Nadie conoce a nadie

Fede Durán | 19 de noviembre de 2010 a las 16:54

En el club de los países del primer mundo hay gigantes y gigantillos. Estados Unidos originó la supercrisis mundial que aún devora, también por sus propias patochadas, a España. Las hipotecas subprime y demás golosinas financieras quedarán talladas en la memoria colectiva como antes ocurrió con el esquema Ponzi y otros entrañables timos. Pero el Imperio sigue ahí, carburando, y sus gentes ya no hablan de recesión sino de las dificultades aritméticas de Obama, del big three de los Miami Heat y del presunto nuevo trabajo discográfico del fallecido Jacko. Japón, que parece sumido en un eterno bache, tampoco abandona el primer furgón macro aunque las estadísticas ya adelanten que China es mejor en algunas cosas. Alemania también se moja cuando llueve, pero tener enormes multinacionales le permite aplicar la teoría del tentáculo (repliegue de los apéndices exteriores para conservar intacta la matriz y el mercado de trabajo). Sarkozy recorta y Francia se echa a la calle, aunque a nadie se le ocurriría excluirla del G-8. Inglaterra palidece pero todavía es dueña de la City y la libra (que según sople el viento es buena, mala o simplemente regulera). Italia coloca todo el talento de su norte aunque el sur le rebaje los rating. Y luego están Grecia, Portugal, España… e Irlanda.

En realidad, el mundo anglosajón habría querido recudir esa lista tóxica a las tres primeras naciones, los auténticos cerdos del continente y el eslabón débil del euro. Grecia cocinó su caída porque quiso: falseó sus estadísticas comunitarias, se endeudó muy por encima del listón del Pacto de Estabilidad y vio como de repente su prima de riesgo volaba mucho más allá de sus posibilidades, con la consiguiente parálisis. No sin el característico titubeo marxista (de los Hermanos Marx, no de Carlos) de los socios de la UE, llegó el rescate, que no es gratis sino al 5% de interés, y con él los lamentos y los reproches. Grecia, país mediterráneo de alegres tradiciones (la historia ya no le sirve de aval), era el perfecto ejemplo del derroche meridional, extensible, claro está, a Portugal y España. Ambos fueron pronto el centro de todas las suspicacias internacionales. Si los griegos habían mentido e inflado sus cuentas, ¿por qué no habrían de hacerlo también los tramposos latinos?

El Gobierno de Zapatero se sintió, menos mal, exigido desde fuera, presentó su carta de buenas intenciones y superó la criba de la viabilidad. Sus bancos, por cierto, parecían incluso más en forma que los mejores bancos de los mejores vecinos. Aun así, puntualmente, la sospecha de un rescate vuela en círculos sobre suelo hispano como el buitre ante el ser vivo en trámites hacia la carroña. Portugal está al borde del abismo. Su ministro de Finanzas repite que es el conjunto de los países torpes el que se somete a examen y que la situación irlandesa embarra también a España. Añade, como una queja más o menos soterrada, que las cosas serían distintas si no pertenecieran a la Eurozona (cómo cambia la vida). Italia, adicta a la tragicomedia, permanece por ahora en un segundo plano. Quizás la mierda no le salpique.

Y queda Irlanda, que rompió el maléfico plan anglo aunque más de un político inglés sonría en la intimidad del hogar ante sus calamidades oficiales: el Ejecutivo irlandés ha aceptado la ayuda de la UE y el FMI, pero no porque sea incapaz de rebajar su déficit o porque haya mentido con los números, sino porque sus bancos, éstos sí, están tiesos como la mojama. Ah, Irlanda, ejemplo reciente de crecimiento bien apuntalado, poema del I+D, envidia de tantos hace tan poco… Un caso curiosamente parecido al de Islandia, el edén del que nadie nunca querría marcharse, el paraíso terrenal, el paradigma de la buena economía. En verdad, ni FMI, ni Moody’s, ni comisarios, ni gurús. Desgraciadamente, en este ámbito, nadie conoce a nadie.

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  • Guilletron

    Según el eurodiputado Daniel Cohn-Bendit detrás de la deuda de Grecia se esconde la venta de armas por parte de países de la UE para defenderse de la expansión turca, no sólo es por el “derroche meridional”…aunque no me he parado a hacer un análisis de la deuda griega así que no puedo criticar su artículo.