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Diálogos impuros

Hyde | 2 de febrero de 2012 a las 12:35

A estas alturas resultará difícil que nos escandalicemos con cualquier escena que se inventen los guionistas de ‘Californication’, la serie más desvergonzada de la tele, hecha tan a medida de David Duchovny, su protagonista y productor ejecutivo, que cualquiera diría que él mismo selecciona el casting de bellas jovencitas a las que su Hank Moody, digámoslo finamente, seduce… No, ‘Californication’ ha agotado ya su capacidad para sorprendernos, todo suena a repetido, a barbaridad tras otra, y por eso no cuenta con el respeto de la crítica. Cuesta encontrar algún crítico de prestigio que siga esta serie de la cadena Showtime, pero tiene una audiencia fiel y más que suficiente, que en ocasiones supera los 2,5 millones a lo largo de toda la semana, para mantenerse, habida cuenta de que sus costes de producción no deben de ser prohibitivos. Y qué demonios, si hay mucha, muchísima gente, que se enganchó a ‘Spartacus’ como terapia post-oficina, un baño de sangre y sexo para la descompresión laboral, lo mismo ofrece la serie de Kapinos: desvergüenza a raudales y unas buenas risas.

Con el paso del tiempo, el personaje de Duchovny se va haciendo más y más cansino, pero a cambio el de su agente, Charlie Runkle (un excesivo pero gracioso Evan Handler), va ganando peso. Si el año pasado acompañábamos a Moody al borde del infierno durante casi toda la temporada (el juicio por pedofilia en el que era defendido por la despampanante Carla Gugino, a la que hemos podido ver ahora en ‘Justified’), en esta quinta temporada lo encontramos más moderado. Han pasado varios años, se ha mudado a Nueva York, y está de visita en Los Ángeles para escribir un guión para un rapero-productor multimillonario, con cuya novia inevitablemente -Meagan Good quita el hipo- tiene un lío, y visitar a su hija. Su familia ha avanzado sin él, que sigue siendo el mismo capullo indeciso, caprichoso, egocéntrico y encantador de siempre, con una relación tormentosa con el desequilibrado personaje de Natalie Zea. Pero en estas, justicia poética o castigo divino, que Moody encuentra la horma de su zapato. Su hija se echa un novio que bien podría haber sido él veinte años atrás. Un granuja de cuidado. Aunque la trama no le está dando toda la cuerda deseable a ese conflicto generacional, sigue mereciendo la pena ver ‘Californication’, con los diálogos más porno de la ficción televisiva. Aunque después haya que confesarse y rezar cuatro avemarías.

Un canalla, un impresentable, un granuja: ¡Te queremos, Hank!

Hyde | 29 de marzo de 2011 a las 21:26

hankmoody

Llevamos cuatro años siguiendo a un impresentable. A un granuja alcohólico, mujeriego, infiel, irresponsable, cínico, desvergonzado. Un egoísta que sólo piensa en quién se va a tirar esta noche, en qué copa se va a beber la próxima. Pero algo hace que Hank Moody sea un tipo encantador, que las mujeres caigan rendidas a sus pies y que a los hombres, que escondemos un pequeño Moody en nuestro interior -algunos lo domamos mejor que otros, querida señora Hyde-, nos resulte irresistiblemente divertido seguir sus travesuras por Hollywood.

‘Californication’, la serie hecha a la mayor gloria de David Duchovny y ‘a la Bukowski’, siempre garantiza buenas risas. Incluso aunque a veces se ponga tremendamente dramática, como nos ocurrió en el season finale de la anterior temporada. En esta cuarta que terminó el pasado lunes no hemos acompañado a Moody por los infiernos, o quizás sí. Pero se ha tratado de unos infiernos tremendamente divertidos. Y no sólo porque ha ganado protagonismo ese secundario extraordinario que es su agente, Charlie Runkle  (Evan Handler), sino también por la irrupción de Rob Lowe como el histriónico Eddie Nero y alter ego de Moody. Y luego, claro está, la bellísima Carla Gugino, que quita el hipo. Dan ganas de que a uno lo detengan para tener semejante abogada. Hasta hace comprensibles unos cuernos a la atractivísima Natascha McElhone.

Hay al menos tres capítulos de esta cuarta temporada de Californication que son para enmarcar, de carcajada limpia, pura y descontrolada. Y el season finale es magnífico, más propio de un series finale (que no lo es) grande, de los mejores vistos desde el de ‘The Shield’. Pero que nadie se disguste, habrá quinta temporada. Y nos llevará tres años al futuro en la vida de este canalla al que querríamos tener de amigo de parranda.

Excesos carnales

Hyde | 3 de marzo de 2011 a las 21:42

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En pleno esplendor del reinado de don Carnal, pocas cosas más oportunas que el estreno en España de la primera temporada de ‘Spartacus’ y el fin de su precuela en Estados Unidos. En esta ‘Dioses de la Arena’, que los productores se sacaron de la manga para ganar tiempo para el tratamiento oncológico del protagonista, Andy Whitfield. Las últimas noticias sobre el actor galés son que sigue batallando contra el cáncer, y hace meses que la cadena Starz le buscó un sustituto permanente para la segunda temporada de ‘Sangre y Arena’, que empezará a grabarse en abril. ‘Spartacus’, tanto en la primera temporada como la precuela, es un exceso de sangre, violencia y sexo, a veces sin demasiado sentido. No busquen referencias a Kubrick por ningún lado en esta serie que tiene tantos fanáticos como detractores y que, objetivamente, es más un videoclip que una obra seria. Pero los combates, con el referente comiquero de 300, son a menudo espectaculares y en otras ocasiones casi cómicos por lo gore.

En ‘Dioses de la arena’, los productores y guionistas (si es que existe tal cosa en el ludus de Batiatus), nos han mostrado la sucesión de Quintus y le han dado más cancha al despreciable y algo cansino personaje de John Hannah. También hemos contemplado los poco prometedores inicios del galo Crixus, que encarna Manu Bennet, y la conversión en doctore de Onameus (ese fornido ghanés Peter Mensah). Desde luego ha habido casquería, incluido el primus final, y una orgía descontrolada en el ludus de Capua. En seis capítulos hemos conocido las intrigas que originaron los odios que presiden la primera temporada, y Gannicus, el campeón de los gladiadores, nos ha hecho olvidarnos del pobre Whitfield. En definitiva, lo que pedía la audiencia y el público del circo televisivo.

El sexo, a raudales y con muchísimas señoritas de buen ver (así no es de extrañar la adicción al mismo de David Duchovny), es un protagonista más de Californication, que cumple su cuarto año. Seguimos el camino a la destrucción -un recorrido bastante agradable, por cierto- del escritor Hank Moody. En esta temporada los guionistas han perdido la poca vergüenza que les quedaba, y el fantástico personaje del agente de Moody, Charlie Runkle, se está convirtiendo en todo un robaplanos. Evan Handler, al que ya vimos en ‘Sexo en Nueva York’, se está ganando un puesto entre los mejores secundarios del momento, con escenas absolutamente hilarantes. Y qué decir de esa estrella invitada que este año interpreta Rob Lowe. Vuelve a demostrarnos que además de una cara bonita es un excelente actor, con muy mala suerte a la hora de elegir papeles y cambios de serie. Si el presidente Bartlet levantara la cabeza y viera cómo se comporta su Sam Seaborn…