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¿Cerca de las estrellas? No, es la que más brilla

Javier Gómez | 18 de junio de 2010 a las 14:03

NBA/FINALSRecuerda aquellas madrugadas, cerca de las estrellas, con Ramón Trecet al ritmo de George Michael. Eran los tiempos dorados de la NBA, la época de la gran eclosión del baloncesto, frente a los disgustos del fútbol, en los colegios de España. Todo el mundo quería ser Magic, Bird o Jordan. Algunos incluso Kevin Mchale o Worthy. Todos intentaban el sky hook de Kareem. Eran los años de Lakers vs. Boston, aunque después llegarían los Bad Boys de Detroit comandados por Isaiah Thomas y el matón Mahorn, más tarde dominados por el vendaval de los Bulls de Chicago.

Luego estaban los socios Stockton y Malone, Pat Ewing, el bailarín Olajuwon, el marino Robinson, el planeador Drexler, el infalible Chambers. La NBA era algo más que mates y derroche atlético. Era baloncesto en estado puro, a miles de años luz del que se practicaba en Europa. Poco a poco se fueron superando barreras. A Portland, destino maldito, llegó Fernando Martín. Un tipo duro, como corresponde a los pioneros. Abrió el camino para España. Pero la invasión de verdad vino del Este. Petrovic, Kukoc, Sabonis, Radja, Divac, Marchulenis. Todos dieron la cara, incluso brillaron.

Pero ninguno llegó al nivel de Gasol. Los niños han crecido, y cómo. El baloncesto europeo ha recortado distancias y ahora mismo es mucho más bonito de ver que esa NFL o NHL que anoche fue el último partido de la Final entre los Lakers y Celtics. Una guerra de palos con bula arbitral. Pero entre los que más estopa recibieron y devolvieron, el que cogió los rebotes decisivos, el que dio la asistencia clave para el triple de la remontada, el que marcó tres de las canastas que hundieron a los combativos guerreros de verde, el que cargó de personales y agotó a Wallace y Garnett, fue un español de Sant Boi. Entre tanta decepción deportiva y económica, muchos disfrutaron esta madrugada de un pequeño gran momento de orgullo. Algunos compartieron incluso las lágrimas de un Pau arañado, exhausto. Feliz.

El anillo es nuestro

Javier Gómez | 15 de junio de 2009 a las 12:26

Hace un tiempo, mucho en el calendario pero poco en la memoria, el patio del colegio se dividía en tres grupos. Por un lado estaban los individualistas, los fieles de un joven Michael Jordan que aún no había ganado nada pero que vendía más zapatillas que nadie -y eso que eran bien caras y los padres se echaban las manos a la cabeza cuando veían el precio-. Después estábamos los clasicistas, los amantes del baloncesto como juego colectivo, para quienes los Celtics eran una orquesta dirigida por Larry Bird, pero con finos artistas como Kevin Mchale, Robert Parish, Dennis Johnson y Danny Ainge. Y después se encontraban los disfrutones del showtime, del glamour de unos Lakers con un Kareem que languidecía, el Ferrari de Worthy y la magia de un tal Earvin que era más alto que el más alto de los pivots españoles pero que jugaba de base como los ángeles que daban nombre a su ciudad.

Eso fue hace ya casi 25 años. Entonces era impensable que un jugador español fuera a la NBA para algo más que calentar banquillo, como hizo el bravo Fernando Martín. Después llegaron los Petrovic, Kukoc, Divac, Marchulenis, Sabonis y Radja para llevar la bandera europea a la mejor liga del mundo. Ninguno era español y no había perspectivas de que nos saliera un jugador así. Y entonces llegó la generación de oro, ésa que había crecido tras años de ‘boom’ del baloncesto, ésa que no había visto la medalla de plata de Los Ángeles, ni jugar a Epi y Corbalán.

En Málaga la evolución también fue tremenda, el Caja de Ronda pasó de los patios de colegios como el García Lorca a las buenas instalaciones de Los Guindos, creando una gran cantera al calor de la eclosión que supuso el equipo en tiempos de Mario Pesquera, con aquel cinco mágico formado por Ramiro, Gaby Ruiz, Rafa Vecina, Joe Arlauckas y Ricky Brown. Enfrente siempre tenían a los correosos Maristas de los increíbles Smith, Ray y Mike, dirigidos por un carismático Nacho Rodríguez.

A todos los que vivimos con ilusión aquellos años, a todos los que nos quedábamos de madrugada (“Niño, ¿qué haces despierto a estas horas?”) a ver Cerca de las Estrellas, con Ramón Trecet y la música de George Michael de fondo. A todos seguro que se nos ha escapado esta madrugada, o esta mañana, una lagrimita, una sonrisita de orgullo. Pau Gasol ya tiene nuestro anillo.