La aritmética de las relaciones (entrevista de Braulio Ortiz)

Fede Durán | 27 de abril de 2012 a las 10:46

Desde que dibujaba cómics en el colegio, Fede Durán (Cádiz, 1977) habitaba esa dimensión paralela de quien se dedica a contar historias. Este periodista del Grupo Joly desembarcó en 2009 en las librerías con un prometedor libro de relatos, Guantes negros, al que sigue ahora La mirada de Monica Vitti, una novela publicada por la editorial Almuzara que habla, desde una aproximación libre al género negro y una singular estructura, de temas tan reales como la incomunicación de la pareja, la búsqueda de las raíces y la importancia de la bondad en un mundo marcado por la violencia.

-En su novela, Monica Vitti se erige como símbolo del jeroglífico que es la otra persona en una pareja.

-También es el homenaje a esa época que muchos hemos tenido de pasión por Antonioni, por ese cine donde se dan silencios e imágenes más que diálogos. Y la Vitti representa, con su misterio, esa perfección de la frialdad y esa frialdad de la perfección. Dado que los personajes comparten ese origen oscuro, desconocido, de la falta de raíces, la editorial y yo pensamos que ella era una buena forma de presentar la novela ante el lector.

-El personaje de Francesco toma como esposa una mujer manipulada genéticamente. Pero aunque ella sea perfecta, el error está dentro de él…

-Si tú entiendes el amor como una historia matemática, lo más probable es que te equivoques. En las relaciones dos y dos no suelen sumar cuatro. Las circunstancias en las que él conoce a Monica le hacen presuponer a este hombre que su amor está garantizado, un grave error, como se comprueba luego. La incomunicación de la pareja es un tema muy productivo, del que se pueden extraer muchas historias. Yo aún no he encontrado una mina mejor.

-Ocurría también en Blade Runner. Las criaturas artificiales que retrata acaban siendo más complejas que otros personajes.

-Sí. Los hombres que empiezan una vida con esas mujeres deducen que esa perfección es una garantía, que no va a haber sobresaltos, que las emociones van a ser constantes, que la lealtad está asegurada, pero no es así.  Incluso el personaje de Cynthia, que parece que representa bien el papel de esposa cariñosa, tiene una relación con la hija muy complicada…

-Usted descubrió hace poco sus orígenes judíos. ¿La preocupación por las raíces que se detecta en los personajes viene de ahí?

-No lo creo, había otras  heridas que no estaban cicatrizadas del todo y en las quería ahondar. Cuando estás peor de ánimo, es cuando más productivo eres y más ganas tienes de sentarte delante del papel. Escribir es curativo. No creo que tenga que ver lo de mis orígenes judíos, pero sí es un tema que me apasiona. Voy en mayo a Israel y tengo muchas ganas de ver cómo se tratan allí unos y otros y cuánto queda de ese misticismo del que muchos hablan cuando regresan.

-Ha apostado por una estructura curiosa… 

-Estoy empezando y me gusta experimentar, no quiero encasillarme en ningún género. Es una novela negra, pero no es incompatible con ello que intercale pasajes más divertidos o más ácidos. Y tener tantos personajes y una historia coral me permitía variar un poquito los registros, los tiempos verbales, los ritmos. Era divertido hacer ciertos cambios a mitad de la novela. Tengo mucha curiosidad por saber la reacción de los lectores.

-Hay, sobre todo en el capítulo del policía, una reflexión sobre la bondad. Parece que quería darle una carga moral al relato.

-La relación que tienen el padre y el hijo de La carretera, de Cormac McCarthy, me inspiró el trato entre Hilario y su hija. Él permite construir un doble personaje: de puertas afuera es un titán, un tipo duro, un policía hermético y disciplinado, pero luego tiene esa parte tierna que representa su familia, y todos los miedos asociados a perderla. El hecho de que se enfrente todos los días a situaciones devastadoras le obliga, como contrapartida, a reafirmar su fe en el hombre y en el amor, porque si no se volvería loco.

-Retrata a un alcalde cínico que encarga asesinatos. ¿Tan mala es su visión de la clase política?

-No quiero pensar que todos sean así, aunque en este país tenemos ejemplos de que esas cosas han pasado, a un nivel más elevado incluso que el de una alcaldía. Lo que quería era construir un personaje tenebroso que supusiera una puerta entreabierta a las entrañas del sistema, no plantear una crítica feroz de la clase política. Esta vez no, ya habrá tiempo de hacerlo más adelante…

-En su futuro nadie accede al contenido de los libros. ¿Augura poca vida a la letra impresa?

-Creo que sobrevivirá. Ahí están los vinilos. Los dimos por muertos y ves tiendas impresionantes en Williamsburg (Brooklyn), la gente se compra otra vez tocadiscos… Yo voy a compatibilizar el papel con un Kindle, he encargado uno, pero en mi escena final de cada día, eso de irme a la cama a leer, no me veo con él; me lo imagino más yendo de viaje y teniendo que facturar poco. No creo que el papel vaya a desaparecer. Se convertirá en un producto gourmet, y como tal siempre tendrá su nicho.

-Hablando de vinilos, para Francesco Charlie Parker es Dios. Y usted, ¿a quién rinde culto?

-Al jazz al completo, porque es la música con la que me gusta escribir. Pero toco todos los palos. Podría citar a Lana del Rey, tan repudiada ahora, pero también podría hablar de un infinito número de grupos: me gustan The Rapture, Yeasayer, Bon Iver, Kanye West, Hola a Todo El Mundo, LCD Soundsystem, el rap, la electrónica, el flamenco. Mis gustos son un batiburrillo, pero la música es esencial, la oportunidad que tenemos todos de construir nuestra banda sonora cada día.

-Sorprende que le guste el flamenco. Uno de sus personajes dice que le pone “de los nervios” eso de “un tío que empalma alaridos”.

-Ésa es la magia de la ficción: puedes poner en boca de tus personajes lo que quieras y recorrer caminos que a ti mismo te chirrían. Hablamos de una frase puntual, pero el reto de todo escritor es meterse en situaciones incómodas, que tú no piensas vivir en tu existencia real. Recuerdo cuando vivía en Barcelona o en Nueva York: el flamenco era esa manera de sentirte siempre en casa, esa casa etérea  de la tierra.

-Ya que es periodista, ¿quiere hacerse alguna pregunta que vea que falte en este cuestionario?

-Me preguntaría algo que quiero cuestionarle a todo el que escribe: qué siente cuando lee algo que ha creado. Para mí es horrible, envidio a los autores que se saben buenos y están encantados de sí mismos. Es como ese fragmento de la película Cómo ser John Malkovich, esa escena en que John Malkovich se mete en Malkovich y todo se distorsiona. Esa distorsión, ese sufrimiento, es lo que siento yo, lo que me llevó a no leerme nunca más. Una cosa es cuando estás repasando, pero una vez que el libro existe me olvido, sólo genera dolores de cabeza.

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