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Ponga un muerto en su serie

Hyde | 8 de noviembre de 2012 a las 11:10

En televisión hay una serie de trucos que nunca fallan si de lo que se trata es de sacudir a la audiencia, de dar un golpe de efecto o de resetear la trama. Pero ninguno como poner un cadáver encima de la mesa. Matar uno de los personajes principales es una jugada peligrosa, tan efectiva como arriesgada. Por un lado recuerda al espectador que, como en la vida, nadie está seguro. Por otro ofrece la posibilidad de eliminar a algún personaje que resulte cansino. Y también puede ser la mejor salida narrativa para dar puerta a un actor o actriz pelmazo o que cuente con una oferta suculenta para irse a al competencia o al cine. “Habrá pedido mucho dinero para la próxima temporada”, es la frase habitual de sofá cuando nos matan a un personaje. No hay mejor puñetazo a las emociones del espectador que obligarle a pasar el proceso del duelo. Puede que odiara a tal o cual personaje, pero ver sufrir a sus favoritos por su muerte casi siempre humedece los ojos. Y constituye una gran ocasión para interpretaciones candidatas a los Emmy.

Hay series que fueron eliminando a sus protagonistas de forma selectiva, elegante, brutal, fascinante. ¿Quién no recuerda, en Los Soprano, a Silvio sacando del coche a Adriana en el bosque? Otras alcanzaron su culmen ahogando a algún personaje relativamente odioso, por mucho que luego viéramos que aportaba equilibrio al grupo. El ‘Not Penny’s boat’ de ‘Perdidos’, aquella imagen de la palma de Charlie, fue de lo mejorcito. Si encima la música la pone Michael Giacchino, sublime. Y visto el desaguisado posterior, ojalá hubiera acabado por allí cerca.

Puede que uno de los asesinatos de protagonistas más chocantes fuera el de Jimmy Darmody, el año pasado, en ‘Boardwalk Empire’. Parecía un crimen, valga la redundancia, despedir al gran Michael Pitt, que hasta el momento le igualaba la partida, cuando no se la ganaba, a Steve Buscemi y su Nucky Thompson. Pero visto el rumbo de la serie en esta tercera temporada, a un nivel altísimo, parece que el sacrificio mereció la pena. Un sacrificio que por otra parte estamos deseando, desde hace un par de temporadas, en ‘Sons of Anarchy’. Algún protagonista hace mucho que debió morir por el bien de la trama.

En las últimas semanas, e intentaremos no espoilear demasiado, ha habido varias muertes sonadas. En ‘The Walking Dead’, cuyo último episodio fue de una intensidad emocional inédita en la serie, casi no tienen piedad. Al fin y al cabo, de eso se trata, de que todos somos muertos vivientes, descompuestos o no. Y luego está ‘Downton Abbey’, el gran éxito de la televisión británica. Cuando corría el riesgo de convertirse en un folletín más, ¡zas, en toda la boca!. ¡Bazinga!, que diría Sheldon Cooper. Preparen los pañuelos quienes estén esperando su emisión, próximamente, en Antena 3. El pasado domingo se despedía -aunque en Navidad habrá otro especial- en el Reino Unido la tercera temporada, con grandes cifras de audiencia y con el público estadounidense, entregado, esperando a su estreno en enero. La excepcional Maggie Smith sigue siendo la piedra angular del show, con una variedad de registros que justifica todos los Emmy del mundo. La vieja condesa puede hacer reír y llorar como nadie.

La televisión y lo nuestro

Hyde | 22 de septiembre de 2011 a las 9:58

Hace días que no logro conciliar el sueño. Todo porque me aterra quedarme dormido desde que se me repite una espantosa pesadilla. Siempre comienza igual. Sueño con un mundo sin más televisión que la española, en la que una ministra de Cultura cualquiera disfrazada de bruja me encadena al sofá, me grapa los párpados a lo ‘Naranja Mecánica’ y me obliga a visionar capítulos y capítulos de ‘El barco’, ‘Águila roja’ y el ‘Cheers’ de Telecinco. Siempre me despierto a gritos, bañado en sudor y con el corazón a punto de estallar, cuando, para concluir su macabro ritual, me pone un bucle interminable con el final de ‘Los Serrano’. “Todo ha sido un sueño”, susurra una voz justo antes de que yo abra los ojos pegando gritos. Entonces vuelvo al salón, enchufo la tele y mi reproductor de USB, y para que se me pase la ansiedad me veo un par de episodios estadounidenses o británicos. Entonces constato que ya se me ha pasado el efecto terapéutico de ‘Crematorio’. Fue una raya en el agua y no parece que vayamos a ver otra igual en mucho tiempo. La última vez que me pasó, en la noche del lunes, pude echar mano del estreno de la segunda temporada de ‘Downton Abbey’. No sé si fue peor el remedio o la enfermedad. Porque siempre que veo este elegante, adictivo e impecable culebrón de época acabo tirándome de los pelos y haciéndome la misma pregunta: ¿Por qué demonios no podemos nosotros hacer algo parecido?

