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Siempre con Dillon

Hyde | 13 de febrero de 2011 a las 19:27

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Las despedidas son siempre tristes. Pero a veces la pena del adiós se ve mitigada por un inabarcable sentimiento de gratitud, de plena satisfacción por el camino recorrido, de llorosa felicidad por la suerte de haber compartido días, meses o años con los seres queridos que desde ahora nos faltarán. El último capítulo de ‘Friday Night Lights’ fue una inmensa despedida, un final perfecto para una serie que ha dominado como pocas los sentimientos, la extrema necesidad que tiene el ser humano de formar parte de algo más grande que el individuo, ya sea la pareja, la familia en todas sus múltiples y variadas formas, o la comunidad. Y Dillon, ese ficticio pueblo de Texas en el que a los amantes de esta serie nos gustaría empadronarnos, es la mayor familia de la historia de la televisión. Por eso nos duele tanto dejarlo después de cinco intensos años.

A partir de aquí, espoilers.

En los últimos días he leído numerosas críticas y posts, todas positivas, sobre ‘Always’, el series finale de FNL. Por anticipado mis disculpa si uso o robo pensamientos de compañeros y amigos blogueros. Me han gustado especialmente el de mi querido diamante en serie Nahum, y el de  Poniewozik. El crítico televisivo de ‘Time’, una referencia para este blog, lo ha definido como la sesión final del seminario sobre ‘Cómo ser un Maldito Hombre’ que Kyle Chandler, el excelente actor que interpreta al coach Eric Taylor, ha estado impartiendo en los últimos cinco años.

Yo añadiría que Connie Britton, su esposa Tami en la ficción, no se ha quedado atrás. Porque el pegamento de esta serie, su núcleo central y fuerza gravitatoria alrededor de la que orbitan el resto de personajes, es el matrimonio Taylor y la forma en que se enfrentan a las dificultades. No ha habido una pareja más real y perfecta en la historia de la televisión. Tampoco he visto una declaración de amor más hermosa que la de Eric, cediendo por primera vez ante la carrera de su esposa tras  tenernos dos capítulos en vilo: “Te toca a ti. ¿Me dejarás ir a Philadelphia contigo?”.

El segundo visionado de este capítulo es incluso más emocionante que el primero. Cuesta contener las lágrimas, porque hay despedidas de una intensidad difícil de aguantar. Como el abrazo entre Mindy y Becky. O la de Vince y Jess, o la de ésta y el entrenador (“Formar parte de los Lions ha sido la mejor experiencia de mi vida”. “También de la mía”, le responde Eric). Parece imposible que en una hora los creadores de la serie, y en concreto su ‘showrunner’, Jason Katims, responsable del guión, hayan podido concentrar tantos cierres y con tanto cariño hacia los personajes. Dejamos a Tim Riggins construyendo su hogar, por supuesto en Texas (¿qué demonios era eso de Alaska?), con su hermano, por fin reconciliados. A Buddy Garrity mirando, con los ojos llorosos, cómo se coloca en el vestuario una placa en honor a su viejo amigo, con la famosa leyenda que todos conocemos; recuperamos al querido Landry, aunque sólo sea por un instante, para volver a dar el consejo adecuado, y jocoso, a su buen amigo Matt Saracen; vivimos, también por poco tiempo, la intensidad de la relación paterno-filial entre Eric y Vince (“Puede que nunca sepas lo orgulloso que estoy de ti”, “Usted cambió mi vida, entrenador”). Sabemos que Vince, como hizo anteriormente Smash Williams, no sólo corre por deporte. Lo hace por su madre.

Y luego está la cena, claro. El discurso del entrenador a su hija y a Matt sobre lo que debe ser un matrimonio, sobre la importancia del compromiso y del sacrificio, mientras la cámara se centra en un primer plano de su esposa, al borde de las lágrimas. Casi nos dan ganas de hacer igual que ella y salir corriendo al baño para no montar una escena en el sofá de casa. Y esa discusión, al estilo Taylor, en un plano lejano en la puerta del restaurante, en el que Tami le dice que ahora le toca a ella, que cómo va a poder aconsejar a su hija si siempre hace lo que él quiere. O, dando marcha atrás, el momento en el que Matt le pide a Eric la mano de Julie, primero la risa, luego la incredulidad y finalmente la furia que Chandler es capaz de transmitir con una mirada. Y su llegada a casa, casi estampida, en la que le cuenta a su esposa el asunto. “Tenemos un problema, un problema de verdad”. Le cuenta la historia del anillo y vuelven a discutir, sale corriendo, como ha venido, de casa, mientras Tami le grita “¡Pero si estamos de acuerdo en esto!”. Ahí sabemos que el asunto de Philadelphia no va a acabar con nuestro matrimonio favorito, como muchos temíamos.

Para el final he dejado el que quizás sea el cierre más hermoso de una serie de televisión. El vuelo del balón que va a dar el campeonato a los moribundos Lions, esos primeros planos de los personajes atentos, y como en lugar de llegar al touchdown y al éxtasis colectivo, saltamos ya a Philadelphia, donde el coach Taylor ya está al frente de otro equipo. Y de nuevo empezando el camino. Ni siquiera se saben su grito de guerra. Sabemos en un instante que la victoria llegó, al ver el anillo de  Vince, ya un Panther, que Luke se va a la guerra y que los Taylors están en casa. Ya no es Texas, sino Pennsylvania. Pero tu hogar es donde viven los seres que amas. Gracias, FNL, por estos cinco años en los que Dillon se ha convertido en nuestra segunda casa. Ojalá pudiéramos seguir con los Taylors en Philadelphia. Pero así es la vida, llena de senderos que se bifurcan.