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El sustituto (I)

Fede Durán | 6 de julio de 2011 a las 21:06

Sencillamente, Walter Portanera acojona. Uno noventa y tres, ciento siete kilos, espaldas de buey y cuello de toro. Nadie quiere oír su nombre porque es el emisario predilecto de la muerte neoyorkina. Don Pasquale, capo de una de las cinco familias de la Gran Manzana, nunca duda, si quiere un muerto específico, presiona el botón WP y vuelve a concentrarse en su cigarro. Los resultados siempre son satisfactorios. Esta tarde, Walter posa su enorme culo de luchador de sumo en un apartamento del West Upper Side. Apenas cabe en el sillón rasposo, pero no hay nada cómico en su forzada postura. O al menos eso piensa Pedro Cruz, alias El Cráter, un camello colombiano con problemas de acné pese a rozar los cuarenta. Cruz está justo enfrente de WP, sometido a su ceñudo escrutinio, sentado en una silla plegable de plástico que traquetea con el temblor de sus piernas. Ha intentado extraer de esa inmensidad siciliana una pizca de compasión, pero Walter no abre el pico, se contenta con dejar pasar los minutos sin dibujar en su rostro una sola pista. Cruz suda, reza, lloriquea, recuerda a sus familiares y asume con ronca angustia que jamás volverá a tirarse a ninguna de sus amiguitas, que ya será imposible aquel proyectito de bungaló en Santa Mónica pagado con las adicciones de otros, que se acabó el pitido del despertador a la una del mediodía. En realidad, Walter las está pasando canutas, como cada vez que recibe un encargo. Con los años ha perfeccionado el recurso de ocultar bajo esa facha hierática toda su angustia, porque él odia desde pequeño la violencia, se marea al ver una gota de sangre y sufre lo indecible con el derrumbe físico y moral de sus víctimas en esa antesala mortal que prolonga hasta la llegada de su primo Vito, el auténtico ejecutor. Vito es un palermitano tan pequeño y agresivo como Joe Pesci, el actor al que algún gilipollas de aduanas arruinó el apellido con una mala transcripción. Cuando entra en escena, genera un curioso efecto: con sus trajes de sastre, sus zapatos lustrosos y su aire años cincuenta, la víctima suele confundirlo con un salvador, una especie de mensajero de la esperanza, una sorpresa con patas que trae noticias de un cambio de guión en la sentencia del don de turno. El primo Vito hace el trabajo sucio con una lealtad a prueba de balas. Respeta tanto a WP, lo ama tanto que sería capaz de servirle de chaleco antibalas. Se cree tanto su leyenda de ogro-titán, vive tan apegado al mito, que no osaría estropearlo con indignas confidencias o estúpidas meteduras de pata. Walter intenta readaptar su postura, le duelen la espalda y las piernas y aprieta nerviosamente la pelotita de gomaespuma que siempre lleva en el bolsillo derecho del pantalón. Cruz implora en español, agita las manos como un italiano y esboza un torpe discurso sobre los vínculos raciales del mundo latino que no ablanda a WP, el icono del hampa, las siglas más pavorosas de los subterráneos, sencillamente porque WP ya se siente blando como una mierda de perro, mareado, alarmado por el retraso de Vito. Acumulando en la punta de la lengua todo su coraje y toda su compostura, pronuncia con perfecta neutralidad una única palabra que interrumpe bruscamente la función del hombre al que tiene delante. Cállate. Cruz se da por vencido, baja los brazos y la mirada y se sume en un estado de espesa melancolía que tortura más aún a su presunto verdugo. Superado finalmente el límite de la paciencia y el más menos diez minutos de su idea de la puntualidad, Walter agarra el móvil y llama a su primo. Para apuntalar la intimidad de la charla, breve y monosilábica en cualquier caso, exagera su siciliano de montaña y observa de reojo a Cruz, cuya mirada bovina confirma que no entiende nada. La voz de Vito traspasa por poco una malla de ruidos urbanos muy de Nueva York, bocinas, derrapes, insultos sin consecuencias que forman parte del código genético de la ciudad porque todo el mundo es un jodido motherfucker aunque casi nadie se tire a su madre. Tras unos segundos de confusión, Walter separa el mensaje de la paja: con una retahíla de disculpas y juramentos, Vito rompe una racha imponente de sustituciones. Un camión de los helados ha atropellado a Riccardo, su primogénito, ingresado con pronóstico grave en el Mount Sinaí. WP reprime el llanto y se muestra comprensivo. Antes de colgar, le dice a su primo que le cocinará un buen plato de pasta y se lo acercará al hospital en cuanto despache el asunto Cruz. Y Cruz parpadea y brinca cuando escucha su apellido, como si alguien hubiera golpeado el tamtan de su último minuto de vida, y WP, la pesadilla de trepas, morosos y traidores, el justiciero a sueldo de los bajos fondos, se levanta al cabo y se le acerca lentamente, derritiéndole con cada paso algún hueso, algún músculo, y le posa una mano enorme en el hombro, y Cruz nota un temblor que no obstante cree exclusivamente suyo. Walter traga saliva para acabar la frase sin ahogarse. Enhorabuena, tío, hoy no vas a morir, dice. Y Cruz permanece en la silla mucho rato después de que WP se haya marchado, intentando comprender dónde está el truco, casi más aterrado que antes.

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