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Capital de algo

Javier Gómez | 18 de abril de 2010 a las 12:14

Aunque por la lluvia y los paraguas matinales no lo pareciera, el Festival que se inauguró ayer fue el de Málaga, no el de San Sebastián. El certamen cumple su decimotercera edición pero ya no es un inestable adolescente, sino que roza la madurez. Tras un comienzo fulgurante y unos años de estancamiento creativo por el monopolio que ejerció sobre él una cadena –aunque para ser justos, la apuesta de Antena 3 mantuvo con vida el evento–, el Festival de Málaga está tan consolidado que algunos por el Norte empiezan a mosquearse.

Ha costado mucho trabajo, pero el Gobierno comienza a darse cuenta de que la cosa va en serio, de que la cita real de la industria está aquí. Hace unos meses, Ignasi Guardans, director del Instituto de Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA), destapó la caja de Pandora cuando expuso la necesidad de reordenar el sobrepoblado mapa de los festivales de cine en nuestro país. Y no dudó al señalar a Málaga como referente y mercado del cine nacional, mientras que San Sebastián debería seguir en su indiscutible liderazgo en lo que se refiere a la proyección internacional y el prestigio. Que nadie se engañe: a la emblemática cita vasca el Gobierno le da un millón de euros y a nosotros 54.000, y muy pocas de las películas que han competido por la Biznaga habrían olido ni de lejos la Concha. Pero sí es cierto que durante esta semana, y como no ocurre en ningún otro sitio en ningún otro momento del año, la Costa del Sol se convierte en el punto de encuentro, reflexión y escaparate del sector.

En estos días de análisis y balances sobre los diez años de mandato de Francisco de la Torre, hay que reconocerle esta apuesta. Puede que él no lo pusiera en marcha –fue Celia Villalobos–, ni tuviera la brillante idea –fue Izquierda Unida–, pero sí ha sabido mantenerlo contra viento y marea. También ha acertado al poner al frente del Festival a alguien como Carmelo Romero. Es un tipo que parece salido de una película de John Ford, el parroquiano jubilado que veríamos en la taberna detrás del Duque –por Dios, no me lo confundan–, un hombre tranquilo que carece de glamour y exento de cualquier afán de protagonismo. Pero de este mundo sabe bastante.

En los últimos Goya el mundo del cine español sacó pecho por un año histórico. Pero por primera vez, lo hizo con humildad. Atrás quedan los años en que cualquier reunión de cineastas, actores y actrices se convertía en un mitin político, un error garrafal que espantó a muchos espectadores. El extraordinario y responsable discurso de Álex de la Iglesia marca el camino a seguir por los integrantes de una industria cultural estratégica por la que se debe apostar sin ambages pero también sin clientelismos. Y sin duda hay que aprovechar la enorme ventaja de contar con un mercado de cientos de millones de hispanohablantes. Debería ser un orgullo que la mejor película española del año, El secreto de sus ojos, sea argentina, como hispanomexicana fue El laberinto del fauno.

Y de todas esas cuestiones, de la creatividad de nuestros guionistas, del talento de directores e intérpretes y, sí, también de las subvenciones, se hablará estos días en Málaga. Al fin somos capital de algo. Aunque sea de la fantasía.

LA ‘ESPANTÁ’

El Club Málaga Valley sí que es una iniciativa personal del alcalde. También reúne con cierta periodicidad, a los principales representantes de muchas empresas tecnológicas de primer nivel e incluso a los presidentes de varias de las que integran el Íbex-35. Sólo por eso se puede justificar la iniciativa, de la que se pueden cuestionar muchas otras cosas. Sí, hay cierto oscurantismo sobre la factura que paga Málaga, sí, hay mucha exageración en lo que se cuenta del club, como el rídiculo cálculo hecho sobre su impacto en internet. Sí, también resulta novelesca la figura de Javier Cremades, el hijo del heladero que se codea con las multinacionales. Un tipo listo.

El objetivo de este grupo, o al menos el del Ayuntamiento, es y debe ser el de atraer inversiones y empresas a la ciudad. No centrarse en apostar por las firmas que están aquí y ya perciben una buena suma en subvenciones. Esas compañías se beneficiarán por la llegada de las nuevas. Por ello sorprende el portazo dado esta semana al club por Francisco Barrionuevo, presidente de Novasoft. Barrionuevo, que integra el comité de expertos del PSOE, casi sale a hombros el viernes de la multitudinaria conferencia del secretario provincial, Miguel Ángel Heredia. Le había dado un buen palo, de oposición, al regidor.

