Cómo diseñar un antidebate para espantar a la audiencia

Javier Gómez | 18 de mayo de 2011 a las 8:59

Por chocante que parezca,el ganador del segundo debate fue Eduard Punset. En otoño se celebró un estupendo congreso, al que acudieron varios Nobel, en el que las ponencias se limitaron a 21 minutos. La premisa de la organización era que ése es el tiempo máximo que el cerebro humano puede mantener la atención al cien por cien. Las primeras palabras de la intervención de Punset entonces fueron para corregir la cifra a la baja basándose en datos científicos. “En realidad son tres minutos”, dijo. Ayer Onda Azul le dio toda la razón.

El debate entre De la Torre, Gámez y Moreno Brenes, si es que puede llamarse así, planteado por la televisión municipal fue una invitación a cambiar de cadena. Lo más entretenido fue la publicidad y los agresivos anuncios de los partidos. Y todo porque su organización consistió en anular cualquier amago de discusión, forzando unos monólogos de cuatro y tres minutos de cada candidato que convertían la retransmisión es un mitin a tres bandas, en un pleno. No hubo cerebro capaz de mantener la atención.

Uno se siente casi culpable, como un chiquillo en el patio del colegio, cuando se sienta a ver un debate en televisión con el ansia de que haya pelea, golpes, cierta violencia política. Al fin y al cabo, la definición de debate de la RAE es explícitamente violenta (contienda, lucha, combate). También la vieja definición de la Facultad de Periodismo, que ahora amarillea por internet y las redes sociales, decía que la radio informaba, la prensa interpretaba y la televisión entretenía y daba espectáculo.

Si lo de anoche, lo contrario de un espectáculo, hubiera sido un combate de boxeo, el símil más facilón que viene a esta cabeza castigada por el sopor, no podía haber reglas más favorables para el campeón vigente. La presencia del tercer candidato diluye al oponente principal y contribuye a la táctica de dormir al público, perfecta si lo que se persigue es conservar el cinturón. Pasan los minutos y no hay más golpes que a las sombras. Y salvo que te noqueen, el jurado siempre te será favorable a los puntos. Desde el principio la aspirante socialista salió a fajarse, a buscar el cuerpo a cuerpo. Pidió que la interrumpieran, como ella interrumpiría, para no encorsetar el diálogo. Hizo el trabajo que se le supone al moderador de un debate si lo que se persigue es la audiencia: intentar incendiarlo.

El alcalde no entró al trapo. Volvió a tirar de cifras, de esos 70 días en que se paga a los proveedores (triste campaña ésta en la que ese se ha convertido en el gran eslogan ), a sacar, tres veces, su Ipad para mostrar gráficos. Pero tampoco renunció a su principal golpe. Si por cada vez que De la Torre ha mencionado a la Junta las últimas dos semanas le dieran un euro, podría comprarse varios Ipad más. Ayer lo hizo en 28 ocasiones. El candidato popular sabe que se trata del gran punto débil de su rival, y castiga el hígado socialista cual insistente y aburrido púgil. Gámez, conocedora de que el regidor repetiría estrategia, le invitó a meterse con la Junta para intentar desanimarlo. Puede, en todo caso, que no sea del PP toda la culpa de transformar esta campaña en un impeachment al Gobierno andaluz. A los ideólogos del PSOE les corresponde el mérito de haber convertido a la Junta en el principal grupo de la oposición en Málaga.