El supervasco

Fede Durán | 21 de mayo de 2008 a las 12:16

Abro mi correo electrónico y detecto entre la maraña un mensaje de título llamativo: El Supervasco. Me lo envía Fernando Gómez Luna, joven cineasta adicto a la política (aún quedan, menos mal). Aunque de buen verbo y mejores ideas, Fernando no se anda por las ramas. Sólo añade un nombre al enunciado. Javier López Peña. ¿Quién es este tío?, se preguntará la mayoría. Reconozco que mi primer pensamiento, propulsado por un recuerdo facilón, me ha conducido al Superhombre de Nietzsche. Los nazis le usurparon la idea y la aplicaron a su alucinógena realidad, así que algo de eso hay. Pero lo más normal es concluir que López Peña es un anónimo currela, o un prometedor central de segunda división, o tal vez el penúltimo poeta cordobés.

Nanay. Se trata más bien del número uno de ETA. Ya lo sugieren sus vasquísimos apellidos. Qué despistados somos. No comprendemos que la integración (o el síndrome de Estocolmo) tiene estas cosas. El que llega de fuera abraza un nuevo credo con tanta vehemencia que acaba superando a los inventores. Hasta su Rh debe haber cambiado el más por el menos gracias a la mímesis. En el fondo, ocurre a menudo. No sólo contamos con el triste ejemplo vasco o con su equivalente light catalán y gallego, donde chicos con acento andaluz, extremeño o murciano votan a ERC o el BNG (ojo, nadie dice que eso sea nocivo; allí no se mata por las ideas). Europa está plagada. Bosnia es un magnífico referente. Los bosnios no son bosnios. O no lo eran. Bosnia es un sandwich entre Croacia y Serbia. Croatas (católicos) y serbios (ortodoxos) son eslavos y comparten idioma. Los turcos, que pasaron entre dos y cinco siglos en los Balcanes según la zona, convirtieron o forzaron a abrazar el islam a quienes vivían en esa franja, de forma que crearon otro país cuya raíz diferenciadora fue la religión. Díganle hoy a un bosnio que en realidad es croata. O serbio. O, mejor, ambas cosas.

López Peña. Veo sus fotos en internet. Es un tipo orondo. Lleva gafas (milagro, no son de pasta) y un polo del cocodrilo. Una mata de pelo le asoma bajo el cuello. Barba de dos días, orejas pequeñas, expresión fiera. Varios polis de paisano alrededor. Pese a las deficiencias de una imagen congelada, parece que amenaza a todos. Tened cuidado conmigo, advierte su mirada. Lo meten en un coche. Tras la ventanilla, sigue amenazando. Quién sabe dónde lo llevan. Según el PNV, EA y EB, debería tener miedo porque el Gobierno tortura a los terroristas. No traslada esa sensación. Su máscara retadora esconde posiblemente una convicción opuesta: en la cárcel, entre tribunal y tribunal, vivirá protegido y respetado. Tendrá su propia tele, prensa gratuita, conexión a la red y quizás hasta jamón de bellota (español, por supuesto).

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  • Alexkev

    Hablar del supervasco es hablar de estirpe, del pedigri y del racismo social que no existe y en caso de existir no probaria nada, no son mejores que el resto de los humanos por mucho enfasis engañosos que propongan los mas fanaticos.
    ¿de que nos sirve prejuiciar la imagen de este tipejo, de lo que aparenta o deja de aparentar? ¿para que investigar si sus apellidos tienen rancio abolengo vasco? eso solo nos llevara a pensar a su mismo nivel, hay que juzgarlo por sus actos, por sus pensamientos asesinos, pero no por su imagen ni por su apellidos.
    Lo justo seria que en la carcel recibiera el trato segun lo que haya hecho, pero la justicia como el pedrigri, se va perdiendo, diluyendo en no se sabe qué.

    Saludos

  • Federico Durán Basallote

    Sus apellidos y su origen sólo sirven para evidenciar, con la crudeza de las grandes contradicciones, la estupidez de su causa. Gran reflexión la suya, Alexkev. Un saludo.

  • pep

    (En el fondo, ocurre a menudo. No sólo contamos con el triste ejemplo vasco o con su equivalente light catalán y gallego.)Amigo Durán, quizá un poco tarde,pero leo la cabecera,que es suya, y no acabo de entender lo de el triste ejemplo vasco y su equivalencia catalana.

  • Fede Durán

    La equivalencia existe, aunque me gustaría distinguir entre la clase política catalana y sus ciudadanos. En el primer bloque, el sistema imperante es como mínimo dudosamente justo. El idioma de la Generalitat es sólo el catalán. ¿Cuántas opciones de empleo pierden quienes se trasladan voluntaria o forzosamente a Cataluña al no poder competir con los oriundos? Defiendo a muerte la integración. Reivindico el mimo hacia las lenguas ibéricas. Pero el engranaje chirría. Desde Madrid nunca se ha sabido trasladar a la periferia la idea de que España cuenta con cuatro idiomas. Desde la periferia, el idioma propio se considera amenazado (socialmente, con razón: el castellano es un gigante mundial) y se reacciona cerrando puertas. ¿Es lógico que los hijos de un padre murciano al que envían a Tarragona pasen de la noche a la mañana a recibir clases mayoritariamente en catalán? Usted estará de acuerdo, amigo Pep, en que el gran tesoro de los catalanes es su mestizaje, su riqueza cultural, la capacidad de cambiar de chip en apenas dos segundos. Lástima que sus políticos lo digieran de otra forma.