El dueño de Novasoft, una empresa que ha experimentado un espectacular crecimiento y emplea a 800 personas, es un hombre con inquietudes, sana ambición y vocación de mecenas. Pero como le ocurre a los cineastas, debería cuidarse de la política. O al menos huir de los primeros planos.

Competir mejor que llorar

Javier Gómez | 19 de abril de 2009 a las 8:44

Lo confieso: soy otro de los que perdió hace tiempo la fe en el cine español. Un cinéfilo venido a menos que disfruta viendo una simple peli de palomitas, pero que se irrita profundamente cuando sale de una sala con la sensación de haber perdido dos horas y siete euros, especialmente si se trata de la profunda paja mental de alguien que no tiene una historia que contar pero sí muchas subvenciones que cobrar. El cine español me perdió cuando se dedicó más a hacer política que a buscar buenos guiones, cuando se preocupó más de su protección como excepción cultural que de defenderse de Hollywood con unas cuantas películas dignas.

No faltan artistas y artesanos en nuestro séptimo arte, y nuestros actores, directores y técnicos compiten con los mejores en la gran industria del entretenimiento que es el cine americano. Ahí están Javier Bardem, Penélope Cruz, nuestro Banderas, Amenábar, Almodóvar, los responsables de la española ‘El laberinto del fauno’, algunos de los especialistas de Pixar… Porque la palabra clave es ésa: competir. El cine español hace tiempo ya que dio por perdida la batalla, y hoy día está muy por detrás de sus rivales franceses, alemanes e italianos, por no hablar lógicamente de los ingleses. Los escasos productores prefieren cobrar por anticipado el dinero público que tienen garantizado a través del peaje a las televisiones, que promover medidas que fuercen a las distribuidoras a exhibir producción nacional, y que ésta se pelee en la gran pantalla con los muchos bodrios que profesionalmente graban los americanos.

Málaga, que esta semana inaugura su duodécima edición del Festival de Cine, una gran idea pero que a menudo se convierte en plataforma de la autocomplacencia y el victimismo alojados en el sector, ha experimentado en los últimos años una eclosión sin precedentes de salas de cine. Pero paradójicamente, las más de 150 salas de la provincia no aportan una variada oferta cinematográfica. Esta semana se ha estrenado ‘Déjame entrar’, una cinta sueca sobre vampiros que cuenta por decenas sus premios en festivales de todo el mundo. En Málaga no ha conseguido ni una mísera pantalla, condenando a los aficionados no a la vida eterna en tinieblas, sino a descargársela, cual pirata somalí, de internet, aún a riesgo de desatar las iras de la ministra González Sinde.

Eso sí, como Hollywood controla las empresas de distribución, la ignominiosa ‘Fast&Furious: aún más rápido’, cuarta entrega de una estúpida saga de carreras de coches tuneados que bien podría verse cada fin de semana en el paseo marítimo de poniente, se exhibe nada menos que en 15 salas, y en algunos cines incluso por duplicado. ‘Dragonball’, otro bodrio, en 13. Así que dos películas de mierda acaparan una quinta parte del mercado, mientras que para ver la última joya del cine europeo hay que irse a Granada. Nadie dice que ese tipo de productos de consumo rápido destinados a adolescentes no tenga su nicho y cubra una necesidad . Lo que no está tan claro es si la producción nacional puede entrar a competir ahí dignamente y recibiendo a la vez subvenciones como hecho cultural. Habría que remontarse a ‘El día de la bestia’, de Álex de la Iglesia -presidente del jurado en Málaga-, para encontrar un ejemplo en el que ambas cosas casi llegan a ser compatibles.

Es cierto también que el cine español sale a la cancha con el marcador en contra, con la antipatía del gran público, con el rencor de la última película fallida, con la imagen de sus protagonistas haciendo campaña en las elecciones demasiado fresca. Tiene acumuladas tantas tarjetas amarillas que casi no le quedan jugadores para disputar el partido. Pero talento no falta. E historias para contar tampoco. Sólo hay que dejar de llorar.