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Manías desde el catre

Fede Durán | 13 de julio de 2010 a las 14:26

Honestamente, no me considero un maniático. Es sólo que necesito unas pautas orientativas. Ahora, por ejemplo, me revuelvo en la cama porque no sé qué hacer con mi brazo izquierdo. Si duermo bocabajo, procuro acercarlo a la almohada, pero entonces me duele el codo. Si trazo una línea paralela al tronco, también me molesta el hombro. No soy maniático, pero necesito saber cómo colocar mis brazos cuando duermo. Ahora, por ejemplo, me revuelvo en la cama pensando en la final del Mundial. Sueño que la hemos ganado aunque no me quede claro, en este velo nebuloso de la subconsciencia, si la hemos jugado siquiera. Pienso en Piqué y en Iniesta, canto un gol de Villa, me imagino al Santo sacando una mano de oro y fuego. No soy maniático, pero prefiero colocar mi nueva cámara de fotos en la mesa del comedor, despiezada e inerte, hasta saberme capaz de leer las instrucciones. Pienso en primeros planos y retratos en blanco y negro. Pienso en ella bien encuadrada, guasona y con la nariz pequeña porque su nariz jamás será grande, menuda ocurrencia, vaya mal gusto. A veces, incluso, pienso que pienso. Y procuro pensar una historia suficientemente buena, una que toque la tecla y me abra las puertas del sistema. Pero no me considero un maniático, así que a veces dejo de pensar en ello y tan solo me dedico a improvisar y a calcular cómo sonarían mis palabras si fueran notas musicales y alguien tuviera a tiro una trompeta. No me considero un maniático, pero aquí sigo, revolviéndome, ligeramente peleado con las sábanas, y atento, muy atento al zumbido del aire acondicionado, que no sé si me envenena o me resfría o me abate o tan sólo me distrae. Aquí sigo, en la cama, primera fila, sección espectáculos transversales, antología de lo híbrido. Pienso en un patio zen y en un ryokan en Nagano y en la percusión oriental de un jardín nevado donde dos mujeres se rebanan la cabellera. Pienso en un indio con ojos de mapache que me llama estúpido hombre blanco antes de escupir hierbajos en mi herida. Pienso en una esquina oscura de Harlem y unos zapatos de charol. Como no soy en absoluto maniático, me olvido por unos instantes de mi codo doliente y proyecto en el techo (recuerden que sigo en la cama) un mapa tridimensional de Portugal. Sagres, Carrapateira, Zambujeira. Como para nada soy maniático, bebo agua de un biberón de ciclista, camino descalzo, compruebo la temperatura ambiente y apago la luz con la izquierda (soy diestro salvo cuando se me olvida). Vaya. Me duele el brazo. Por debajo de la almohada no sirve. Quizás si trazo una uve. O lo enrollo bajo el pecho. A todo esto, ¿por qué siempre me molesta el mismo brazo? ¿Qué pasa con el derecho? Por razones puramente democráticas, considero imprescindible que ambos brazos intercambien equitativamente sus roles en la balanza del placer y el sufrimiento. Si no llegan a un acuerdo, tendré que hablar con ellos. Sí, sí, sigo en la cama. Miro el despertador y aún quedan dos horas. Se lo agradezco a quien corresponda: al tiempo, al dios de la pereza. Pienso en un montón de banderas y en un pulpo y en un galgo negro que se acerca y me mira sin mirarme, tímido y dócil, un atleta tranquilo sin ganas de revivir problemas. Pienso en una pasarela flotante, y en un monasterio capturado por una chica de ojos rasgados, y en la textura de aquel salmorejo, y en un Wallander alcohólico y putero que tiene que reaccionar, joder, reacciona, amigo, te necesitamos. Pliego en cuatro tiempos las servilletas, evito las calles estrechas, hablo en catalán cuando tengo prisa y en italiano cuando me enfado, lanzo conjuros, canto baladas, plancho camisas, robo cerillas, colecciono tallos de coliflor, me muerdo las uñas, vuelo como si buceara, me rasco los ojos, me lavo las manos, camino rápido, calculo despacio, informo e invento, doblo los brazos, extiendo las piernas, beso sin ver, abrazo sin respirar, pero, honestamente, no me considero un maniático.

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