Las seis curvas de Big Sur

Fede Durán | 14 de marzo de 2011 a las 22:38

Había recorrido las curvas de Big Sur mil veces, pero siempre le sorprendía algún detalle del paisaje, un risco con un faldón de niebla púrpura, la virulencia de una ola cabreada, el sol a menos de diez grados del horizonte y esa luz que pasa del naranja al rosa hasta morir en un índigo casi alucinógeno. Redujo la velocidad para darle al Firebird más músculo y también para alargar su tramo favorito, una sucesión de seis curvas cerradas cuya cuerda de asfalto acababa en la lengua de acero de un puente bajo el cual las rocas, las dunas y una vegetación chata y ruda conformaban la mejor postal cenital de los alrededores. El Firebird culeó con el primer pisotón del acelerador, pero inmediatamente Paolo decidió comportarse, como diciéndole al mítico y curtido pontiac que estuviese tranquilo, que le daba la tarde libre. Al superar la primera curva, cuyo peraltado recordaba defectuoso, tal y como constató una vez más con un crujido de vértebras, le vino a la mente su tío Marcello, esa figura recia que departía con los colegas de la fábrica en la pausa delle trattorie, siempre escoltado por un vaso de vino, siempre protegido por la parca del West Village que Riccardo le regaló una vez y que desde entonces sería su talismán cada año hasta bien entrada la primavera húmeda de la Emilia Romagna. Calcó la trazada perfecta de la segunda curva y viajó hasta el playground de Bushwick donde el mismo Riccardo, su primo, encestaba de tres junto a sus colegas hispanos (los negros se mezclaban menos con el resto) con aquel salto tan característico y aquella inevitable sonrisa posterior entre traviesa y retadora de todo buen tirador. Misteriosamente precedido por una especie de guía de la memoria familiar, tercera curva, apareció con quince años menos en la cocina de la zia Rafaela en Trento, toda ella grosor, inclinada hacia las entrañas del fogón para atiborrarlo de leña, sonriéndole con las mejillas coloradas y el sudor sitiándole la frente. La cuarta curva era casi un codo que le obligó a adoptar la postura de un copiloto de sidecar, ladeado para restarle impacto a la inercia, y en su cuello tenso se dibujó la creta blanca de la Scala dei Turchi, Sicilia, y la fina figura semidesnuda y tendida de su primera amante seria, Irene, porque también existían y existirían amantes solubles. El sol cayó un par de peldaños y el aire perdió varios grados, pero Paolo fue fiel a la esencia del descapotable, que consiste en ignorar la capota. En la quinta curva, un hilo de pocos milímetros sobre la cresta de un acantilado no mucho más ancho, se sentó frente a la sorella en la mesita de madera donde dirimían sus pleitos infantiles cuando papá y mamá estaban demasiado dormidos o demasiado hartos de regañarles. Salvó la sexta y última curva con una sutileza de veterano de Montecarlo y entonces entró de la mano de sus padres en la iglesia donde un cura paralítico despedía a su abuela, confinada en el misterio eterno de un ataúd. Al atravesar el puente, sus pensamientos se disiparon al fin, dejándole flotar en las agradables sensaciones creadas con fidelidad de perro viejo por el Firebird. Poco después se desvió hacia el interior, avanzó tres millas y media y aparcó el coche justo enfrente del jardín sin vallas de su casa, donde aún se respiraban las algas podridas del Pacífico. Dejó el manojo de llaves en la bandeja del vestíbulo y caminó hacia el contestador, que parpadeaba en rojo como una luciérnaga diabólica. Tenía seis mensajes. Los escuchó sin detenerse, como embrujado por unas noticias que no lograba entender aunque alguien las cantara en un inglés burocrático exquisitamente correcto. Al rato, se serenó y recopiló: Marcello, Riccardo, la zia Rafaela, Irene, la sorella y sus padres habían muerto en incidentes separados. Arrebatado por la incredulidad, recuperó las llaves del Firebird, salió a la calle y saltó al asiento del conductor para dar marcha atrás, volar hasta la costa y deshacer la secuencia del puente y las seis curvas, convencido de que así rompería el hechizo.

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  • tatuada

    Deberías leerte ‘Relatos de lo inesperado’ de Roald Dahl, te va a molar.

  • Abogado Marbella

    Una entrada maravillosa, enhorabuena por tus escritos y un saludo desde Málaga