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Crónicas desde el Imperio VII

Fede Durán | 11 de septiembre de 2010 a las 18:00

Nueva York es la capital de muchas cosas. Por ejemplo, del mundo hipster. Ah, la modernidad, tremendo teatro al que vale la pena seguir la corriente por motivos sociológicos, culturales y hasta gamberros. El jueves se celebró en Columbus Circle, junto a Central Park, la fiesta de Metal Magazine. Ésta es la semana de la NY Fashion Week, así que se trataba de una buena oportunidad de asomarse al balcón de las vanidades. Tras cenar con Gemma Martínez, corresponsal de Expansión y gran amiga desde los tiempos de Barcelona, decidí pasarme por allí. No fui demasiado estratega, la verdad: bermudas manchadas de magnesio, zapatillas, mochila inflada, sudor de rockódromo y manos como butifarras. Como estaba apuntado en la lista de invitados, y eso es lo único que cuenta en un país donde la pasta es más importante que el corazón, pasé sin que comprobasen siquiera mi carnet de identidad. Era uno de los elegidos, un primo con suerte, un waddup modélico. El garito estaba muy bien: dimensiones tipo EEUU (como dice mi amigo Chema, el asunto del tamaño en este país tiene una venate freudiana bastante intensa), espacio libre de humos, baños limpios, sonido decente. Pinchaba DJ Aingeru, que me presentó a un grupo suficientemente representativo de la heterogeneidad newyorker. Especial mención merece Rachel, bailarina consumada que de vuelta a casa, en el trayecto compartido de metro, me explicó que vive en una especie de comuna gratuita del East Village tutelada por dos monjes con los que meditan y supongo que estiran y comen estiércol de buey tibetano. La estampa de la disco era para memorizarla: había un fotógrafo que se acercaba educadamente a la gente más cool e inmortalizaba el momento. Creo que no pudo asimilar mi vestuario, porque no me hizo ninguna foto. Rachel, eso sí, compensó mi vulgaridad con grandes dosis de estilo. Por cierto, aquí, si no tienes al menos un tatuaje de dragones chinos entre las pelotas y el pezón izquierdo eres un rancio fuera de onda.

Ayer, viernes, consumí mi ración diaria de Manhattan con un paseo por el Soho y Broadway. Era día de promociones y rebajas, era la eclosión de la Fashion Week, y los neoyorkinos hicieron lo que mejor se les da: venderte el producto por todo lo alto. En los escaparates vi de todo: desde modelos anoréxicas de 1,90 hasta dj’s pasando por monitoras de yoga en plena sesión. Todo aliñado con musicón a millones de decibelios, cámaras de tv y media ciudad echada a la calle con sus mejores galas para lucir belleza y soltura. Incluso un neurótico claustrofóbico debería obligarse una vez en la vida a asistir a tamaño espectáculo. Yo lo hice.

Para echar el telón, cena en el loft de unos amigos con alimentos de primera calidad cuidadosamente seleccionados en el mercado que, en días alternos, montan en Union Square, conversaciones estimulantes hasta altas horas de la noche, una lista creciente e incandescente de tareas pendientes y regreso a casa en bus, solo en la oscuridad, con serias dificultades para deshacer el puzzle fonético planteado por el conductor (the hole on the bottom, en referencia a la postura de la tarjeta de transportes al pasar por el picadero, sonaba más bien a Da Juwl An Da Battan).

I love this place.

  • Abogado Accidente de Trafico

    Me quedo con la boca abierta cada vez que oigo hablar de Nueva York…uno de mis sueños es poder visitarlo, espero que se cumpla lo antes posible.