Dos musas y un galán

Fede Durán | 7 de julio de 2010 a las 14:40

Hola. Soy Jack Lemmon. Muchos de ustedes habrán oído hablar de mí. Incluso puede que me hayan visto en el cine o la tele. Sí, exacto, ese tipo que hacía el ganso bastante a menudo y bastante bien. Ya saben que me he retirado, claro. También que he muerto. Escribo desde un lugar indeterminado, pero no me pregunten más, porque hay secretos que uno debe descubrir solo. Yo quería hablarles de dos mujeres a las que recuerdo insistentemente. Entiéndanme, aquí, en este lugar indeterminado y amorfo, es muy fácil aburrirse. Seguro que adivinan cuál es la primera. Muy bien. Shirley. Disfruté mucho a su lado. Creo que llegué a enamorarme. En la pantalla, me lo hizo pasar mal. Le prestaba mi apartamento para que se acostara con otro. Qué contradicción. Tantas mujeres en el rascacielos de aquella maldita empresa y justo me fijo en la que se beneficia el jefe. Cuando era puta en París las cosas se suavizaron. Digamos que ella cuidaba de mí. O eso creía, porque en realidad era yo quien cuidaba de ella. Da lo mismo. Me gustaba ese desequilibrio tan equilibrado. Disculpen si sueno presuntuoso, pero estoy convencido de que ignoran cuál es la segunda dama. Les dejo unos segundos de cábalas. Nada, ¿verdad? Venga, lo soplo en confianza: Monica Vitti. Hagan memoria. Perfecto. Ahí está, en Roma. O en un yate. O en un desierto rojo. Es preciosa, ¿verdad? Tiene cara de felino y voz de sirena. Es mejor amarrarse al mástil para contemplarla sin sufrir. Nunca pude trabajar con ella. Aún me tiro de los pelos al pensarlo. No es que Billy haya dejado de parecerme divino, pero me gustaba ese tío, Michelangelo. Europa, cine de autor, ya saben. Podría haber saltado el charco, podría haber comido pizza y descorchado un buen vino en alguna terraza estrecha del Trastevere. La habría mirado tanto que probablemente hubiera desgastado sus ojos negros. No te enfades, Shirley. Tú eres especial. Siempre serás esa princesa frágil, esa muñeca lista, ese emblema de los amantes heterodoxos. Prepárense, que llega una confesión. También pienso en un hombre. Como lo oyen. Buceen en la videoteca. Yo me llamaba Jerry. Y después Daphne. Tocaba el contrabajo. Me travestí para borrarme del mapa una temporada. Ya conocen la historia. Se me cayó un zapato y apareció él. Osgood Fieldieng III. Ridículo y descarado. Bajito y muy feo. Millonario. Bufón. Galán de medio pelo. Sí, le concedí algunas citas, pero también saben por qué. Todo por Tony, todo por Marilyn. Admiré tanto su tenacidad que me acabé encariñando. Luego pasó lo que pasó. Aquél paseo en lancha y mi ristra de verdades y esa peluca que no sirvió para nada y su mente abierta y su boca de buzón siempre ondulante. ¿Imaginan lo que ocurrió después? No sean perversos. Redirijan sus pensamientos hacia un epílogo mucho más convencional. Soy varón y me gustan las mujeres. Adoro a Shirley e idolatro a Monica. Pero en este limbo secreto las horas no existen, y uno debe modelarse para seguir teniendo forma, o para que al menos la tenga la mente, y en éstas repasas lo que hiciste y lo que fuiste, y echas tanto de menos cada toma, cada chasquido de la claqueta, cada cerveza con Walter, cada beso, cada perro y cada par de zapatos que cualquier escena, ficticia o real, soñada o vivida, filmada o ensayada cobra una importancia crucial. Y, cuando uno piensa mucho, la cabeza acaba imitando al caleidoscopio, o a una noria de Long Island, y Osgood Fieldieng III se te incrusta entre neuronas y asoma esa jeta de simio y yo vuelvo a ser Daphne y estoy rodeado de mujeres en un tren nocturno camino de la costa, litera superior, y me hacen cosquillas y temo que descubran mi cuerpo velludo y agarro el freno de emergencia y los vagones retumban y se comprimen y comprendo qué divertido era todo aquello, y cuánto importa sentirse vivo, y qué listo fue Billy al dejar abierto el The End, para que cada uno lo remache como le dé la gana y nos rememore, a Osgood y a mí, en una escena que nunca jamás caducará.