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El supervillano

Hyde | 7 de junio de 2012 a las 11:22

Hoy debuta como firma invitada en este blog el gran Simón Cano Le Tiec, con una oportuna reflexión sobre ‘Sherlock’. Ahí os la dejo:

El público se ha visto enamorado por uno de esos villanos que necesitan sobrevivir para orquestar la anarquía entre sus enemigos, y ese es Moriarty. Jim para los amigos, o bien Andrew Scott para los que le idolatran, se ha convertido en uno de los personajes más carismáticos de la televisión británica. Hace casi una semana, mientras la mayoría de periodistas, cinéfilos y críticos de todo el globo tenían puestos sus ojos en Cannes y en como Haneke sujetaba su segunda Palma de Oro, se entregaban los premios Bafta a lo mejor de la temporada televisiva inglesa, y si se trata de hablar de excelencia interpretativa, el nombre de Scott no podía faltar en el palmarés. Si tenía que caer algún premio tras el de Martin Freeman como mejor actor secundario hace ya un año, era ése. Scott, entregado en su totalidad a un papel que debería pasar a estar en los libros de interpretación, se ha asegurado de perfilar el caos, el control y la manipulación en un personaje idílico, casi lírico para tratarse de una moderna adaptación de los relatos de Arthur Conan Doyle. A él tampoco le iban mucho los escándalos internacionales. Irene Adler bien pudo ser la única que consiguió darle una buena tunda a Sherlock Holmes, pero tampoco tambaleó el frágil equilibrio de su persona. Moriarty, sin embargo, no solo lo hizo, sino que también consiguio que el pequeño mundillo que Holmes había formulado hasta la fecha, se derrumbara en el acto. De hecho, casi nada en Sherlock transcurre realmente como Doyle escribía, y aunque Moriarty siempre haya actuado desde las sombras, Scott vive para lucirse ante una cámara hechizada por su temida sonrisa, su tragicómico histrionismo y sus one-liners tan perfeccionados como por parte de los guionistas (Mark Gatiss y Steven Moffat) como por su asombrosa expresividad. Por suerte, vive rodeado de talento, o lo que es lo mismo, de Freeman y de Benedict Cumberbatch, cuyo Bafta seguramente le caerá por la última temporada de la serie.

 

El Londres de Moffat, de Gatiss, y lo que es más importante, el de Scott, no es como el pozo de aristócratas del Londres de Woody Allen, pero bien podría parecerse en algo. La violencia se encuentra sometida una presión tal, que el caos impera en las calles, Moriarty se vuelve loco, revienta los códigos de seguridad de los edificios más emblemáticos de la capital, y sigue sonriendo a las cámaras que le graban como uno de esos pocos supervillanos que enamoran por lo bien que les van las cosas. Scott se encaja en un rol complejo, y al final es Moriarty el que acaba vistiéndose como el actor irlandés. Ser tan frenético es lo que le hace tan trascedental. Cumple la mayoría de las exigencias que debería tener un personaje como para tener su propia serie. Sería un Dexter Morgan, un Jack Bauer o un Don Draper que no quiere resaltar porque ya lleva consigo ese estatus de protagonista. Hacerle sombra a Cumberbatch no es tarea fácil, y como antagonista, muchísimo menos. Se trata de uno de esos ejercicios de estilo que se convertiran en ídolos de culto con el paso de los años. En cuanto al trabajo de Scott, todo aspirante a actor debería verle decir: ‘Tú estás en el bando de los ángeles’.

 

Un banquete de lujo

Hyde | 3 de febrero de 2011 a las 11:57

maggiesmith

Como un Chateau Margaux del 85, unas trufas blancas o un pata negra de Jabugo, hay series que uno reserva para momentos especiales. No sólo tienen que ser para celebraciones. También para animarse un día difícil. Con esa mentalidad, y tras leer numerosas críticas rendidas a sus pies, hace meses reservé en mi alacena audiovisual particular ‘Downton Abbey’, la última maravilla de la televisión británica.

A menudo somos injustos con la pérfida Albión, a la que dedicamos menos atención que a las factorías yanquis de la HBO, la AMC o SHO, cuando en los últimos años ha sacado creaciones geniales y de factura impecable, como el ‘Wallander’ de Kenneth Branagh, los antihéroes ‘Misfits’, el ‘Luther’ de Idris Elba (Stringer Bell en ‘The Wire’), los apocalípticos ‘Survivors’ o la versión del siglo XXI de Sherlock Holmes.

Pero por fantásticas que sean todas las series anteriores, ninguna llega a la altura de ‘Downton Abbey’, una versión coral, televisiva, de esas películas de época victoriana tardía que evocan el principio del fin del esplendor del imperio británico. Uno no puede evitar acordarse de ‘Lo que queda del día’, ‘Regreso a Howard’s End’ o incluso ‘Sentido y sensibilidad’ cuando ve el palacio del conde de Grantham, la tropa de mayordomos, ayudas de cámara, cocineras, ama de llaves, camareras, jardineros y chófer y las pequeñas intrigas de la distinguida familia Crawley, que debe afrontar el drama de ceder el condado y su patrimonio a un primo lejano porque no se engendró un heredero varón, sino tres hijas ahora en edad casadera.

Todo, desde la música de los créditos de inicio, el vestuario, la iluminación, la fotografía y, por supuesto, las interpretaciones, es de absoluto lujo. No hace falta visionar los siete capítulos para conocer al dedillo las preocupaciones, orígenes y ambiciones de cada uno de los personajes. Basta con unos pocos para cogerles cariño o fobia. Y en un reparto magnífico, sobresale, como siempre, la excepcional Maggie Smith, la gran dama del cine británico. Sólo tiene dos Oscar y otros 25 premios a lo largo de su carrera, así que se pueden figurar la entidad de una serie que se atreve a poner su nombre por orden alfabético en los créditos. Lady Smith merece otra estatuilla dorada por su papel de vieja aristócrata, matriarca y guardiana del honor de la familia Crawley, gruñona pero entrañable, como la recordamos en películas deliciosas como ‘Té con Mussolini’. La serie, que ya ha sido renovada para otra entrega, es mérito de Julian Fellowes, guionista de otro premiado filme del mismo estilo y época, ‘Gosford Park’. El único problema de la digestión de este banquete suntuoso es el peligro de sufrir una úlcera inmediata, fruto de la tremenda envidia y frustración que nos provoca cualquier comparación con productos de época similares en la televisión española.