Micromemorias V (la púrpura)

Fede Durán | 2 de julio de 2008 a las 12:22

Sí, la púrpura, el boato, el contacto entre hombre y deidad. Tarde o temprano se produce. Te llaman, te ofrecen una entrevista con el ministro Moratinos y dices que por supuesto. La primera señal inquietante es el método elegido para el encuentro: un asesor me explica pacientemente que debo viajar temprano a Madrid, hacer tiempo y regresar en el mismo AVE que su eminencia. Entonces se producirá la fusión. Lo de madrugar se supera con un paseo hasta Santa Justa. Cada golpeo del pie contra la acera te abre algo más los ojos. Hacer tiempo tampoco es complicado. Cruzas Atocha y te mezclas con los colores del Reina Sofía y Lavapiés, alcanzas la convaleciente Latina (ay, los anoches), regresas por Callao y disfrutas pese a la contaminación y el ruido un tramo de la Castellana. Lo bueno de la capital es que en pequeñas dosis se deja disfrutar. De nuevo en la estación, compras una chocolatina belga de tres euros (te arrepientes de inmediato del derroche) y te vas flechado al vagón correspondiente. Número tal, asiento cual. La vieja liturgia del viajero de alta velocidad, completada minutos después con la muy española tormenta de conversaciones telefónicas, el rodillazo inquieto de quien custodia aleatoriamente tu respaldo y el lento percutir de las azafatas ofrecetodo.

Suena el teléfono justo cuando el instinto de la siesta se te cuela con sutileza. Es el asesor. Me indica la ruta: clase club, segundo vagón, saloncito especial de popa. Allá voy, grabadora en mano, chaqueta sin corbata, aspecto de náufrago rehabilitado, las nociones básicas del lenguaje de los hombres aún frescas en mi memoria. Las chicas sirven el menú. Huele regular. Me dejan pasar sin preguntas ni miradas censoras. Enfilo la recta final y allí me espera la compuerta de cristal, última barrera entre la tierra y el cielo. Pulso el botón de apertura y casi me choco con Trinidad Jiménez. La saludo, pero ella apenas me obsequia con una media sonrisa cansada. Asimilo que soy mortal, plebeyo y pagano.

Moratinos está sentado. Es un señor voluminoso que quizás por pura economía decide no levantarse al saludar. Me tiende una mano mórbida y me observa sin interés. A su lado, Carmen Caffarel. Enfrente, dos asesores (el de las llamadas y otro que asiente voluntarioso). La Jiménez entrará y saldrá de la sala según transcurre la entrevista. Calentamos motores con un par de frases protocolarias, bien enlazadas en el caso de todo un jefe de la Diplomacia; menos flexibles y plásticas en mi caso. El ministro tiene prisa. Sirven el rancho, así que mejor comenzar ya. Enciendo la grabadora (de nuevo me tranquiliza esa lucecilla roja que atrapa las palabras y les hace cambiar de dueño) y pregunto. Zas. Se cabrea a la primera. Enumera sus argumentos y los expone con el hartazgo propio de un profesor que explica por enésima vez al alumno torpe la correcta conjugación del futuro simple del verbo comer. Los suyos le animan con el convencimiento propio del empollón que sí sabe de que va la cosa. Sigo. Dos, tres, cuatro preguntas más. El índice de mosqueo fluctúa, explota o se estanca. Una ligera pausa relaja el ambiente. Las azafatas les sirven. Gazpacho de primero. No recuerdo el segundo. Yo no como. Ni me lo ofrecen ni quiero. Sigo. Alianza de Civilizaciones, EEUU, Venezuela, Israel. Todo es cojonudo para el ministro. Todo es discutible para el periodista. La grabadora marca la media hora. Se acabó. Un pequeño interrogatorio sobre mi historial profesional y la cortesía de Caffarel construyen el epílogo.

Otra vez en mi asiento clase turista. El tren agujerea Andalucía a muchos kilómetros por hora. Montañas borrosas, verde, agua, Despeñaperros. Toqueteo mi bolsa de viaje y recuerdo mi última compra, el cómic de Bardín El Superrealista. Lo rescato y lo empiezo. El Perro Andaluz de Buñuel invita a un hombrecillo a la dimensión desconocida del superrealismo, donde torres con ojos y cíclopes conviven en abstracta armonía. Un gato y un caballo adulteran los sueños de Bardín travistiéndolos en pesadillas. Olvido la púrpura y regreso feliz a mi mundo.

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  • quetaltronco

    Fede, siempre nos quedará el Salvador. Enhorabuena, magnífica crónica

  • callesierpes

    ¿Despeñaperros?.

