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No se culpe a nadie

Javier Gómez | 28 de febrero de 2010 a las 12:17

Ya iba siendo hora, tras tres décadas de debate ciudadano, de presentar y retirar proyectos, de frases grandilocuentes, de poner a arquitectos estrellas en fuga, de que en el Puerto se hiciera una actuación singular. Singularísima. Algo que sólo podría ocurrir en Málaga. En sus mejores suelos libres, en la plataforma donde se funden el mar, Gibralfaro, el Parque y la Malagueta, en los dos muelles que envidian muchísimas ciudades porque en contadísimos lugares del mundo se puede desembarcar a los pies de una Catedral y una Alcazaba, nosotros pondremos un supermercado.

Es lo que tiene ser la gran metrópoli del Sur de Europa, la excelsa urbe que aspira a la Capitalidad Cultural Europea, el Silicon Valley del viejo continente: cuando los demás van, nosotros volvemos. No es que seamos unos catetos sin redención posible. Es que somos unos innovadores, unos visionarios, unos iconoclastas sin remedio. Aunque de momento, ningún coolhunter se ha arrogado la idea. Como en aquel genial cuento de Cortázar, nadie tiene la culpa de que nos asfixiemos a fuerza de dar tantas vueltas con nuestro plan del puerto. Si hace diez años el arquitecto Moreno Peralta –qué incordio de hombre, siempre aportando ideas o poniendo el dedo en la llaga– encendió la mecha de la revuelta ciudadana (“Donde otros ponen un Guggenheim, nosotros cines y pizzerías”, dijo), el tiempo ha acabado empeorando sus perspectivas. Cualquiera preferiría un multicine a un supermercado de barrio.

Porque lo que va a ocurrir en el muelle de la Farola, si no lo impide un tsunami o una rara epidemia de sentido común entre nuestros gobernantes, es como poner la basura en el salón de casa, como instalar contenedores soterrados en la entrada de la calle Larios. ¡Huy, disculpen, pero me temo que eso ya ha sucedido!

Enrique Linde, presidente de la Autoridad Portuaria, asegura que él no ha propuesto la idea de ubicar un supermercado en la zona noble del plan especial del Puerto. Incluso afirma que no le gusta. El alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, del que se espera y se sigue esperando el liderazgo en cuestiones de diseño urbano, dijo en su momento que tampoco le apasionaba, que el lugar no parecía el más adecuado. A priori, el primer consenso de ambas autoridades en una década de tramitación del plan debería ser más que suficiente para zanjar el asunto. Pero no.

No se culpe a nadie (o a todos)

Javier Gómez | 12 de marzo de 2009 a las 13:33

La travesía del Puerto de Málaga, un crucero con escala permanente en el fracaso, recuerda aquel breve cuento de Cortázar en el que un hombre se asfixia con su propio jersey. No se puede culpar exclusivamente a Enrique Linde del desastre del plan especial. El veterano político socialista ha sido simplemente un mal ejecutor de la estrategia diseñada por la ciudad, por la Junta, por el Gobierno. También un Ben Gunn abandonado a su suerte, sin financiación pública, en la isla que sigue siendo el Puerto de Málaga. Aunque en este caso está por ver que haya algún tesoro escondido.  A Linde se le puede responsabilizar de los despropósitos de los múltiples concursos para los muelles 1 y 2, del retraso del Palmeral, de pliegos de condiciones que priman más el canon que se paga a la arruinada Autoridad Portuaria que la inversión que se hace en la fachada marítima de la ciudad, de elegir mal, muy mal, a las empresas.

Pero Linde no diseñó un plan que tocaba todos los palos, aunque estos fueran incompatibles. Linde no hizo el informe de impacto ambiental positivo de la barbaridad paisajística que fueron la ampliación del dique de Levante y el gigantesco muelle de contenedores, las grúas industriales que mancillan la postal de la Bahía. Linde tampoco tiene la culpa de la insuficiente implicación del alcalde en el Puerto, de la nula voluntad política del PSOE de convertir el plan especial en la gran obra de la Junta y el Gobierno en la ciudad, de que llegue Maersk y monté un puerto mejor y más barato en Tánger. Al plan del puerto lo mataron todos. Pero él sólo se murió.