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Contrastes

Javier Gómez | 28 de marzo de 2010 a las 12:00

Ya no cuesta tanto imaginarse al George Clooney de Up in the air dándose una vuelta por las tiendas del aeropuerto de Málaga, haciendo tiempo tomándose una tapa de diseño de Dani García, hojeando libros en Luces, trabajando con su netbook en la impresionante sala VIP. La nueva T3, diseñada por Bruce S. Fairbanks, es una obra colosal, un edificio luminoso que tiene poco que envidiarle a las terminales más modernas del mundo, una catedral del transporte, con su impresionante bóveda y sus cúpulas piramidales. De las reacciones al contemplar el resultado de una fenomenal inversión de 410 millones de euros, del tremendo esfuerzo del equipo capitaneado con humildad por Mario Otero, habría que quedarse con dos. Las lágrimas de emoción de ese emigrante que volvía de Dusseldorf, su hogar durante cuarenta años, al contemplar el avance de su tierra, y la impresión de muchos nativos: “Esto no parece Málaga”.

Pero basta salir del recinto aeroportuario, cual oasis de Siwa, para darnos de bruces con la realidad: Esto sigue siendo Málaga. Basta coger el tren de Cercanías, cuya estupenda estación, ya terminada por Aena, aún no está en servicio, hasta llegar al nuevo apeadero/estación término del centro, un final indecente para una línea que moverá cien millones de pasajeros al año si algún día a la Junta le da por cumplir la promesa de llevarla a Estepona.

El mismo Ministerio de Fomento, tiene por un lado a Aena, que ha hecho una obra a lo grande, preocupándose más por el futuro que por los costes, y por otro a Adif, que ha escamoteado y sigue escamoteando, inversiones a Málaga. Mientras la T3, sin que sirva de precedente, no se inaugura pequeña sino con capacidad de sobra e incluso tiene listo el espacio para la prometida pero aún hipotética llegada del AVE, resulta inconcebible que Adif haya invertido 4 millones en la estación Alameda-Centro. ¿En qué?

Tampoco podemos creernos que haya destinado 16 millones a abrir en canal durante dos años la calle Cuarteles, y todo para dejar una sola vía, lo que castra cualquier posibilidad de que esa línea se prolongue hacia la plaza de la Marina y más tarde hacia el litoral este. Mientras, el presidente de Adif, Antonio González Marín, exige machaconamente dinero al Ayuntamiento por ceder los suelos del soterramiento de las vías del AVE para el bulevar, agarrándose a una intepretación un tanto caradura del convenio. Quizás habría que pedirle una compensación a él por el perjuicio soportado en Cuarteles por los vecinos, por el desprecio con que trata las ideas que le presenta el alcalde, por inaugurar de forma chapucera y con prisas de fin de semana una estación indigna de ese aeropuerto. Incluso indigna de Málaga.

Las manzanas del agravio

Javier Gómez | 24 de enero de 2010 a las 11:28

No hay que ser un lince para descubrir que la sangría política del PSOE en Andalucía brota principalmente en Málaga. Los datos de la encuesta del IESA no dan lugar a engaños: el sentimiento de agravio ha calado hondo y será difícil erradicarlo. Griñán no es tonto y desde que sucedió a Chaves ha hecho guiños constantes a la segunda provincia de la comunidad, a una ciudad que lleva años pidiendo el balón aunque siempre acaban poniéndola de portero. Pero si el presidente de la Junta a duras penas ha podido cumplir su intención de venir cada quince días –tendría que estar casi todos los días, porque apenas sabe ponerle nombre uno de cada cinco malagueños, el grado de conocimiento más bajo de la región-, su rival sabe muy bien que el partido se juega y se gana aquí. Javier Arenas lleva meses acudiendo a Málaga como si estuviéramos en el sprint final de la campaña, entre dos y tres veces a la semana. De forma un tanto irresponsable, pero sin duda eficaz, agita sin cesar el árbol de la provincia ninguneada. Y no paran de caerle manzanas, porque de momento le saca diez puntos al socialista.  La Junta y el Gobierno tampoco dejan de darle argumentos, la verdad. Si a estas alturas los ideólogos del PSOE no se han dado cuenta de que la confrontación beneficia a los alcaldes populares, más les valdría volver al parchís. Cada patada en el trasero de Francisco de la Torre, de Ángeles Muñoz, de Pedro Fernández Montes, la acaban sintiendo los ciudadanos. Y cada promesa incumplida, cada moto vendida pero no entregada, acaba contando. No vamos a citar otra vez el tren de la Costa del Sol, ni el cinturón verde de Málaga, ni el parque fluvial del Guadalhorce. Tampoco el saneamiento integral  o las cortinas de humo del megahospital o el museo del Transporte en el Campamento Benítez.

