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La familia y su casa

Javier Gómez | 26 de junio de 2011 a las 3:38

QUE los Picasso se sientan como en casa en Málaga no sólo es importante: se trata de una cuestión de Estado. Su Museo, que también lo es de todos los andaluces, es posiblemente el equipamiento cultural más importante construido en los últimos cien años en la comunidad, y su inauguración en 2003 fue la mejor noticia que ha vivido esta ciudad en muchísimo tiempo. Cuando se le reprochan a la Junta ciertos agravios con Málaga no deberíamos olvidar que invirtió 72 millones de euros en el Buenavista y que todos los años el centro se lleva la mayor partida de los presupuestos de la Consejería de Cultura, lo que genera no pocas críticas en el resto de provincias. Todavía debemos lamentar que la rigidez de miras de algún técnico de Urbanismo impidiera que la familia tenga en Málaga residencia permanente, concretamente en el barrio de la Victoria.

Por fortuna, salvo algún patinazo, la pinacoteca ha estado relativamente al margen de la eterna confrontación política que ha marcado el desarrollo de otros proyectos, y aunque cabe reprocharle al Gobierno andaluz la tardanza en integrar al Ayuntamiento en la Fundación, en lo que respecta al MPM Francisco de la Torre siempre ha tenido una postura de lealtad, aguantando los desaires de la entonces consejera Carmen Calvo. Los populares, quizás sabiendo que la compleja gestión del centro y las relaciones con Christine y Bernard puede ser responsabilidad suya en menos de un año, se han cuidado mucho de añadir leña al fuego de la extraña polémica de esta semana. Tanto el regidor como Javier Arenas fueron prudentes, comedidos y conciliadores, al menos en sus declaraciones públicas, algo a valorar cuando el cuchillo se servía en bandeja de plata para clavárselo al rival socialista.

La polémica se iniciaba con la airada reacción de Christine Ruiz-Picasso contra la exposición Viñetas en el frente. Una crítica fuera de lugar, porque se basaba en que la muestra estaba “politizada” y era “oportunista” en “polémico periodo electoral”, seguramente fruto de alguna intoxicación y pésimo asesoramiento de su entorno, pero que no ocultaba el malestar de la gran mecenas del museo con su director por problemas anteriores. Aunque resulta triste que el Museo Picasso haya sido noticia nacional por esta bronca interna, que la cultura abra las portadas de los periódicos no deja de ser un buen síntoma: no todo está perdido. Y el movimiento surgido en apoyo de José Lebrero, un profesional serio, riguroso y de trayectoria intachable, que sin duda ha contribuido a dinamizar la actividad de la pinacoteca, a abrirla a la sociedad malagueña y a que deje de ser un “platillo volante” en el centro de la ciudad –definición que hacía la Junta del equipamiento para diagnosticar su aislamiento anterior–, también resulta significativo. Pero conviene no perder la perspectiva ni olvidar a quién debemos el contenido del Museo. También no excedernos en las críticas a la familia por una metedura de pata.

Casualidad o síntoma de una patología que esta ciudad debería hacerse mirar, los conflictos en sus dos museos más importantes –demasiado cercano el escándalo ya olvidado del Thyssen como para no traerlo a colación– deberían hacernos reflexionar sobre lo que es la figura del director de un centro cultural en el que las obras proceden de un préstamo o donación. Aunque resulte injusto comparar a María López, una debutante sin experiencia en la gestión que se embarcó en una guerra suicida contra la baronesa Carmen Thyssen y el gerente, Javier Ferrer, con Lebrero, de dilatado currículum, a ambos parece que se les olvidó lo principal: quién es el jefe.

Guste o no, una de las principales funciones del responsable del Museo Picasso de Málaga debe ser mantener excelentes relaciones con Christine y Bernard, hacerles sentir partícipes, protagonistas, imprescindibles como lo son para la existencia de la pinacoteca. Al fin y al cabo, más que la colección, la marca del Museo de Málaga, lo que lo distingue de los mucho más grandes y completos de París y Barcelona, es que se trata del único creado por la familia. Así que resulta casi imposible dirigirlo teniéndolos en contra. Habrá que ver si la paz presentada ayer por Paulino Plata, que ha debido tirar de toda su mano izquierda para apagar un incendio que quizás se pudo evitar, no es una simple tregua. Y resultaría importante, incluso vital, una pronta, urgente, visita a Málaga del presidente de la Junta, José Antonio Griñán, para expresar de nuevo el afecto y gratitud de los andaluces a Christine y Bernard Picasso. Los gestos cuentan.

F de Fraude

Javier Gómez | 22 de enero de 2009 a las 20:41

  Mientras el Gobierno pierde definitivamente el rumbo y receta autarquía franquista contra la crisis -por cierto, al recomendar productos ‘made in Spain’, ¿Miguel Sebastián se refiere a comprar Renault, Ford, Citroen o Charanga, pero no camisas de Zara o Mango ni echar gasolina en Repsol?-, en el Festival de Cine de Málaga también toca apretarse el cinturón y recurrir a remedios ‘caseros’. Pero una cosa es ahorrar y otra hacer el ridículo.

Tras años de tirar la casa por la ventana, Carmelo Romero, el nuevo y pobre director tras la controvertida saga y fuga y retorno de Salomón Castiel, ha tenido que recortar de todos lados. No es sólo un síntoma de la crisis, sino de la situación por la que pasa el cine español en los últimos años. ¿Qué vino primero, la recesión del dinero o de las ideas, la caída de la creatividad y el talento o la de los espectadores? En Málaga no habrá ni Escuela de Cine ni el Museo que iba a diseñar Bigas Luna y que presentó el alcalde, Francisco de la Torre, el año pasado. No hay un duro.

Pero lo malo, como decimos, es cuando la falta de liquidez se une a la falta de ganas.  ¿Qué demonios pinta -valga la redundancia- la foto de Picasso en un cartel sobre el Festival de Cine Español? Sí, lo recordamos de pasada en la magnífica ‘Fraude’, de Orson Welles, o a Hopkins muy bien caracterizado como el maestro, pero ésa es su relación con el celuloide que se nos viene a la cabeza. Me imagino la siguiente escena entre los organizadores municipales:

-Este año tenemos que recortar como sea los gastos del Festival, que la Carolina nos ha apretado las tuercas.

– Pues después de David Delfín y Javier Mariscal, yo ya tenía previsto contactar con Oliviero Toscani para nos hiciera el cartel de este año.

– ¿Toscani? ¿Para que nos saque a una monja en pelotas besándose con un inmigrante sin papeles y después el alcalde tenga que hacerse la foto junto al cartel? Quita, quita, que ese tío además es muy caro.

– Pues cogemos al que ha hecho los carteles de Obama.

– ¿Tú estás loco?

– Bueno, pues los niños de la Escuela de Bellas Artes nos salen muy baratos, seguro.

– Que no, que no, que son todos unos rojos. Mira, cogemos una foto de Picasso de la Casa Natal, que nos sale gratis, le ponemos cuatro letritas de colores con el photoshop, y ya tenemos un pedazo de cartel. Picasso es universal, tío.

 – Pues mañana mismo lo presentamos a los periodistas, que se lo tragan todo y a Picasso lo respetan.

– Amén.