El consultorio del miedo

Fede Durán | 14 de febrero de 2012 a las 21:53

Estamos en el centro de una habitación cuadrada, nos han vendado los ojos y ofrecido una silla sobre la que posamos el culo con recelo. Es un experimento. Quien nos acompañaba cierra la puerta desde fuera, clic, pestillo, y una voz académica nos pide desde el techo que prestemos atención a los mensajes que se emitirán a continuación. Escuchamos frases tan parecidas en el fondo que sólo nos cabe diferenciarlas por la forma. Éste es Zapatero, ese otro Rajoy, el de acá Mas, el de allá Urkullu, o Díez, o Lara. Como tenemos memoria histórica, detectamos rápidamente las mentiras ya confirmadas y apartamos en un cajón mnemotécnico las que quedan por confirmar.

Luego nos quitan la venda y nos dan un refresco porque las bebidas alcohólicas están prohibidas. Aparece una psicóloga muy guapa (parece una actriz de Mad Men) y nos anuncia un test de optimismo. El resultado es desalentador: bordeamos la depresión, que es un agujero tramposo y nos puede engullir en cualquier momento, advierte. Se despide sin sonrisas y toma el relevo un psiquiatra muy feo que nos recuerda a Beria. Va a pronunciar una serie de palabras mientras estudia atentamente nuestras reacciones, nuestros ceños, bocas, párpados y corazones encogiéndose o deformándose. Ahí va. Prima de riesgo. Paro. Crédito. Indemnización. Índice de Precios al Consumo. Euríbor. Hipoteca. Efectos de Comercio Impagados. Producción Industrial. Confianza de los Consumidores. Cuando llega a Austeridad, gritamos basta y él para.

Estamos tan alterados que nos regalan un bocadillo, nos dan una palmadita en la espalda y nos dicen que ha sido un placer. Ya fuera, en la calle, el día es espléndido, sol más ligera brisa primaveral más ese olor refrescante de los espacios verdes y la hierba recién regada. Avanzamos sin prisa, despresurizándonos, y nos topamos con un corro de ciudadanos que estrecha el círculo en torno a un tipo con jersey gris y pinta de profesor universitario, cuarenta y pocos años, ojos azules y cabeza rasurada. Afilamos/afinamos el oído. Habla una jerga extraña. Ecologismo, pero no un ecologismo barato. Redefinición del espacio urbano. Comercio de proximidad. Campo. Vivienda. Retenemos una paradoja especialmente retumbante: Hay trabajos sin ocupantes y trabajadores sin ocupación. Cosas que querríamos haber oído en la habitación de paredes marrones bailan entre nosotros, nos golpean con suavidad, silban y sonríen. Escupimos los restos del bocata, las migas que ciegan nuestras bases molares, y tendemos la mano a ese señor tan distinto que nos pide que le conozcamos. Se llama Esteban, informa. Le asignamos un apartamento en el edificio de nuestra memoria y paseamos bulevar abajo, entre músicos y palomas, yonquis y mierdas de perro, fuentes no potables y árboles secos.

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