Estúpido hombre blanco

Fede Durán | 24 de septiembre de 2010 a las 9:41

El valle de las secuoyas se agita como un gigante peludo cuando el guardabosques que vigila el inicio del sendero me saluda con ese timbre amable de quienes no viven en la ciudad. Es el mismo guardabosques que cuatro horas después, en el pico de Wawona, me felicita por ser el único visitante que culmina la ascensión. Juraría que también es la misma sombra que aparece y desaparece entre los tocones negros o los troncos aún vivos de esos gigantes de madera con mil años en sus raíces, jugando a un monólogo-escondite que podría ser la advertencia de su psicopatía de animal aislado. Estoy en Wawona y miro un horizonte de dentelladas. La gente que subía el camino ha ido desapareciendo entre las venas de las montañas. No recuerdo sus caras, pero hubo un momento de esperanza, o de belleza gratuita, cuando me crucé con esa mujer que aún ahora rebota en mi corazón con el nombre que le asignó un grito anónimo venido de la muchedumbre. María. Pensé que ella se repetiría igual que el guardabosques. Es lo que me habría gustado. Estoy arriba y el sol empieza a marearse. Sé que acabará cayendo como un fardo de acero, así que inicio el descenso en solitario para que el anochecer no me sorprenda, y sin embargo me sorprende, y me siento un estúpido hombre blanco, pero esta vez Yosemite no quiere guerra, y en cambio me parte en dos el paisaje de su propia piel y me dice que elija, o que no lo haga si prefiero contemplarlo todo, y lo contemplo todo sin sentirme gorrón o avaricioso. A mi derecha, aturdido por la rendición de la tarde, un concierto de copas altas y colosos de roca se echa las manos a la cabeza para que la lava del cielo no le abrase los sombreros. A la izquierda, en una galaxia a sólo cinco metros de distancia, las otras secuoyas visten sus cilindros de plata y emiten una luz del mismo color que debe ser el espíritu de todos los indios exterminados. Aprieto el paso. Creo que un lobo me sigue. Cuando paro, primero escucho el zumbido de mis oídos, que es la mejor equivalencia del silencio, y después lo noto a él. Veo poco, cada vez menos, al final apenas mis pies contra la tierra. Giro la cabeza continuamente para calibrar las intenciones del lobo, que nunca estuvo, o que se marcha, no lo sé bien, justo al aparecer un destello que se aproxima demasiado rápido. Decido automáticamente que se trata del guardabosques, y lo imagino con un machete entre los dientes y un collar con las cabelleras de cada estúpido hombre blanco caído por ser tan estúpido como para aventurarse en la noche del bosque mágico. Aprieto el paso. Corro. Me giro. El destello es mucho más veloz que yo, ya casi me tiene. Son dos muchachos austriacos que han perdido a sus chicas y las buscan corriendo camino abajo con una linterna. Han visto un oso grizzly. Y a mí me persiguen un lobo y un guardabosques, replico antes de que se esfumen. Al fin, llego al aparcamiento. No quedan coches aparte del mío, un Dodge rojo con forma de tanque. Me meto dentro y enciendo las luces. Enfrente, sentado sobre la calva de una piedra, el guardabosques me desea un feliz regreso a casa. Doy marcha atrás tan rápido que golpeo el Dodge contra un tronco. Salgo para comprobar los desperfectos y me tropiezo con el cuerpo hendido de un lobo que todavía tiene fuerzas para exigir una explicación con su mirada menguante. Lanzo un gemido que en verdad es una maldición disimulada y vuelvo al coche. El guardabosques se ha diluido. Echo el pestillo y piso el acelerador tan fuerte que el Dodge derrapa y perturba el ensimismamiento de las secuoyas, antes plateadas y ahora de un ébano ceñudo. A punto de abandonar el aparcamiento, alguien me roza la mano. Pierdo el control y a continuación noto un crujido en el cuello y una hondonada en la frente. Aunque jamás la he escuchado hablar, reconozco la voz de María en el asiento del copiloto. Sólo quería decirte que te quiero, pero ahora vas a morirte y a estropearlo todo, me dice. Intento acercarme y besarla. El guardabosques aparta la cara con una mueca traviesa de asco. No era tu tipo, opina. Sin fuerzas para fabricar palabras, quiero suplicarle que llame a una ambulancia, pero me desmayo y sueño con Berlín en febrero. Varias nevadas después, me despiertan los lengüetazos viscosos de un lobo atropellado que ya no tiene en la mirada la marca del reproche.

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