Crónicas de un escéptico » Archivo » El eje que nunca funcionó

El eje que nunca funcionó

Fede Durán | 13 de mayo de 2012 a las 18:28

La Real Academia de la Geopolítica (RAG), entidad ficticia creada ad hoc para esta crónica, establece una verdad casi irrefutable: Norte y Sur suelen ser coordenadas antagónicas. Arriba, progreso y orden; abajo, retraso y anarquía. Alemania versus Grecia. Estados Unidos en oposición a México. La pianura padana y Sicilia. ¿Cataluña y Andalucía? La regla se cumple en términos económicos y viene de largo, de hace más de un siglo. Pese a que la revolución industrial arrancó en España no sólo desde Barcelona sino también en el triángulo Cádiz-Málaga-Sevilla, el sur tuvo alma latifundista mientras el norte diversificaba (el carbón asturiano, el emporio textil catalán, la siderurgia y los astilleros vascos). Ya saben cómo acabó el trienio bolchevique. Y lo que vino después de la II República. Pero muchos años después, en democracia, se han registrado algunos fenómenos que desmontan o cuando menos matizan la contundencia de aquella división al menos desde una perspectiva sociopolítica. Entre 1950 y 1970, millón y medio de andaluces emigró, escogiendo casi sistemáticamente Cataluña como tierra de acogida. Aún hay barrios del cinturón metropolitano de Barcelona donde se oyen acentos meridionales. El socialismo ha sido, además, una fuerza motora tanto en una región como en la otra. En 1980, el Parlament llegó a contar con los diputados del PSA. Incluso la Generalitat ha tenido un presidente de origen andaluz, José Montilla, nacido en Iznájar (Córdoba) y emigrado con su familia en 1971.

Francisco Hidalgo, uno de los parlamentarios del PSA en aquella primera legislatura catalana, explicaba hace unas semanas que Josep Tarradellas, quien cedía el trono a Jordi Pujol, fue comprensivo y respetuoso al recibirlo: “Sabía que no éramos lerrouxistas”. De hecho, Pujol, autor de uno de los mandatos más dilatados de la democracia española (1980-2003), siempre se caracterizó por una corrección exquisita y un interés sincero por el caso andaluz.

El hito más importante, sin embargo, llegó en 1999. Manuel Chaves, timonel de la Junta entre 1990 y 2009, y el entonces ex alcalde de Barcelona y diputado autonómico Pasqual Maragall, idearon una alianza norte-sur para liderar la reforma de los estatutos, resideñar el modelo de financiación, dotar a las comunidades de voz en Bruselas y potenciar redes de comunicación e infraestructuras alternativas al esquema radial proyectado desde Madrid. Maragall, tan talentoso como imprevisible en la oratoria, proclamó entonces la construcción de “una de las columnas vertebrales de la España moderna”, aunque ya advertía que el abrazo sería “progresivo, no instantáneo”. En realidad, se equivocaba. El plan se mantuvo mientras el catalán sufría en la oposición la imbatibilidad (en escaños, que no en votos) del ogro Pujol. Pero el 16 de noviembre de 2003, las matemáticas le dieron la oportunidad de parir, junto a ERC e ICV, el primer tripartito. Y el eje con Andalucía daría paso, poco a poco, a la metafísica identitaria, un discurso exigido por Esquerra y secundado por los ecosocialistas de Joan Saura que finalmente le apartaría de Chaves, del resto del PSOE y del cacareado eje. Paradójicamente, los estatutos catalán y andaluz acabarían pareciéndose bastante. Pero el PSOE-A sintió que había algo más, una deriva implícitamente soberanista imposible de aceptar. La entente fue archivada en las carpetas polvorientas de la historia y Andalucía se dispuso a interpretar un papel que nuevamente debe ensayar ahora: el de muro de contención ante los “nacionalismos insolidarios”, el de garantía de un desarrollo homogéneo del Estado autonómico. CiU recuperó la Generalitat en diciembre de 2010 y Artur Mas avanzó su voluntad de lograr un concierto económico similar al vasco o al navarro. Pero no será sólo un muro. La Junta de la coalición Griñán-Valderas funcionará también como alcazaba porque los grandes nombres del PP -desde Esperanza Aguirre hasta Mariano Rajoy- han pedido una “reflexión” sobre la viabilidad de un modelo territorial que Madrid, Bruselas y los mercados asocian al despilfarro. Las CCAA que incumplan los objetivos de déficit, se ha llegado a decir, podrían ser intervenidas por la Administración central.

En una entrevista con este periódico, Chaves explica los vaivenes del eje. “No diría que no tuvo éxito sino que no cumplió con las expectativas marcadas. Muchos de nuestros planteamientos se recogieron después en la Declaración de Santillana (diciembre de 2004), que configuró el nuevo modelo autonómico, aunque después Maragall se lo saltaría un poco a la torera”, comienza. “La filosofía del pacto estaba clara: Cataluña creía que aportaba demasiado al Estado [era y es contribuyente neto equilibrio territorial] y Andalucía sabía que era perceptora de esa solidaridad. Si nos poníamos de acuerdo, podíamos dar una visión de integración de Cataluña en el país”.

