Las manzanas del agravio

Javier Gómez | 24 de enero de 2010 a las 11:28

No hay que ser un lince para descubrir que la sangría política del PSOE en Andalucía brota principalmente en Málaga. Los datos de la encuesta del IESA no dan lugar a engaños: el sentimiento de agravio ha calado hondo y será difícil erradicarlo. Griñán no es tonto y desde que sucedió a Chaves ha hecho guiños constantes a la segunda provincia de la comunidad, a una ciudad que lleva años pidiendo el balón aunque siempre acaban poniéndola de portero. Pero si el presidente de la Junta a duras penas ha podido cumplir su intención de venir cada quince días –tendría que estar casi todos los días, porque apenas sabe ponerle nombre uno de cada cinco malagueños, el grado de conocimiento más bajo de la región-, su rival sabe muy bien que el partido se juega y se gana aquí. Javier Arenas lleva meses acudiendo a Málaga como si estuviéramos en el sprint final de la campaña, entre dos y tres veces a la semana. De forma un tanto irresponsable, pero sin duda eficaz, agita sin cesar el árbol de la provincia ninguneada. Y no paran de caerle manzanas, porque de momento le saca diez puntos al socialista.  La Junta y el Gobierno tampoco dejan de darle argumentos, la verdad. Si a estas alturas los ideólogos del PSOE no se han dado cuenta de que la confrontación beneficia a los alcaldes populares, más les valdría volver al parchís. Cada patada en el trasero de Francisco de la Torre, de Ángeles Muñoz, de Pedro Fernández Montes, la acaban sintiendo los ciudadanos. Y cada promesa incumplida, cada moto vendida pero no entregada, acaba contando. No vamos a citar otra vez el tren de la Costa del Sol, ni el cinturón verde de Málaga, ni el parque fluvial del Guadalhorce. Tampoco el saneamiento integral  o las cortinas de humo del megahospital o el museo del Transporte en el Campamento Benítez.

El martes el alcalde de Málaga acude a Sevilla para intentar desbloquear dos asuntos de Estado para la ciudad: el PGOU y el bulevar sobre el soterramiento. En el caso del primero, el regidor no está libre de culpa de todas las chinas que las administraciones socialistas le han ido tirando por el tortuoso camino de su tramitación. El desarrollo de una ciudad a diez o quince años vista debería ser de obligatorio consenso con la oposición, recibir al menos dos tercios de los votos de la Corporación. Y De la Torre engendró el plan con un desprecio absoluto a lo que pensara el resto de partidos. Pero eso no es argumento para que la Junta use sus competencias como armas de una partida de póker sin fin, para sacarse continuamente cartas de la manga con las que sorprender al adversario. La última jugada, pues sólo puede llamarse así, es la de Arraijanal. Si es triste que el Ayuntamiento no sepa ver la necesidad de reservar como zona verde y libre de construcciones la última gran parcela del litoral, más lo es que la Junta prometa un gran parque sin intención alguna de pagarlo. Que sea el Consistorio el que lo haga restando aprovechamientos al PGOU. El rey tira una vez más con la pólvora del pueblo.

En cuanto al bulevar, la postura del Ministerio de Fomento es absolutamente inaceptable. La ciudad, que no De la Torre, ya pagó lo que tuvo que pagar por liberar esos suelos. Para constatar la mala fe con que la que está actuando Adif en este asunto, baste señalar que según la interpretación del convenio del soterramiento que hace Antonio González Marín, su presidente, el verbo “aportar” tiene varios significados. Si se aplica al Ayuntamiento, significa dar los suelos gratuitamente. Si se aplica a su organismo, es darlos a cambio de más dinero. Lo más urgente en Málaga no es nombrar al candidato. Es un cambio de actitud.

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