Madrid la veloz

Fede Durán | 10 de julio de 2008 a las 12:29

Madrid la veloz, eterno debate. Es curioso el vínculo de los andaluces con la capital: nunca tiende a la equidistancia sino a los extremos. Amor u odio sin demasiados matices. A mí la ciudad nunca me ha matado, pero le reconozco méritos. Su vida cultural, tradicionalmente alejada de la vanguardia barcelonesa, recorta distancias año tras año. La velocidad, generalmente enemiga, se convierte a veces en aliciente. También es el paradigma arquitectónico y empresarial de la España gigantona, esa que adelanta a Italia y amenaza a otros países de las grandes ligas. Luego están sus reductos: La Latina, Lavapiés, Malasaña; distintos paisajes bajo el mismo cielo. Concedo pues a Madrid la virtud relativa del claroscuro, pesadumbre precedida de energía o viceversa.

Lo malo es aparecer allí en un mal momento. Por ejemplo, durante el congreso federal del PSOE (4-6 de julio). Pides asilo y un viejo amigo cineasta se apiada y te ofrece un digno zulo en Lavapiés cuyas estrecheces se diluyen gracias a una hospitalidad incondicional y a esa pátina multiétnica del barrio. Atrapas un plano del Metro (cómo crece el condenado; me recuerda el enjambre de Tokio) y echas un vistazo al destino laboral (Palacio Municipal de Congresos, Campo de las Naciones) en busca de la combinación de trasbordos más rápida. Maldición: dos cambios de línea en el mejor de los casos. Te echas el portátil a la espalda (a veces cuesta entender que la tecnología pese tanto), compras un par de plátanos al tendero paquistaní y enfilas el objetivo.

Pese a mi desorientación inicial, un cartelón del PSOE me sopla cuál es el edificio. Los chicos de seguridad conservan ese aire matón seguramente alentado por el pinganillo y las espaldas de gimnasio. Una señora de prensa busca mi nombre en la inmensa lista de acreditados, me da el colgante con mis datos digitalizados y me abre las puertas de la casa socialista. Un congreso más que empieza. Invoco al lupo para que esta vez el aburrimiento sea benévolo y me permita llegar vivo al domingo.

La cosa no estuvo mal. Saludé a algunos grandes del periodismo y ratifiqué mi convicción de que Madrid es la (única) meca de la información política española. Conocí a nuestro corresponsal, Jorge Bezares, un tipo noblote y vehemente que me recordó vagamente a Walter Sobchak, el ex marine reconvertido en profesional de los bolos del Gran Lebowski. Luché a muerte contra los caprichos del ordenador hasta colarme en las páginas del periódico para rematar crónicas adelantadas en el fiel aunque sosote word.

Lo peor: nos confinaron en la planta -4, lejos de la luz y del sonido de los pájaros (alguno queda en Madrid). Aquello parecía un refugio antinuclear. Todo un detalle que los socis sí se expusieran al peligro del bombardeo desde la frágil planta cero. Nos dejaron el búnquer. Nos regalaron la vida. Lo peor II: el rancho fue lamentable. El primer día apenas repartieron unas botellas de agua (la mirada del repartidor era tipo Te Hago El Favor de Tu Vida Así Que Póstrate). Alguna voz debió trasladar la alarma a las más altas instancias porque la segunda jornada reconvirtió lo frugal en abundante. Bocadillitos de tortilla y chorizo, café, palmeras y cerveza. El domingo supusieron los organizadores que ya estaba todo el pescado vendido, así que retomaron y radicalizaron la senda inicial: la caza del último botellín de Bezoya fue dramática.

Cuando ZP despacha su discurso de clausura se precipita el epílogo. Te quedan dos horas de tajo pero los operarios te desmontan media sala de prensa sin contemplaciones. Los que viven en Madrid se despiden. Los desplazados luchamos contra el crono y pensamos en el AVE o en el Boeing o en la moto. Imaginamos nuestro regreso al hogar, los 40º de Sevilla, los 32º de Cádiz, El Salvador y Bolonia, la dolce vita sin Mastroianni pero con otras divas urbanas. Sonreimos en nuestros asientos mientras el cansacio cierra los ojos. El ordenador ya no pesa. Las proclamas plomizas tampoco.

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  • Fendit

    Las proclamas, con el gaznate y el mollate alegres entran mejor. Ay fede! ¿cuando toca la próxima?