Huérfanos de héroes

Javier Gómez | 5 de enero de 2012 a las 14:28

De niños necesitamos creer en los superhéroes. Desde su maniqueísmo, para una mente infantil resulta más fácil abordar un mundo tan inabarcable, tan lleno de paradojas de difícil comprensión. Todo es más sencillo explicado desde la lucha entre el bien y el mal, sin grises de por medio. Por eso nos apasiona la revisión moderna y gráfica de los mitos clásicos, aunque las criaturas inventadas por Lee, Kane o Siegel resulten bastante menos humanas que los Aquiles y Odiseo homéricos, tan llenos de contradicciones y defectos. Puede que por ello de niños prefiramos a Superman, el hombre de acero, al que solo afecta la kriptonita, mientras que al hacernos mayores nos pasamos a Batman, que sangra y sufre, sin superpoderes, pero que siempre se levanta, dolorido, tras cada golpe. Puede ser un tipo frío, un millonario sin problemas de hipoteca al que persigue un trauma infantil, pero resulta implacable contra los malos y protector con los débiles.

Sin embargo llega un día en que descubrimos que los superhéroes no existen, que los héroes suelen serlo por accidente y que estamos rodeados de villanos. Buscamos referentes morales, gente que sirva a la sociedad. A priori uno pensaría que la cumbre de los servidores públicos la forman los jueces. Pero luego descubre que abundan las miserias en el gremio más exclusivo, corporativista y abusón. Los jueces se juzgan a sí mismos y son mucho más permisivos con sus delitos que con las supuestas faltas de cualquier otro ciudadano que tenga la mala suerte de enfrentarse al azar de los tribunales. Guante de seda para los propios y puño de hierro para los ajenos, porque de ejemplaridad, nada de nada. En estos días ha sido noticia que el Consejo General del Poder Judicial, el órgano en el que los magistrados lavan sus trapos sucios ha impuesto 3.000 euros de multa a un juez del Registro Civil de Murcia que llamaba “putas” a las madres solteras, “gentuza” a los inmigrantes y “maricones” a los homosexuales a los que casaba. A uno se le ocurren muchos tacos para calificar la ridícula cuantía de la sanción, que retrata bien a esta casta de intocables.

Otro que jamás debería volver a ejercer en un sistema judicial que aspire al respeto es Francisco Javier de Urquía, el juez de Marbella condenado por cohecho por aceptar sobornos de Roca (curiosamente no por prevaricación porque el Supremo entendió que cobró pero no dictó resoluciones injustas) y de un imputado en el caso Hidalgo. El Alto Tribunal, en un fallo escandaloso, ha anulado su inhabilitación. Todavía queda otra condena no firme contra él, pero es posible que este delincuente vuelva a vestir la toga. Y no será en Gotham, sino en el mundo real.

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