulo sin trepanar cráneos, punciones lumbares o reanimación cardiopulmonar.

El año pasado, House dio un giro metiendo al personaje de Hugh Laurie en un psiquiátrico (del que nunca debió salir, desde luego). Y luego nos regaló capítulos sublimes, como los dedicados en exclusiva a los sufridos Wilson y Cuddy y el season finale, con el talentoso diagnosticador bajando a los infiernos para ser rescatado in extremis. En esta séptima temporada, no por deseado el salto de guión deja de ser peligroso: por fin se lían House y Cuddy. Y lo que parecía el cierre final de la trama nos ha ido dejando algunas escenas y episodios fantásticos, rescatando un tono cómico y una originalidad que se echaban en falta desde hace años. Ver a House intentado ser feliz, luchando por conciliar su enfermizo egocentrismo con Cuddy y su familia -impone la aparición de Candice Bergen como intratable suegra-, merece la pena. Y tanto el capítulo cinéfilo como el musical son impecables narrativamente. House sigue sano como un roble. Ese es nuestro diagnóstico.

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