Crónicas de un escéptico » Archivo » Adiós, Mariela

Adiós, Mariela

Fede Durán | 6 de enero de 2011 a las 21:22

Apenas han pasado unos meses y ya está de nuevo ahí, en casa de Mariela, su madre disfrazada de tía, el recuerdo de unos pies calientes contra su piel de niño descalzo. Mientras sube las escaleras, repasa el informe más reciente. Ha estado enferma, postrada durante semanas en una cama de hospital, y la familia ha rotado con generosidad y paciencia para que ella sintiera que ninguna pieza faltaba. Sube las escaleras y procura imaginar la siguiente escena, cuando la puerta se abra y en el umbral aparezca una figura marcada por la metralla de quinientos medicamentos y unos huesos de bohemia. Toca el timbre y espera, unos pasos de peso pluma se acercan y preguntan quién es. Él responde y escucha cómo se deslizan un pestillo grueso y una cadena. La puerta se abre y en el umbral aparece una mujer desconocida de entre cuarenta y cinco y cincuenta años. Lleva un delantal con restos de chocolate y tiene las manos húmedas. Mariela, pronuncia ella para romper su desorientación, y después añade las coordenadas geográficas. Está en el salón, adelante, discúlpeme pero se me quema el pastel. Recorre un pasillo oscuro donde cuelgan los mismos cuadros de siempre, imitaciones perseverantes y frustradas de Renoir, y gira a la izquierda para acceder al saloncito estrecho donde Mariela, de espaldas, se entretiene con la televisión. Él la llama y ella le escucha sin levantarse, girando unos grados el cuello, pidiéndole con el gesto que se incluya en su ángulo de visión. Al tenerla de frente, comprende todo. Mariela ya no es una esbelta señora madura sino una cascarilla donde algunos gramos de vida aún le atizan al desalojo. Con un simple vistazo a su cara inflada de corticoides, a su sincera alegría y a ese diagrama en los ojos que es un destello de rebeldía, el sobrino comprende lo que se espera de él. Le besa el cuello y las manos, que sostiene todavía al sentarse, y procura dibujar una sonrisa a la altura de ella, que comienza a hablarle despacio, varios diapasones por debajo de la costumbre. Conforme la escucha, nota cómo se agranda la traición de las lágrimas. Es incapaz de racionalizar la transición entre las dos Marielas, y ésa es quizás la única razón por la que aprieta cada vez más sus manos temblonas, porque no se le ocurre otra forma de rellenar su ausencia que devolviéndole el calor de su infancia, y con él, parte del aliento que se le acaba. Al fin, sintiéndose aplastado por la pena, se excusa y se encierra en el baño, donde llora amargamente por lo que ya nunca será. Mariela es su primer testimonio pleno de la desintegración, y aunque está ahí, justo a unos metros, tras un tabique de un palmo, palpa su marcha tan brutal y cristalinamente que la solidaridad del llanto se le aproxima de vuelta como un bumerán, como si en realidad fuera él quien se muere. Se enjuaga la cara y se mira al espejo; nadie va a descubrir sus ojos rojos porque nadie buscará el dolor en él. No, él es oficialmente la esperanza, así que lanza un último suspiro y vuelve al salón y a las manos de Mariela, que han recuperado parte de su calor y, podría jurarlo, ahora tiemblan menos. Usa frases sin pensarlas, para adornar el aire, y barre las respuestas de su tía madre en busca de cualquier signo de felicidad, y sí, la felicidad gotea tímidamente sobre la silla de ruedas y le salpica como un regalo inmerecido. Entonces entra en el salón la mujer desconocida de entre cuarenta y cinco y cincuenta años con una sonrisa bien ancha y un pastel de chocolate entre las manos. Lleva un kilo de fresas, anuncia satisfecha antes de dejarlo sobre la mesa. La habitación se impregna de ese olor recién hecho y Mariela le pide al sobrino que traiga cubiertos y platos y corte dos trozos. Al servirle y verla masticar y estirar los labios, recuerda lo lista y hermosa que es, y admite, abrumado, que ella renuncia a la resignación no porque crea en la victoria, sino por él, por todos los seres de su círculo, para que el adiós se pronuncie en voz baja, para que nadie se dé cuenta de que ella, la maga, se marcha a otro café.

Etiquetas:

Los comentarios están cerrados.