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Wang al cubo

Fede Durán | 6 de julio de 2010 a las 21:22

Les puedo contar la versión A o la versión B. La versión A diría, detalle arriba o abajo, que soy una periodista danesa que vive en Londres desde hace seis meses y comparte piso con un mexicano y un chino. La versión A añadiría que pago 400 libras mensuales, que mi apartamento está en Candem Town y que mis compañeros se llaman José David y Wang. La versión A incluiría un predecible informe de rutinas: saludos por las mañanas, desayunos compartidos antes del trabajo, televisión y sofá, alguna fiesta de borrachos hacinados e interminables turnos de ducha. La versión B me disgusta algo más, porque Wang no es Wang. Y lo afirmo por triplicado. Wang no es Wang, ni mucho menos Wang. O, por simplificarlo, Wang es tres hombres a la vez. No me tomen por lunática. José David comparte mis sospechas. Él es latino, yo soy blanca, pero nuestros ojos funcionan básicamente igual. Hemos debatido, José David y yo. ¿Se trata en realidad de racismo? Es decir, ¿piensan los tres Wang, o el Wang al cubo, que no nos damos cuenta? Todos los chinos son iguales. Es una frase tan estúpida como prejuiciosa. Soy una chica nórdica, recuerden. Leo a Mankell. Seré una madre joven, me divorciaré cuatro veces (disculpen si eludo el número tres) y reuniré a todos mis hijos y ex maridos junto a un pino sintético en Navidad sin que a nadie se le ocurra pensar que la idea es desafortunada o directamente macabra. Verán, en la versión B, Wang mide uno setenta los lunes y los miércoles, uno setenta y cinco los martes y los jueves, y uno ochenta y tres los fines de semana. Ocasionalmente, Wang cambia de talla varias veces al día. Por ejemplo, cuando se amontonan sus necesidades fisiológicas. O cuando montamos una party. Wang es un beodo, y en eso se parece bastante a sí mismo. A menudo, sufre terribles cambios de humor. Su mandarín oscila entre la balada de crooner asiático y una especie de llanto disléxico. Wang puede oler bien o mal indistintamente, eructar a traición o sonreír como una monjita, devorar un tabloide o consumir discos de Mozart y Bach. Se preguntarán si, conforme a la versión B, José David y yo hemos tratado el asunto con Wang. O al menos con el Wang original, que por cuestiones organizativas y de proceso es quien primero nos mostró su rostro, no quien primero usó el horno o el váter. Pues bien, sí hemos hablado con Wang. Lo hemos tenido de frente, le hemos explicado la situación con exquisita sutileza y sólo hemos obtenido a cambio una enigmática sonrisa. Añadiré que también hemos hablado con Wang. Y con Wang. Y jamás la reacción ha sido diferente. Una sonrisa. Es lo que hay. Barajábamos alternativas, José David y yo. La principal era planificar un allanamiento de habitación. Porque, mientras un Wang ocupa los espacios comunes, los otros dos deben pasar el rato allí, en ocho metros cuadrados, apurando quizás los turnos de cama, planchando las segundas y terceras unidades de camisas y pantalones idénticos, entrenando la memoria para que el discurso que uno nos suelta tenga continuidad en la garganta asimétrica del siguiente. La invasión, no obstante, suena dura. Insisto: soy nórdica y leo a Mankell. Nuestros son Kierkegaard y Andersen. Cultivamos la mente, instalamos saunas en nuestros sótanos, comemos salmón ahumado y contemplamos la aurora boreal. Finalmente, me he opuesto. Y Wang sigue multiplicándose por tres, y nosotros alargamos la mentira a sabiendas de que lo es y de que él, o ellos, también lo saben. Ninguno vivirá en ese apartamento dentro de unos años. Lo convertirán en una residencia de ancianos. Una regresa a veces a sus recuerdos, y siente la tentación de hablar de ellos, pero sabe que nadie la creerá cuando rescate esta historia, y entonces recuperará la versión A, mucho más convencional y aseada, y la tarareará como ese viejo estribillo aprendido en el coche de papá y mamá camino de Helsinborg, un estribillo con el que jamás pudieron identificarse los hijos, aunque, caprichosamente, irrumpa mañana, por sorpresa, y te arranque una risa y te haga pensar que todos, incluidos los tres Wang, José David y yo, estamos rematadamente locos.

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