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La jequera

Javier Gómez | 6 de febrero de 2011 a las 11:48

En la semana de beatificación del jeque propietario del Málaga C.F. -ya sólo falta que las administraciones organicen una romería a Catar-, sigue sin recibir respuesta una de las preguntas más antiguas del mundo: cui prodest (¿a quién beneficia?). Con Abdullah Al-Thani y su mano derecha, Ghubn, desde hace semanas en el país asiático, sus dos emisarios locales recorren la ciudad y las distintas instituciones. Y si bien han encarecido notablemente cualquier compra de suelo con tanto trajín, desde luego parece que han tenido éxito en su misión de convencer a los dirigentes políticos de que la operación para construir un nuevo estadio es un chollo para los intereses públicos, sin que nadie realice alguna pregunta pertinente, como por qué o para qué. Disculpen la osadía, pero se supone que para preguntar estas cosas existen los periodistas.

El jeque no sólo se va a gastar un pastón en levantar un recinto deportivo que será referente mundial –otra cosa es si se llenará-, es que además va a pagar de su bolsillo el parque de Arraijanal y de paso construirle al alcalde ese centro oceanográfico que lleva diez años anhelando en la zona pero que extrañamente no quiere financiar en el Puerto, donde sería más oportuno. En las bonitas infografías caseras que se han desplegado estos días, esas que los políticos juran no haber visto antes pero que están en poder de sus técnicos, no queda del todo claro si las orcas y los delfines saltarán de un lado a otro de la ronda oeste, para amenizar a los miles de conductores atrapados en los atascos, habituales en la zona pero que empeorarán con el estadio y su centro comercial. Tampoco cómo será posible que Navegación Aérea autorice levantar allí, junto al aeropuerto, lo que no ha permitido en otros lugares más lejanos de la ciudad.

La Junta, que no tiene dinero para cumplir sus promesas con Málaga -desde la más vieja, el tren litoral, hasta el invento electoral más reciente, el megahospital-, está lógicamente encantada con la posibilidad de librarse de su obligación de crear un parque en Arraijanal. “Miel sobre hojuelas”, se le escapó a la delegada del Gobierno andaluz y candidata socialista a la Alcaldía, María Gámez. Su antecesora como alcaldable, Marisa Bustinduy, ya había prometido hace años, con el aval de la entonces ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, que la gran explanada de Guadalmar, el último gran terreno libre del litoral malagueño, sería un espacio público. Pero en la Costa del Sol las promesas, como la arena de las playas, se las lleva el viento. Y los avales, ni los bancarios, ya no son lo que eran.

El alcalde también ha aprovechado la supuesta oferta del jeque para tenderle una fácil trampa al Gobierno andaluz. Ya que no tendrán que gastarse un euro en Arraijanal merced a la filantropía del jeque Al-Thani, que cumplan su otra promesa de mejorar la Carretera de Cádiz. El regidor ha aguantado como ha podido esta semana una nueva provocación electoralista con el estatuto de capitalidad. Como quien ha reabierto la caja de los truenos ha sido en esta ocasión su compañero popular Zoido y no el denostado Monteseirín, su respuesta ha sido mucho más tibia. Obviamente tiene razón De la Torre cuando recuerda el impacto positivo que tiene para el empleo ser la capital de Andalucía. Sólo unos 50.000 trabajadores públicos más de nada.

También debería citar el regidor, aunque ahora no le conviene, uno de los mayores (por tamaño y por coste) agravios centralistas que ha cometido la Junta en todos estos años: el disparate del estadio mal llamado olímpico de la Cartuja. Una obra faraónica, también mausoleo, que apenas se usa unos pocos días al año para megaconciertos, con una acústica, por cierto, muy deficiente. El mantenimiento de ese gigante–los dos equipos hispalenses se negaron a jugar allí-, llegó a costar 6.000 euros al día a todos los andaluces. Con el alquiler de oficinas han logrado evitar que siga siendo una ruina.

De momento, la única oferta por escrito del jeque Al-Thani consiste en comprar La Rosaleda por 3,3 millones de euros, cuando costó 39 millones de euros. Con ese antecedente, hacer preguntas, por ahora al aire, sobre este rosario de inversiones que cada semana crece en 100 millones de euros –a este paso el magnate catarí acabará pagando la solución urbana del Guadalmedina- no es de desconfiados. Es nuestra obligación.

El falso parque y los árboles que talarás mañana

Javier Gómez | 18 de agosto de 2009 a las 11:54

Tiene razón el Ayuntamiento cuando alega que conserva el parque Guadalmedina tal cual se lo entregó el Gobierno central. Es lo que tienen los eriales, que son muy fáciles de mantener. Basta con no hacer nada. Pero no carguemos las tintas sobre el Consistorio, que no se distingue por su faceta verde. Ni sobre la Junta, que promete parque aquí y allá -cinturón verde hace doce años, ahora Arraijanal- para que luego se le olviden. Es el Ministerio de Medio Ambiente el que, además de aclararse con las casas de El Palo y los chiringuitos, le debe a esta ciudad un parque forestal, es decir, con árboles. Del último han pasado sesenta años y la chapuza que hay junto al Limonero no se puede considerar tal.

Con lo puntilloso que es el alcalde, Francisco de la Torre, con el resto de las administraciones, sorprende que el Consistorio recepcionara sin pega semejante fiasco. Bueno, no sorprende tanto: se trataba de un Gobierno del PP y no del PSOE. Además, visto lo ocurrido en Ronda, en Torremolinos y en Pedregalejo, donde las instituciones talan sin reparo los mismos pinos que ellas repoblaron, quizás lo más sensato sea hacer un parque sin árboles. Así dará menos reparo cruzarlo con carreteras y urbanizaciones en el futuro.

Hay ecologistas que han solicitado otro plan ZP dedicado a los montes y no a renovar improductivas aceras. Además de prevenir incendios y riadas, se crea empleo, zonas de ocio y pulmones que absorben el CO2. Pero un árbol tarda décadas en crecer, demasiado para sacarle rentabilidad electoral. A pesar de ello, cada cuatro años los partidos nos prometen plantar millones de ejemplares, la leyenda clásica según la cual una ardilla podía recorrer la península de copa en copa sin tocar el suelo. Por el bien de la ardilla espero que no visite Málaga. Le daría una depresión.