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Por una muerte digna

Hyde | 15 de septiembre de 2011 a las 13:51

Como en los toros (disculpas a los antitaurinos, pero es el símil más certero que me viene a la cabeza), las series también se enfrentan a su suerte suprema: el momento de matar y de morir. Hay pocas series que se vayan con la misma grandeza con la que se desarrollaron durante años. Cerrar el ciclo y despedirse de unos personajes y un casting con los que se han compartido años, risas, lágrimas, broncas y premios requiere talento, valentía y coherencia del creador y los productores. Y por lo general estos no están demasiado dispuestos a dejar morir dignamente a la criatura.

(A partir de ahora, ligeros espoilers sobre series ya terminadas). Ya hemos dicho por aquí alguna vez que el mejor finale, en opinión de servidor, es el de ‘The Shield’, con ese Vic Mackey encadenado a la oscura oficina cual Prometeo al que el buitre de la burocracia le picotea el hígado todos los días. No está tampoco mal, aunque no compartimos el entusiasmo generalizado, el cierre vital de ‘A dos metros bajo tierra’. Un pelín videoclip para el gusto de servidor. Tampoco me pareció justo el final anticipado que se tributó a Nate. A una de las mejores series de la historia le sobró quizás la última temporada, puede que ya víctima de la locura que Alan Ball desarrollaría años después en ‘True Blood’.

Los dos finales que más polémica han levantado, más charlas de café y análisis teórico han generado, son los de ‘Los Soprano’ y el de ‘Lost’. El primero no apasiona porque David Chase no se mojó y dejó las cosas muy abiertas. Sé que se trata de un análisis simplista, que hay hasta tesis doctorales analizando cómo estaban colocados los azucarillos del bar, si Tony Soprano ya estaba muerto o no… Personalmente, me habría sentado muy mal que se cargaran a mi mafioso favorito, aunque puede que artísticamente fuera lo mejor. Bien alto o notable. En cuanto a ‘Perdidos’, el finale fue un gran capítulo, muy espectacular, pero una estafa total al espectador que siguiera toda la serie. Ni se cerraba ni se aclaraba nada de lo que se había prometido durante años: que todo tendría sentido. Hombre, no se trató del final de ‘Los Serrano’ del “todo ha sido un sueño” (ese fue para denunciarlo directamente en Fiscalía), pero bastante tomadura de pelo con el Humo negro, el encuentro de almas y demás sí que fue.

Hay series que no sienten la necesidad de cerrar la historia. La dejan abierta, y en el caso de ‘En terapia’, con ese doctor Paul Weston mezclándose con la gente por la calle (de las contadas veces, salvo en una cafetería, que lo vemos fuera de la consulta), la opción es buena. Funciona y es bella.

Otras, en cambio, se despiden uno a uno de los personajes y nos los dejan perfectamente situados, sin cabos sueltos. Como prácticamente sus cinco temporadas, el final de ‘Friday Night Lights’ es de gran belleza y emoción. Y la imagen del balón volando es una de las mejores transiciones de la historia de la tele. Da miedo pensar que quieran rodar una película para continuar una historia perfecta, que recordamos con inmenso cariño.

‘Battlestar Galactica’ es otra de las grandes series que se nos fueron en los últimos años. Notable alto, con esos acordes de Jimmy Hendrix y su majestuoso ‘All along the watchtower’.  Y de las que nos cortaron quizás demasiado pronto, está muy, muy conseguido el adiós de ‘Lights Out’. Inquietante, tan estupendo cierre como hasta luego en el caso de que la cadena FX hubiera sido un poco más valiente y hubiera dado otro año a esta buena serie sobre el retorno al ring de un boxeador retirado.

Luego están los finales que ni apuestan por el cierre ni por la continuación, que no dan respuesta a los distintos interrogantes abiertos y que para colmo son un pésimo capítulo. Son episodios que nos dejan con un mal sabor de boca, cuando en este negocio del espectáculo y el ‘storytelling’ el ‘closure’ (el arte suprema, recuerden) es fundamental, lo que decide el aplauso o los pitos, si sacamos a hombros al showrunner o lo maldecimos.

Hace tiempo que dejé de preguntarme por qué me gustaba tanto ‘Entourage’. Disfrutaba como un enano con las aventuras de Vince Chase, las preocupaciones de E, los numeritos de Drama, las inquietudes empresariales de Tortuga y, sobre todo, con las salidas de tono de Ari Gold (grande Jeremy Piven), uno de los mejores personajes de la historia de la tele (si alguien quiere saber cómo se hace un ERE, que pinche aquí). Sí, puede que los guiones cayeran a lo largo de sus ocho años, pero al fin y al cabo en esos veintitantos minutos de cada episodio Doug Ellin conseguía meternos en la pandilla, en las fiestas de Hollywood, en la parte trasera del salvaje, duro y sin escrúpulos negocio del ‘séptimo arte’.

El finale de Entourage, que se emitió el pasado domingo en la HBO y anticipa una película que posiblemente se acabará rodando, es un ejemplo de cómo no cerrar una serie, ni siquiera para decir hasta luego. No sólo porque ya hemos visto antes esa escena en el aeropuerto. Nos saltamos el ligue y la conquista de Vince de la que iba a ser la horma de su zapato, que de repente se convierte en gatita facilona. Ni a Drama ni a Tortuga los despedimos como se merecen. Y la decisión toscana de Ari no se la creen ni él ni su mujer. Es un churro, lo miremos por donde lo miremos. Y me ofende porque hasta el final mantuve la fe y el aprecio por ‘El séquito’.