Archivos para el tag ‘Economía’

Pregunta sin respuesta

Javier Gómez | 8 de diciembre de 2011 a las 13:19

Se supone que los periodistas están para hacer preguntas y dar respuestas, no para trasladar más dudas a la audiencia. Pero hay una pregunta que soy incapaz de responder: ¿Cómo es posible que esta provincia tenga una tasa de paro del 30%, que haya desempleados más de 200.000 malagueños?

Tras recibir alrededor de 6.000 millones de euros de inversión pública en infraestructuras -un dato similar al de la Barcelona del 92-, Málaga cuenta con unas comunicaciones de lujo. Con el único punto negro del tren de la Costa del Sol, cuando funcione el Metro entraremos en la Liga de Campeones, con un aeropuerto, un puerto y una estación AVE de primer nivel internacional. Tampoco podemos quejarnos de carreteras tras la inauguración de la hiperronda y la autopista de Las Pedrizas. Hay un Centro de Transporte de Mercancías, un gran muelle de contenedores y un Parque Tecnológico que, sin ser el valle de Santa Clara, aguanta las embestidas de la crisis. A su lado, el flamante campus de Teatinos es el exponente de una universidad joven pero consolidada, con más de 36.000 alumnos y 60 grados de variada oferta académica. En el campo financiero, tras la fusión de Unicaja y Caja España-Duero, Málaga cuenta con la tercera caja española, así como con la implicada Cajamar. Las dos entidades gozan de gran solvencia y han escapado casi sin daños de la burbuja inmobiliaria, todo un prodigio operando en la zona cero. Como provincia que vive en parte del turismo gracias al regalo de su clima, disponemos de una potente planta hotelera y una excelente oferta de restauración, que recibe casi nueve millones de viajeros al año. En su mayoría británicos, alemanes y españoles, clases media y alta, además de las enormes fortunas del petróleo o el gas que eligen Marbella para el veraneo. Un chollo para cualquier economía. Atraída por ese dinamismo, se ha desarrollado una amplia y moderna red de hospitales privados. Quirón, Xanit, CHIP, USP, Parque San Antonio, Clínicas Rincón o el clásico Gálvez mantienen cientos de puestos de trabajo cualificado. Y en el sector agrario no somos parias. Hay empresas de talla internacional como Hojiblanca, las cárnicas Facsa y Famadesa, o la especializada en subtropicales Trops. También una denominación de origen de viejo prestigio y nuevos bríos, con bodegas como Málaga Virgen o Jorge Ordóñez. Hay grandes constructoras y promotoras, que saldrán de ésta, como Sando, Vera, Edipsa o Myramar; textiles como Mayoral y Charanga; tecnológicas como AT4, Fujitsu, Novasoft, Tedial, Optimi o Isofotón, y algunas, pocas, industrias clásicas como la cementera de La Araña o las plantas de San Miguel y Coca Cola. ¿Alguien me lo explica?

Se buscan malos

Javier Gómez | 5 de septiembre de 2011 a las 8:40

HANSEL y Gretel son dos hermanos a los que sus padres abandonan en el bosque porque no tienen dinero para mantenerlos. Allí los atrapa una bruja. Cuando logran escapar de la anciana y quemarla en el horno, descubren un tesoro en joyas, por lo que la familia puede volver a unirse, vivir felices y comer perdices, sin que la Fiscalía de Menores tenga nada que decir al respecto. Cenicienta es una desgraciada, a la que su familia adoptiva maltrata, pero que se transforma en ricachona a lo París Hilton el tiempo suficiente para seducir al príncipe de turno. Caperucita Roja es básicamente una historia sobre bulimia y maltrato animal (recuerden que al lobo le abren el estómago para rescatar a la niña y a su abuela y las cambian por piedras), mientras que Blancanieves y la Bella Durmiente son dos relatos machistas, en los que las mujeres mayores, unas brujas, viven obsesionadas con la edad, las arrugas, la belleza perdida y el protocolo. A una no la invitaron a una boda y lió la de Dios y a otra, una narcisista que pasaba todo el tiempo mirándose al espejo, la corroían los celos y la envidia por el atractivo de una jovencita. En ambos casos, los salvadores y héroes de la historia fueron, como no podía ser de otra forma en la época, unos hombres apuestos y viriles.

Desde siempre y hasta hace bien poco, los cuentos tradicionales han sido brutales, con los malos bien definidos (ahora que lo pienso, había más malas que malos), las moralejas incuestionables y todo bastante políticamente incorrecto. Los niños aprendían que la muerte estaba a la vuelta de la esquina, que del ser humano hay que desconfiar por principio y que vivimos en un medio hostil lleno de peligros. Pero entonces pasamos al mundo feliz, a la bonanza económica, a la educación positiva en la que el miedo, los castigos, las consecuencias y el karma no estaban demasiado bien vistos, no sea que los niños se traumatizaran. Los malos desaparecieron o se hicieron simpáticos, atractivos, héroes incomprendidos. Sin embargo, en los últimos tiempos un nuevo malo ha irrumpido con fuerza en nuestros sueños. Provoca despidos, recortes sociales, descensos salariales, retrasos en las nóminas de los ayuntamientos, cambios en la Constitución… Su nombre es el mercado. Como en un cuento, pretendemos singularizar el mal en una figura abstracta, declarándonos inocentes de esta sociedad gris, injusta, insolidaria y sobre todo, profundamente egoísta, como si no tuviéramos ninguna responsabilidad en ello. Como si los culpables fueran los banqueros y los políticos en exclusiva, las nuevas brujas y lobos de la historia. Como si la crisis se resolviera a lo Hansel y Gretel: matando a la bruja, encontrando de nuevo la pasta y perdonando a papá y mamá.

A menudo temo el día en que mi hijo me pregunte: “Papá, ¿qué es el mercado?”. “El mercado somos todos, hijo”. O ninguno.