El martes el alcalde de Málaga acude a Sevilla para intentar desbloquear dos asuntos de Estado para la ciudad: el PGOU y el bulevar sobre el soterramiento. En el caso del primero, el regidor no está libre de culpa de todas las chinas que las administraciones socialistas le han ido tirando por el tortuoso camino de su tramitación. El desarrollo de una ciudad a diez o quince años vista debería ser de obligatorio consenso con la oposición, recibir al menos dos tercios de los votos de la Corporación. Y De la Torre engendró el plan con un desprecio absoluto a lo que pensara el resto de partidos. Pero eso no es argumento para que la Junta use sus competencias como armas de una partida de póker sin fin, para sacarse continuamente cartas de la manga con las que sorprender al adversario. La última jugada, pues sólo puede llamarse así, es la de Arraijanal. Si es triste que el Ayuntamiento no sepa ver la necesidad de reservar como zona verde y libre de construcciones la última gran parcela del litoral, más lo es que la Junta prometa un gran parque sin intención alguna de pagarlo. Que sea el Consistorio el que lo haga restando aprovechamientos al PGOU. El rey tira una vez más con la pólvora del pueblo.

En cuanto al bulevar, la postura del Ministerio de Fomento es absolutamente inaceptable. La ciudad, que no De la Torre, ya pagó lo que tuvo que pagar por liberar esos suelos. Para constatar la mala fe con que la que está actuando Adif en este asunto, baste señalar que según la interpretación del convenio del soterramiento que hace Antonio González Marín, su presidente, el verbo “aportar” tiene varios significados. Si se aplica al Ayuntamiento, significa dar los suelos gratuitamente. Si se aplica a su organismo, es darlos a cambio de más dinero. Lo más urgente en Málaga no es nombrar al candidato. Es un cambio de actitud.

Regateo indigno

Javier Gómez | 20 de diciembre de 2009 a las 20:51

“LA tierra no pertenece a nadie”, salvo al viento. No era Escarlata O’Hara, sino el presidente del Gobierno de España, quien lanzaba esta proclama en la fallida cumbre contra el cambio climático de Copenhague. Pero de la nueva y poética doctrina de Zapatero sobre la propiedad no han debido de enterarse aún en el Ministerio de Fomento, que sigue jugando al pelotazo urbanístico en Málaga. Y mira que el viento, en este caso un tornado, ya reclamó hace meses las escrituras de los suelos del corredor ferroviario a su paso por la ciudad.

Fomento (lo de Adif es una forma de despistar como otra cualquiera) le ha cogido el gusto al papel de especulador. A principios de la década ya obtuvo unas importantes plusvalías gracias al plan especial de Renfe. No sólo ingresó diez veces más de lo previsto al subastar por una millonada los terrenos aledaños a la estación que logró recalificar como residenciales. También se convirtió en operador de un centro comercial en pleno corazón de la ciudad. Y con el chollo de que sus locales no tienen que cerrar los domingos. Sin añadir el hotel de cuatro estrellas que corona María Zambrano. Digamos que la inversión para que la vieja y cochambrosa estación pasara a ser el megacomplejo Vialia se pagó sola.

Por ello resulta indignante que ahora el Gobierno pretenda sacar tajada económica con los suelos liberados por el soterramiento, que el organismo que preside el supuesto malagueño Antonio González Marín, un hombre de la multihomenajeada Magdalena Álvarez, sea tan cutre como para regatear con una actuación básica para la ciudad. Aunque como en la clásica fábula del pastorcillo y el lobo, el alcalde ha abusado tanto del recurso del agravio que ya no tiene crédito ni cuando ocurre de verdad. Pero es inadmisible que Málaga se lleve en su cuerpo los palos destinados a Francisco de la Torre.

A eso huele la postura del Ministerio de Fomento. A sucia treta electoral con la que bloquear durante meses el inicio del bulevar previsto para restañar la herida ferroviaria de la zona oeste y permitir así la mejora peatonal de la Carretera de Cádiz. Como ocurrió con el Metro, de nuevo se juega de forma obscena a sincronizar plazos de obra con citas con las urnas. Y está claro que a De la Torre no le van a dejar inaugurar un proyecto mientras sea posible empantanarlo.

El Ayuntamiento sostiene que en el convenio de 2004 para el soterramiento de las vías férreas con motivo de la llegada del AVE, Fomento se comprometió a “aportar” los suelos. Sin embargo, Adif mantiene que aportar no quiere decir regalar, por lo que espera recibir una compensación a cambio, en forma de aprovechamientos urbanísticos. Tenga o no razón jurídicamente, desde luego esta cicatería resulta impropia de una administración, y seguro que desde el Gobierno no se pusieron tantas trabas a las operaciones similares acometidas con éxito en Córdoba, Oviedo o Valladolid.

La Junta, por su parte, asiste al nuevo espectáculo de la confrontación como divertida espectadora. Como se ha comprometido a pagar la mitad del bulevar, bienvenido sea todo retraso.

El conflicto recuerda demasiado a la surrealista polémica sobre tuneladoras y muros pantalla con motivo del inicio del Metro, un debate exclusivamente técnico que acabó convertido en tema de conversación de patio de vecinos, como si el enfermo decidiera la técnica con la que se va a operar y el cirujano no tuviera la responsabilidad. Como ocurre con los aprovechamientos urbanísticos, es una discusión de la que los ciudadanos deberíamos tener conocimiento sólo cuando se ha cerrado el acuerdo. Lo demás es indigno. Lo demás es intolerable.