Flashes en la residencia

Fede Durán | 4 de julio de 2010 a las 20:13

Tengo ochenta y tres años. A veces, cuando despierto por la mañana, la espalda deja de dolerme y entonces tengo cincuenta. Me gusta tener cincuenta. Tener cincuenta es tener más posibilidades. Cuando tengo cincuenta, pienso en María. También cuando tengo ochenta y tres, claro, pero ahí me fallan las fuerzas. No logro ilusionarme como debiera. Y soy muy exigente para estas cosas. El caso es que han montado una exposición. En la residencia. Unos artistas, nos han dicho. Y me motiva saber que esto se va a llenar de gente nueva. Quizás pueda hablar con alguien de libros o del Gobierno. Quizás aparezca María con sus vestidos de colores y su pelo de muñeca. Conservo un traje elegante. Podría probar. Alguien me planchará una camisa blanca y yo me pondré los gemelos de plata con forma de ancla. Me queda suficiente pelo para peinarlo hacia atrás, como Humphrey. En el cajón de la mesilla guardo un bote de colonia Atkinson, mi favorita. Aún queda la mitad. Sí, podría intentarlo. Quiero bajar al salón y pasearme entre los demás dignamente. Quiero irradiar caballerosidad. Yo soy un caballero, por si no lo sabían. Uno a la vieja usanza, con sus reverencias y sus juramentos y un sentido muy sólido del saber estar. Un hombre de palabra, un guardián del honor. A María le prometería muchas cosas. Le prometería una cena con velas o un disco de Gardel. Le prometería una rosa, o muchas, y un crucero por el Nilo. Hasta le prometería tener siempre cincuenta años y despertar sin dolores ni canas. Habrá hombres y mujeres en el salón. Personas curiosas y jóvenes, curiosas por jóvenes y jóvenes por curiosas. Estoy bastante seguro de que querrán charlar conmigo. Tengo buena conversación. Sé escuchar, además. Nadie quiere escuchar. Yo sí. Rogaría a quien lea estas líneas que convoque a los jóvenes. Me gustan sus caras luminosas, sin arrugas, y sus ojos brillantes no de llanto sino de vida. Sus figuras rectas, su garbo. Aquí, quien más quien menos, todos nos encorvamos. Odio esa curva, es como una metáfora de la derrota, del vencimiento. Quizás mañana me levante con cincuenta y pida permiso para salir a dar una vuelta. ¿Quién me dice que no pueda toparme con María? Me van a perdonar, pero nadie tiene ni idea del destino. Puedo tropezarme con ella y darle los buenos días y sonreír sin que se note demasiado que me faltan algunos dientes. Tengo cincuenta años. Llevo cincuenta sin ir al dentista. Iría peinado como Humphrey y no llevaría sombrero. Ya nadie lleva sombrero, y yo no quiero sentirme tan distinto. Le daría un beso en la mano y esperaría su rubor. No me malinterpreten. Un rubor emocionado, porque los caballeros no importunan, tan sólo aman. Por las mañanas, cuando despierto, me quedo un rato en la cama. Echo atrás las sábanas con los pies y permanezco ahí, pensativo, mirando al techo porque el blanco ayuda a la concentración. Intento recordar cómo es un beso, cuántos he dado, quién recibió el último. No sé si sabría hacerlo. Besar, digo. Me pone nervioso pensarlo. Es mejor un beso en la mano. María lo entenderá. También he barajado la posibilidad de tener ochenta y tres el día de la exposición. Si tengo ochenta y tres será más difícil. Disimularé, ¿no? Disimularé para que nadie lo note y me cruce con María y ella piense en Casablanca y en un tocadiscos y un tango. Tendré que asumir la posibilidad de bailar, aunque bailen más bien mis huesos. Tampoco sé si recuerdo cómo se baila. Ni tan siquiera si con cincuenta bailaba apenas dos pasitos. Y habrá canapés. Y flashes. Y las enfermeras cambiarán sus batas por vestidos. Y no sabré a quién mirar porque todos tendrán algo distinto, todos sugerirán. Lo más inteligente es despertar con cincuenta. Sin duda. Trataré de conseguirlo. La noche de la víspera, hablaré con mi mente. La mente es fuerte y a menudo engaña al cuerpo. Lo conseguiré. Me levantaré de la cama con cincuenta años y no recogeré las sábanas del suelo ni miraré al techo. Me peinaré hacia atrás, como Humphrey, y me echaré unas gotas de colonia Atkinson, mi preferida. Me pondré la camisa, que estará planchada y todavía caliente. Los gemelos con forma de ancla. Hago buenos nudos de corbata. El alfiler. La flor en el ojal. Bajaré despacito, paso a paso, agarrado a la baranda, sin ningún miedo, olvidando que el pulso crepita. El ascensor es para viejos. El ascensor es otra caja, como el ataúd. Cuando baje me apretaré la corbata. Habrá mucha gente en el salón y yo distinguiré el brillo de María, que estará en medio, como enfocada, y cruzaremos nuestras miradas, y sabremos de qué hablar.

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  • Kohl Aborator

    Muy bueno, Holden. Catch them in the the rye, or they will eventually fall.

  • Suspe

    Me ha gustado mucho Fede. Mucho.

  • Olga Atienza

    Gracias Fede por tu relato!!

    Personalmente, me ha gustado mucho.
    A los que han visitado la exposición les ha gustado mucho también.
    Hubo alguien que se emocionó ( de veras )!!

    Besos y Abrazos!!
    Olga Atienza