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Tuyos son mis ojos

Fede Durán | 17 de julio de 2010 a las 14:37

Acaban de arrancarme los ojos y me han llevado del brazo a la zona de exposiciones. He escuchado cómo crujía una caja y un señor me ha dicho que ya está, que elija tranquilamente mi par favorito, que él estará mientras por ahí, dando una vuelta, atento a mis órdenes. A tientas, toqueteo distintos pares de ojos y una voz sin un origen definido me explica sus características. Ojos azules, marrones, café, verdes; ojos rojos y amarillos. La voz me molesta ligeramente porque añade pequeñas frases prefabricadas a cada movimiento mío. Buena elección, caballero. Esos ojos realzan el color de su piel. O le dan a su mirada un aire ausente muy seductor. Escojo para empezar unos ojos amarillos (color miel, caballero) y se me acerca una azafata diligente y silenciosa que me los coloca en apenas unos segundos. Parpadeo un par de veces y el vacío negro da paso a una habitación blanca con un sofá en medio y una mujer tumbada que me observa sonriente mientras un cigarro se le consume sin prisa ni pausa entre los dedos. Me fijo en sus dientes y en sus cejas. Hace calor. Y huele a gazpacho. Inmediatamente paso a una propuesta bicolor donde conviven el caoba y el verde. Estoy en un depósito de cadáveres. Coloco etiquetas en los pies de los muertos y pienso en la hora del almuerzo y en costillas de cerdo y salsa barbacoa. Olvido el verde y el caoba y me inclino por el celeste y de repente camino junto a un glaciar y el viento me corta la cara y unos turistas agitan las manos desde la cima de una montaña que suma tantos colores que parece pintada. Paso al negro y entonces me derrumbo en una chabola con tejado de chapa y sostengo tembloroso una jeringuilla que quizás, con el pulso suficiente, me eleve al cénit del chute. Con el iris rojo empuño un cuchillo de carnicero y lo alzo amenazante y un hombre muy ridículo con cara de comadreja y cuello de avestruz implora sujetando con fuerza mis tobillos y yo lo aparto de una patada y busco con la punta de mis botas sus dientes y oigo el chasquido de una mandíbula rota y descargo todo el peso de mi brazo en su cráneo con un placer que me asusta. Un barco en el Mediterráneo, velas plegadas y noche de luna mora, es el par violeta. Ella me mira como si fuera a blindar una promesa, pero ambos sabemos que todo es mentira. Naranja en mis órbitas y me dirijo a miles de personas desde un estrado vigilado por guardaespaldas con pinganillos y gafas de sol kilométricas y exhibo los trucos de la dicción y la telegenia y calumnio y engaño y propongo un saco de cosas en las que jamás he creído, pero la gente aplaude y corea y el pecho se me inflama y comprendo que siempre tendré razón. El rosa es un adolescente que quiere ser mujer mientras palpa el tamaño de su miembro y llora tan desconsoladamente que con cada lágrima se le va un pedazo de alma. Me quito el último par y lo dejo caer al suelo. La azafata se agacha apresuradamente y emite una especie de bufido censurado, el suelo, polvo y pisadas. Silbo y resurge el señor que me trajo del brazo hasta la zona de exposiciones. Le pido que me devuelva mis ojos. Unos instantes de silencio y una orden en voz baja y unos pasos que se alejan y que vuelven al cabo con un estuchito donde flotan mis ojos, que no son ni marrones ni azules ni rosas sino mucho más indefinibles porque tengo cataratas, miopía y astigmatismo y el color original quedó sepultado por todas esas deformaciones. La azafata me los coloca en apenas unos segundos y regreso a mi habitual celosía. Trago aire y ensayo mentalmente unas palabras y me lanzo y doy las gracias por el tiempo invertido y la atención prestada y añado que mis ojos son terriblemente imprecisos pero también entrañablemente familiares y que el rosa, el negro, el marrón verdoso y el amarillo son enormes opciones para cualquier persona atrevida e inquieta pero que yo soy como soy, un tipo plano y ramplón sin la ambición necesaria. Digo adiós y me marcho y a mi espalda florece un murmullo y otros clientes abren cajas repletas de ojos y parpadean satisfechos y sacan sus tarjetas de crédito.

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