Caramelos

Fede Durán | 20 de julio de 2010 a las 21:16

Ahí está el hall de la estación, con sus paneles de llegadas y salidas, el puesto de flores, los señores con sombrero y gabardina, los pillos y los limpiabotas, los niños con globos y caramelos y esas mujeres solitarias que siempre tienen cara de esperar a alguien especialmente decisivo. Yo podría ser, y de hecho soy, aunque con matices, una de ellas. Mi marido viene en tren desde Barcelona. Trae los papeles del divorcio, inexorables desde que me atreva a firmarlos, quizás allí mismo, apoyada en la pared para no derrumbarme, aunque él insistirá en que desayunemos juntos y hablemos con voces de velatorio, viéndonos pasar, cavando la zanja casi sin darnos cuenta, mientras el café se enfría. He imaginado esta escena cien veces. He endurecido mi corazón con toda clase de trucos, al menos para que hoy no estalle en mil pedazos. Frente al espejo, me he mirado a los ojos dos mil segundos hasta saber quién hay detrás, dentro de mí, y he rogado a ese espíritu cuya llave son mis pupilas que me acompañe, que no me traicione, que mastique la escena y la guarde después en un refugio nuclear cuya puerta nadie nunca pueda volver a abrir. Trae los papeles de mi vida pasada y futura y un ciclón de sentimientos y augurios me revuelve el alma y me deja sin aire en los pulmones. Sin mover los labios ni derramar una sola lágrima, río y lloro y siento cómo la esperanza y el miedo golpean mi pecho, pero al final sólo me fijo en los sedimentos, en los rescoldos que quedan cuando el fuego se apaga, y me siento tranquila. Es una tranquilidad fría como la nieve, azul como un cielo soleado de invierno, áspera pero saludable. Un muchacho desenrolla los periódicos que vende y me da tiempo a intuir un titular que me aferra a este mundo. Espero. Espero que los minutos trepen en el panel de las llegadas y suene el pitido de la locomotora y baile un penacho de humo. Se abrirán las puertas y muchas Marilyn caminarán como si fueran dulce de membrillo y los hombres las mirarán y yo los miraré a ellos, a ver si encuentro en alguno, fugazmente, el rastro de esperanza que me permita mantener el equilibrio. Mi marido se acerca, kilómetro a kilómetro, con el certificado de defunción de una apuesta lejana. Inesperadamente, esa certeza, la de su proximidad física, me colma y me calma. Ninguna tempestad ruge bajo mis pies; sólo noto el piso plano de una llanura rastrillada y sin polvo. Me han bañado con granito. Y descanso, al fin descanso mi ingravidez. De repente, una voz desconocida me llama por mi nombre, sin señora ni apellidos ni formalismos de ninguna clase. Doy media vuelta y un señor de mediana estatura me sonríe con los dientes ocultos tras un espeso bigote de canas. Inmita, repite, y yo no muevo ni una pestaña y por si acaso aprieto el bolso y doy un paso atrás. Inmita, dice por tercera vez, y entonces echo un vistazo a mi alrededor en busca de un policía, el bolso casi empotrado en mi estómago, incapaz de moverme un milímetro más. ¿No me recuerdas?, pregunta antes de tenderme una mano lisa como el mármol que finalmente acepto sin desprenderme del todo de esas capas de alerta y desconfianza. Soy don Julián, me cuenta. El hombre que te regalaba caramelos cada mañana cuando tu mamá te llevaba al cole. Don Julián recuerda la cara de una niña de cinco años que ahora tiene cuarenta y espera a su marido para decirle adiós. Un pasado más antiguo interrumpe mi más reciente pasado y dos vías se mezclan y confunden mi infancia y mi madurez y el dolor del fracaso tiñe las huellas de mi inocencia fósil. Don Julián se queda petrificado. ¿Qué te pasa? Y va y me acaricia el hombro con una cara de preocupación muy, muy grande. Y yo rompo a llorar como una niña de cinco años y entiendo que ya no tiene remedio, que estoy desnuda en mitad del hall de la estación, que tendré que improvisar sin maquillaje. Don Julián me mira pensativo, me ofrece un pañuelo, rebusca en los bolsillos de su abrigo y saca un caramelo arrugado con una expresión tan absoluta de victoria que no me queda otra que sonreír y hacerlo con la misma convicción con que hace un instante lloraba.

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  • josé luis

    Hola crack. Le felicito muy sinceramente por los relatos. A su lado, el resto de blogs, siento decirlo, palidecen. Tanto aquellos que intentan hacer sesudos análisis como quienes tratan de divertir contando andanzas personales que no resultan nada cómicas, más bien tristes, tanto en el contenido como en la forma. De elegir, me quedo con el relato del mexicano, si es que lo era, con el ramo de flores en la mano. Lo bueno de todo, y es por lo que le doy la enhorabuena, es que usted, el autor de los relatos, tiene múltiples registros. Resulta refrescante. Un saludo.

  • Miguel Ángel

    Un grato descubrimiento el cómo escribes. Nos vemos por la Alameda.