Maragall nunca planteó el concierto económico que hoy defiende Mas. José Montilla lo recuerda desde su oficina de ex president en Barcelona: “Con la financiación, Cataluña tiró del carro. Ahí estaban las balanzas fiscales para reforzar nuestra postura. En esa negociación nos quemamos todos, podríamos haberla zanjado antes, pero el PSC nunca defendió lo que tiene el País Vasco sino una cierta aproximación a los resultados de esos otros regímenes fiscales. La diferencia con los nacionalistas es que lo que queremos para nosotros no se lo negamos a los demás”. Como si se tratase del salvaje oeste, cada región acabaría fijando en sus estatutos las fórmulas personalizadas de inversión del Estado. Un rompecabezas que la crisis y los recortes han demostrado irresoluble. Andalucía exigiría, en la Disposición Adicional Tercera del texto, una inversión equivalente al peso de su población sobre el conjunto del Estado “para un periodo de siete años”.

Pero volvamos al eje. “Partíamos de una premisa realista. Cargar el peso del avance autonómico en una sola comunidad era difícil. Nos parecía lógico que Cataluña y Andalucía creasen esa alianza por razones de peso económico y demográfico, por las afinidades que comparten PSC y PSOE-A, por los foros, la literatura de los historiadores, las publicaciones y sobre todo la emigración de mitad del siglo pasado”, reconstruye Montilla.

“Maragall era para echarle de comer aparte -retoma Chaves-. Cuando debuta el tripartito ya no se puede hablar del eje; se difuminó mucho antes”. Entre 2004 y 2005, sin embargo, ambos líderes se reunieron un puñado de veces para intentar desatascar la estrategia comúnmente dispuesta. “En la medida en que Pasqual perdía apoyos en Cataluña, acentuó sus rasgos identitarios por encima de las políticas sociales. Los techos del Estatut no los podíamos aceptar fácilmente. Todo ello desembocó en el acuerdo final entre Zapatero y Mas [Maragall quedó devastadoramente fuera de la foto] y en la sustitución de Pasqual por José Montilla”, añade el ex jefe de la Junta.

Chaves subraya en su última frase la verdadera causa del hundimiento: los debates sobre la reforma estatutaria en el Parlament se disparataron a ojos del socialismo más posibilista. El chicle se estiraba, el articulado crecía y la exhaustividad e hiperregulación se convertían en la tónica dominante. Maragall, que siempre fue federalista, acabó pareciendo esencialmente nacionalista. Su discurso debía rivalizar no sólo con el de Artur Mas, sino también con el de Josep Lluís Carod Rovira. Y ahí estuvo justo la otra puntilla al eje. A finales de 2003, Carod, conseller en cap del recién inaugurado tripartito, se reunió con ETA en Perpiñán. Maragall no había sido informado. La banda decretó una tregua que beneficiaba sólo a Cataluña. En aquel momento, el PSOE-A dio casi por perdida la sociedad con el PSC. Carod acabaría dimitiendo. Pero eso importaba poco. “EL Estatut significó costes electorales para el PSOE”, admite Chaves, que añade a las complicaciones estrictamente políticas otras derivadas del carácter de Maragall. “Era difícil de tratar. Con Montilla las cosas fueron mucho más fluidas. Él era más claro, de origen andaluz y del sector del PSC menos catalanista. Quería más medidas sociales y menos debate identitario, justo lo contrario de lo que ocurrió con Maragall”. “Mi relación con Manolo [Chaves] era buena y se forjó durante años”, corrobora Montilla.

Velado el cadáver del eje e incinerado su cuerpo, el tripartito II (el de Montilla) dio paso, tras dos legislaturas de pausa, a la CiU de Mas y Duran. Y el panorama, claro, se ha transformado. Donde antes había complicidad hoy existen prejuicios. Mas se burló del acento de los andaluces y habló de una región permanentemente subvencionada y habituada a existir por encima de sus posibilidades. Los choques con Griñán han sido más frecuentes de lo deseable. “Pujol era mucho más respetuoso que Duran o Mas. Ellos tienen el chip nacionalista más acentuado, deben dar a entender que vivimos de la sopa boba y que ellos pagan más de la cuenta. Es una discriminación que subyace en la ideología nacionalista. Pero Andalucía no se va a olvidar del flanco social, ni del autonómico, ni de la defensa de la Constitución”, advierte Chaves. “Podemos jugar un papel a la contra, similar al del 28-F, impidiendo un retroceso del Estado de las autonomías y favoreciendo que se repita la posibilidad del café para todos”, concluye. El reto es formidable. La pugna será contra el País Vasco y Cataluña, pero también contra Madrid. Esta vez, Andalucía puede quedarse sola. En cualquier caso, el tiempo ha dado la razón a la RAG. Norte y Sur mezclan mal.

Etiquetas: , , ,

Los comentarios están cerrados.