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La carta invisible

Fede Durán | 6 de julio de 2010 a las 10:40

No dejo de darle vueltas al asunto. Mi carta era transparente, casi translúcida, si no fuera porque entonces nada podría leerse. Una carta escrita con el corazón en un puño y en cada párrafo. Mientras la escribía, con cada nuevo renglón, pensaba que ése era el camino. Todo saldría bien, me dije. Creo recordar que incluso me permití una sonrisa de esas que anteceden al triunfo. Por más que la machaque, aunque ya la haya memorizado, la carta era clarísima. Señor. Clarísima. Me lo repetí una y otra vez antes de sentarme y descorchar el bolígrafo. Nada de jueguecitos de palabras, nada de dobles o triples sentidos, nada de metáforas o perífrasis. Acota el tablero, me dije. Y lo acoté. Quise plantearle el dilema tal cual yo lo veía: conmigo o sin mí. Y date prisa. Señor. Date prisa. Detesto cuando los pensamientos de descontrolan y la cabeza cabalga sin bridas. ¿Lo ven? Pienso una metáfora y aparecen John Wayne y su maldito caballo y hasta una escopeta que mira al suelo y aquel borracho desgraciado y el viejo desdentado que reía como una hiena. Conmigo o sin mí, era el lema del dilema. Y date prisa. Señor. Yo no sé si se ha dado prisa. No ha contestado, así que quizás sea mejor pensar que no, que no se ha dado puñetera prisa. Pero esa respuesta ausente también podría ser una maravillosa señal. La señal de su propio dilema con lema: contigo o sin ti. Necesita tiempo. Tiempo para madurar una respuesta más profunda, más sólida que la anterior. Y yo necesito otra cabeza, una más plana, una que invierta en pensamientos rentables y no en basura subprime. No, no, no. No contestará nunca. Dará por zanjado el asunto. Está en su derecho, claro. Ya me dijo que no. Ya se despidió. Ya me abrazó con esa furia adherente del último baile de salón. Vigila esas metáforas, palurdo. Ya me abrazó y se despidió y se dio la vuelta y enfiló ese pasillo extraño que a veces parece un corredor de la vida y otras uno de la rendición más absoluta. Pero ella no contaba con la carta. Y yo confío en su contenido, que es un salivazo de amor incipiente y por lo tanto razonablemente incierto. Y si ella necesita pensar, que piense. Y entonces es posible que conteste (fíjense: posible, no probable ni seguro). Y a lo mejor me da una sorpresa y dejo de liar cigarrillos cuando el reloj marca las horas de los solitarios insomnes. Sería perfecto, porque ahora ni siquiera me entra Billy Wilder. Y no quiero ver ni en pintura a Peckinpah, me amargaría casi tanto como Antonioni. Señor. ¿Cómo he podido tener esos gustos? Yo creo sinceramente que no contestará la carta. Además, ¿qué carta? ¿La he escrito o la he imaginado? Sospecho que hay veces en que el destino te ahorra parte del trabajo: una carta que no tiene que llegar no llega, aunque la hayas escrito escupiendo y empeñando las sobras de tu corazón. Me interesa este enfoque: si la carta no existe, es una victoria del silencio. ¿Sirve para algo, el silencio? Quién sabe. Quizás no hacía falta ningún gesto. El lenguaje lo estropea todo. Traiciona, manipula, maltrata. Me arrepiento en este mismo instante de haberle escrito y confío, oficialmente, en que la carta no haya existido nunca. Porque si el silencio es la respuesta, las frases que lo generaron no valían la pena. Y una frase hueca es una frase muerta. Espero al menos que piense en mí. Alguna vez, de alguna forma. Paradójicamente, yo deseo pensar cada vez menos en ella. Ojalá desaparezca. Significará que fue una más, la penúltima de una suma tendente al infinito. Los fracasos pueden ser eslabones. Así suena menos patético. Y, por favor, a ver si aprendo a no escribir cartas que nunca existieron. Las cartas son una ingeniería demasiado preciosa, demasiado sutil como para correr la suerte de las cloacas. Señor. Sé que aún se me cuela. Está ahí, a la vuelta de la esquina, latiendo indiferente. A lo mejor me da una sorpresa y responde y escucho de nuevo su voz y huelo su piel y borro su sudor con la mía. A lo mejor, después de todo, aún me ama.

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  • Warrior Knight

    El ghetto es pequeño y endogámico, prima o poi, siempre hay una respuesta y si no es positiva: a rey muerto rey puesto…

    Por cierto Fede,como periodista/blogger bien pero como escritor mejor. Keep on writing, my friend.