La isla de Fellini

Fede Durán | 10 de agosto de 2010 a las 21:42

P1000156_2La cola del pantalán y un barco viejo que mecen las olas. Caben bicicletas y perros, viejos y surferos, hippies y complejas almas esculpidas por la sofisticación. Al fondo está la isla, que nos espera con una mueca fea de viento y lluvia, no sabéis lo que os espera. Cielo gris, gaviotas ceñudas que nos cagarían encima si encontrasen el ángulo propiciatorio. Descubrimos un nicho libre justo a estribor. Enfrente, una señora muy mayor con los ojos tan tristes que parecen haber enviudado antes que ella. Su marido le ha cedido el balcón al mar y ella asoma la cabeza por si alguna gota se convirtiera en chispa y le devolviera con el impacto unos años de vida y fuerza. Luci y Bom fotografían y yo me despido de ellas en silencio, dejando que el fin de semana escriba un mensaje suficientemente sincero y emotivo durante sus largas horas de monólogo. Llegamos a la isla y otro pantalán más roído nos tiende la lengua y nos entrega a la tierra. Son las fiestas del pueblo, hay una carpa, alguien grita como si quisiera cantar. Atravesamos las calles de arena de playa cargados hasta las trancas con un campamento base muy huérfano todavía. Huele a sardina porque nadie cierra las puertas de sus casitas sin licencia. Dentro, a oscuras, las piezas sueltas de las familias recomponen un tablero de ensaladas y fritanga y cerveza y cubiertos con mangos de plástico. El camino se ensancha y empalma con una pasarela de madera bien barnizada y mejor flanqueada por papeleras de metro y medio que conduce al rincón prometido. Pienso en la puta nevera cargada de botellines cada vez que mis brazos rotan en la carga, pero el Atlántico irrumpe al fin como la bestia descomunal que es, tocado en esta ocasión por un faro a la derecha y una inmensidad nebulosa al otro lado. Alguien agita los dados y esparce aleatoriamente las tiendas de campaña. Muchos dormirán envueltos en la toalla, enamorados o solitarios, concentrados todos en sus pleitos invisibles, en sus charlas con el océano. Nos plantamos en un claro, bebemos, nadamos. Después buscamos un escondrijo para los trastos y regresamos al pueblo, donde de repente comprendo la postal: Fellini ha rodado esta película y ha elegido con esmero el reparto, compuesto por pescadores sin dientes y amas de casa asimétricas que se enzarzan en conversaciones repletas de saludos, bromas y bufidos sin dejar de observar al visitante con un brillo tolerante en los ojos. Me gusta la escena que se filma en esa mesa de la izquierda, donde un señor diminuto agarra por el cuello a su obeso amigo en una caricia de corte varonil, porque, claro, los hombres oficiales no se acarician de ninguna otra forma. Los niños son testigos mudos, pero están ahí, en primera línea, integrados como sacos en una trinchera de Normandía, zarandeados a veces, collejeados otras, en un escalón inmediatamente superior al de las mascotas, tan improbables como sus dueños, tan peregrinas, tan absortas en una nada más completa que muchos todos del continente. Cenamos en una mesa apartada de un restaurante apartado. Cenamos y llueve y deslizamos confidencias entre sorbos de cerveza y emprendemos la vuelta sin luz al escondite, donde nada se ha movido aunque el paisaje sí que hable, y mucho, de la eternidad de aquello que no cambia. Luci y Bom se meten en las sombras primero y en el saco después, apuran sus cervezas y hablan hasta apagarse. La noche nos parte en tres y cerramos los ojos y dejamos que el levante nos cuchichee mensajes cifrados de sueños envenenados. Mi cabeza se enreda con leopardos marinos y adiestradores frustrados. Y sueño que llueve justo cuando empieza a llover. Meto la cabeza en la sombrilla, que ya es un paraguas de pleno derecho, y la junto a las de Luci y Bom hasta que el hueco de nuestras nucas forma un triángulo, y entonces recuerdo el nombre de aquel grupo bizarro, y apoyo los brazos en la arena y me rindo al cansancio y a la ficción asilvestrada mientras en paralelo, por otro canal neuronal, empaqueto este momento para introducirlo en la cámara acorazada de la memoria, sección momentos estelares de la (pequeña, miope) humanidad.

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