    Que tipo tan mal educado. ¿Ni siquiera te preguntó si querías algo?.

    Que mala es la arrogancia, o quizás la ignorancia.

    Muy buena crónica, tipos como éste son prescindibles, este tipo de crónicas, no!.

  • Gonzalo Gala Guzmán

    Muy Buen artículo. Los ministros no sé si son “prescindibles” como decía el Sr. del anterior comentario (Calle sierpes), pero si forman una extraña clase social. Si se me permite, voy a explicarme.

    – Este chico llegará a ministro.

    ¿Se aciordará de esa fracesilla que se solía decir a los más listo de la clase? En aquella época, ya remota, pocos oficios había en España más agradecidos que el de ministro. Llegar a ser ministro era lo más grande que un padre podía aspirar de su hijo, era algo así como ser Grande de España en la época de los Austria. Pero era tan anhelado como breve, es decir, su principal inconveniente: su caducidad. Sin embargo, el ser ex ministro, era como las ex novias, algo para toda la vida.

    Hoy no sucede esto. Los españoles tienen aspiraciones más elevadas, más gratificantes y mejores pagadas. Y puesto a llevar cartera, mejor la de fontanero, asesor, especulador o tertuliano en televisión, lo que muchos consideran periodismo. En estos tiempos que corren, cualquiera puede ser ministro, sin descalificar, por supuesto, inmnersos en una situación de decadencia en donde los gobiernos son como los trenes, hay varias clases de departamentos. Y no lo digo yo, sino Enrique Tierno Galbán. Otra de las frasecillas que se repite más a la hora de presentar un ministerio es la de “un despacho muy apreciado”. Antes, por ejemplo, el ministerio de Asuntos Exteriores era de segunda categoría, no daba prestigio ni poder, ni siquiera trabajo. En realidad, podía hablarse perfectamente del “asunto exterior”, porque se ocupaba de uno: Gibraltar. Si alguien tropezaba por la calle con un hombre cuarentón, con barba y gafas, que decía algo así como “¿es que no me conoce?” debería ir con precaución, podía tratarse de un ministro de segunda. Pero el de Asuntos Exteriores era ya un ministerio hecho y derecho, su tiular empezó a salir en los períodicos y nunca otro ministro viajaba tanto, hablaba tanto y sonreía tanto como él. Un Ministro de Trabajo pasa por el mundo sin penas ni gloria. Hay un par de anécdotas, a Martínez Noval, titular de esa cartera ministerial en tiempo de Felipe González le irritaba que los periodistas le confundieran con Martín Toval, portavoz parlamentario del PSOE, y lo mismo le sucedía a Julián García Vargas, confundido con el Director de Renfe, Julián García Valverde.

    También hay importantes diferencias entre los ministerios por las épocas y sistemas políticos. Al contrario que la democracia, durante el franquismo, los Ministros de Hacienda y Exteriores no daban un palo al agua. De Cultura no había, pero en la democracia ni corta ni pincha nada. Es uno de esos Ministerios del montón que depende en parte del presupuesto y que en tiempos de acas flacas, se limita a dar palmaditas en la espalda de algunas celebridades. El de Obras Públicas lucía bastante poco, porque Franco solía aparecer inaugurando los pantanos, pero como había muchos pobres, el de Vivienda mandaba más que el de Asuntos Sociales. Es curioso como en la democracia, el Ministerio de Industria sólo servía para cerrar empresas y cabrear a mineros; algo así como el de Fomento con los camioneros. Sin embargo, en la dictadura era el más codiciado junto con el de Comercio: servía para engrandecer el apedillo por varias generaciones a base de oportunas licencias.

    Ahora llegamos a la búsqueda de lo políticamente correcto y surjen lo que podemos denominar como Ministerios de saldo, como el reciente de Igualdad, que por lo visto debe ser algo así como la antítesis del Ministerio de Culturo, pero no de Educación, porque estamos a la cola de Europa. Nos proecupamos tanto en la educación en valores y resultar los más modernos del mundo, que olvidamos la parte científica. Quizás, no sea lo más correcto pero sí lo más moderno,seámos cómo dicen nuestro ministros: Miembros y miembras.

  • asere

    muy buena Fede

  • Quillo

    Peluche alfanumérico para descargar tensiones y mal rollito por haber votado a ZP. Especialmente recomendado para socialistas -ocupada ahora toda su propaganda en ocultar la crispación que provoca la grave crisis que padecemos- y para otros izquierdistas que no se hayan caído aún del guindo en que viven.

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