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La mujer perfecta

Fede Durán | 9 de mayo de 2012 a las 19:22

Mis veinticuatro horas tienen dos cimas: una es el deporte, a primera hora de la mañana, y otra la lectura, a última de la noche. Recientemente compré un kindle, y lo hice por varios motivos: 1. Pesa muy poco. 2. Almacena más libros de los que podré leer. 3. Permite acceder a un vasto catálogo de obras en inglés, y además incluye diccionarios y traductores (estos últimos de pago).

Durante varios días (o noches), he tirado de kindle. Quería catarlo unas horas, comprobar si quema la vista, si pasar páginas es complicado, si el menú es intuitivo, si le salen machas azules en la carcasa. Todo está en orden. Respecto a la calidad de lectura, es como si tuvieras en los morros una pegatina. Y leer pegatinas no molesta, al menos hasta que se demuestre lo contrario.

Anoche, sin embargo, recuperé El Mundo de Ayer en tinta y papel. No es un título cualquiera. Lo escribe Zweig y lo edita Acantilado, así que la calidad está garantizada en la forma y sobre todo en el fondo. Pasé las páginas, intuí el olor, disfruté del tacto, acuné esas cubiertas negras y reorienté el huesudo interior hacia la luz de la lámpara cada vez que el cuerpo me pedía posturas menos prácticas. Es entonces cuando comprender que un libro bien editado siempre será superior, por razones físicas y etéreas, a cualquier otro invento. El Kindle es como esas mujeres perfectas que teniéndolo todo en realidad no tienen nada. Es una cuestión de alma, de espíritu, de feeling.

  • Bakunita

    Le entiendo perfectamente: trabajo en una biblioteca con libros antiguos (algunos de más de 300 años) y no cambio el tacto cálido y suave del papel por el frío de una pantalla táctil. Cuando amas los libros no te puedes conformar con un mero reflejo, necesitas tenerlos para tí en todo su esplendor.
    Gracias por su comentario.

  • Thready Luna

    Cada día menos escéptico. Un amigo me dijo algo sobre los tres párrafos. Y estos tres son concisos, ¿dirías que cortos?. Yo, no. Qué bueno todo, papi: reorienté el huesudo interior hacia la luz de la lámpara cada vez que el cuerpo me pedía posturas menos prácticas.
    Y no lo digo yo…