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El pollo, el sapo venenoso y el loro

Javier Gómez | 28 de junio de 2009 a las 12:35

 Los miles de folios con escuchas, denuncias y hechos recopilados por los investigadores de la operación Astapa no sólo ponen de relieve el grado máximo de corrupción al que se había llegado en el Ayuntamiento de Estepona. El sumario judicial es además un completo ensayo sobre las miserias de la condición humana, un catálogo de ambiciones desmedidas, de ansias sin freno por el poder y dinero de quien ya tiene más que de sobra de ambos. Del durísimo retrato sociológico que se desprende de las conversaciones grabadas no se libra casi nadie. Ni siquiera una alta institución del Estado como es el presidente del Senado. Ni otros compañeros de partido de Antonio Barrientos, hoy valores ascendentes de la ejecutiva regional, que lo llamaban para recomendarle tal o cual operación con determinadas cajas de ahorros. Ni por supuesto los periodistas de cuya amistad era tan aficionado.

El sumario de Astapa, que en manos de un moderno Shakespeare se convertiría en una segunda parte de Macbeth, aunque las montañas verdes de Escocia habría que cambiarlas por el ladrillo y las grúas costasoleñas, es también un tratado sobre la estupidez humana. Cuesta creer la imprudencia de todos estos presuntos delincuentes, la indecencia de sus palabras y actos, cuando apenas un año antes se había desencadenado la operación Malaya y ya había conocido toda España diálogos similares. El uso de los coches oficiales por Yagüe, el recalifícame aquí o allá esos terrenos, la bochornosa manteca. Hay bastante déjà vu en las grabaciones de Estepona, e irrita pensar en lo impunes que se sentían sus protagonistas, el pollo, el sapo venenoso, el loro y el resto del zoo, gozando de una vida canalla pero de lujo, de habitaciones de hotel a 350 euros la noche, de mañanas de charla corrupta en el hoyo 9, de numerosas tardes de toros o masters de tenis.

Si en el caso de Marbella podíamos culpar de todo a la simiente de Gil, en el municipio vecino el PSOE resulta muy damnificado. No sólo porque la anterior dirección provincial contaba con suficientes indicios, e incluso las denuncias de David Valadez y Cristina Rodríguez, para sospechar de la podredumbre del Ayuntamiento, de su candidato y de su ejecutiva local. También porque se habla a las claras de financiación ilegal para la campaña municipal. Resulta que el jefe de gabinete del alcalde, uno de los presuntos cabecillas de la trama de corrupción, José Flores, también coordinaba la campaña electoral y su inversión. Por otra parte, los anteriores responsables de la ejecutiva provincial socialista, que aún hoy mueven los hilos de Fernán Núñez, asistieron a varios desafíos urbanísticos de Barrientos y de su equipo. En diversas ocasiones intentó saltarse las limitaciones de la Ley del Suelo de Andalucía que aprobó en su etapa de consejera Concepción Gutiérrez precisamente con el fin de evitar aberraciones como la sucedida.

Si bien es cierto que en más de una ocasión Marisa Bustinduy y la ejecutiva regional lograron que el regidor desistiera de atropellos como recalificar el parque Selwo, no lo es menos que en cualquier organización que se guíe por la coherencia y no por el resultadismo barato, Barrientos jamás habría sido candidato. Pero los socialistas malagueños, como les sigue ocurriendo, no estaban para perder muchos alcaldes en la Costa del Sol y estaban dispuestos a mirar hacia Antequera con tal de no ver lo que estaban haciendo los miembros de su ejecutiva local en Estepona. Mal asunto que la política, y en esto no hay ideologías ni colores, se guíe siempre por el lema de que el fin justifica los medios.

También sorprende el hecho de que David Valadez sea considerado más villano que héroe por la dirección de su partido, dispuesta a dejarle solo a merced de una oposición formada por una mayoría de imputados, como el ex senador socialista Francisco Zamorano, un personaje que afortunadamente no llegó a ser alcalde -por lo visto en el sumario, habría sido mucho peor que Barrientos- y que ha demostrado su catadura moral secuestrando su acta de concejal.

La idea parece que es amargarle la existencia a Valadez hasta las próximas elecciones con tal de que el considerado “chivato” no sea el candidato. Aunque sean buenos, Roma no paga a traidores.