De acuerdo, el regreso de la miniserie revelación de la temporada pasada, que justamente la noche del domingo, mientras se emitía por la ITV británica, ganaba cuatro Emmy, puede no haber estado del todo a la altura de nuestras expectativas. Sobre todo porque apunta cada vez más maneras de ‘soap opera’ que ocultaba en la primera entrega. Ahora no hay uno, sino tres amores imposibles que no tendrán más remedio que hacerse realidad o morir después de cansar al espectador durante años. Eso sí, Maggie Smith sigue igual de estupenda que siempre, y el arranque en el Somme, con ese infierno de trincheras que parece un cuadro de El Bosco, resulta espectacular. Y eso que algún crítico de la prensa seria inglesa lo ha puesto a parir por poco creíble. Se nota que nunca ha visto una serie española. Los que sí lo hemos hecho echábamos mucho de menos pasear por el campo de camino a Downton Abbey.

Un banquete de lujo

Hyde | 3 de febrero de 2011 a las 11:57

maggiesmith

Como un Chateau Margaux del 85, unas trufas blancas o un pata negra de Jabugo, hay series que uno reserva para momentos especiales. No sólo tienen que ser para celebraciones. También para animarse un día difícil. Con esa mentalidad, y tras leer numerosas críticas rendidas a sus pies, hace meses reservé en mi alacena audiovisual particular ‘Downton Abbey’, la última maravilla de la televisión británica.

A menudo somos injustos con la pérfida Albión, a la que dedicamos menos atención que a las factorías yanquis de la HBO, la AMC o SHO, cuando en los últimos años ha sacado creaciones geniales y de factura impecable, como el ‘Wallander’ de Kenneth Branagh, los antihéroes ‘Misfits’, el ‘Luther’ de Idris Elba (Stringer Bell en ‘The Wire’), los apocalípticos ‘Survivors’ o la versión del siglo XXI de Sherlock Holmes.

Pero por fantásticas que sean todas las series anteriores, ninguna llega a la altura de ‘Downton Abbey’, una versión coral, televisiva, de esas películas de época victoriana tardía que evocan el principio del fin del esplendor del imperio británico. Uno no puede evitar acordarse de ‘Lo que queda del día’, ‘Regreso a Howard’s End’ o incluso ‘Sentido y sensibilidad’ cuando ve el palacio del conde de Grantham, la tropa de mayordomos, ayudas de cámara, cocineras, ama de llaves, camareras, jardineros y chófer y las pequeñas intrigas de la distinguida familia Crawley, que debe afrontar el drama de ceder el condado y su patrimonio a un primo lejano porque no se engendró un heredero varón, sino tres hijas ahora en edad casadera.

Todo, desde la música de los créditos de inicio, el vestuario, la iluminación, la fotografía y, por supuesto, las interpretaciones, es de absoluto lujo. No hace falta visionar los siete capítulos para conocer al dedillo las preocupaciones, orígenes y ambiciones de cada uno de los personajes. Basta con unos pocos para cogerles cariño o fobia. Y en un reparto magnífico, sobresale, como siempre, la excepcional Maggie Smith, la gran dama del cine británico. Sólo tiene dos Oscar y otros 25 premios a lo largo de su carrera, así que se pueden figurar la entidad de una serie que se atreve a poner su nombre por orden alfabético en los créditos. Lady Smith merece otra estatuilla dorada por su papel de vieja aristócrata, matriarca y guardiana del honor de la familia Crawley, gruñona pero entrañable, como la recordamos en películas deliciosas como ‘Té con Mussolini’. La serie, que ya ha sido renovada para otra entrega, es mérito de Julian Fellowes, guionista de otro premiado filme del mismo estilo y época, ‘Gosford Park’. El único problema de la digestión de este banquete suntuoso es el peligro de sufrir una úlcera inmediata, fruto de la tremenda envidia y frustración que nos provoca cualquier comparación con productos de época similares en la televisión española.