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Viaje a la tierra prometida

Fede Durán | 4 de junio de 2012 a las 17:47

Fase 1: Barajas. Llego a los mostradores de El Al, precedidos por otros mostradores laterales donde un rígido empleado me entrevista brevemente. Repasa mi pasaporte, detecta rápidamente los dos sellos que le inquietan (Marruecos y Malasia) y me pregunta si tengo amigos o familiares allí, si fui por placer o trabajo y por qué elegí esos países y no otros. Después se interesa por los motivos de mi visita a Israel. Lo de las raíces judías le arranca una levísima sonrisa que desaparece cuando le digo que son más por parte de padre que de madre (las madres son la clave en el judaísmo hereditario). Finalmente paso al mostrador de verdad, elijo ventana, obtengo mi tarjeta y me indican que al llegar a la puerta de embarque pasaré un control de seguridad adicional al rutinario de todo aeropuerto.

Fase 2: Puerta H7 (por decir algo). Me espera un toril con otro mostrador (van tres) y otro empleado (rígido) de El Al. ¿Viajas solo? Sí. ¿De vacaciones? Sí. ¿Por qué Israel? Porque sí. ¿Cuál es tu profesión? Periodista. Me hacen pasar a la trastienda. La cuarta empleada del día (ojos azules, acento argentino) me conduce junto a otra pasajera por un corredor gris y sucio, me invita a bajar a las entrañas de la T3 en ascensor y me ofrece asiento ante un detector de metales (el segundo). Nos explican el procedimiento: van a deshacer completamente nuestras maletas, vamos a traspasar el detector sin objetos metálicos, nos van a pedir los zapatos. Practican una especie de test de explosivos con una herramienta calcada a las escobillas del váter. Doy negativo. Traspaso el detector. No pita. Soban mis zapatos. Están limpios. Se llevan mi mochila y me hacen pasar a otra salita. Aparece una tercera pasajera. Ha vivido ocho años en USA, pero ahora vive en España y ha montado una empresa de biotecnología (creo). Bizarra es. Todos recogen su equipaje menos yo. Al fondo, la argentina y otro señor lo manosean. Llega un agente de la Guardia Civil. Me comunican que la mochila ha dado positivo en el test de explosivos. Asumo en una milésima de segundo que Israel tendrá que esperar, pero qué va. La maleta viajará en la bodega, vacía. Mis pertenencias, en una caja de cartón, embalada. A mí me meten en el tercer zulo de la mañana. Me indican que me desabroche el primer botón del pantalón. Pasan por la goma de los calzoncillos la escobilla, pero respetan mis partes nobles. El agente me cachea. Estoy limpio, me puedo ir.

Fase 3: Tel Aviv. Aeropuerto-tren-taxibus. Primer choque cultural: un señor que no es militar (uniforme no lleva) se pasea por la calle metralleta en bandolera y pistola en mano. Busca algo. Prefiero ignorar qué. Taxibus (yellow taxi para los oriundos): especie de coche grande mucho antes que bus pequeño. Unos postes con los números de las líneas determinan dónde te puedes montar (son paradas de toda la vida, pero sin techumbre) pero apearse es discrecional. Indicas al conductor dónde te va bien (siempre dentro de la ruta prefijada) y listo. Me gusta el concepto.

Fase 4: Tel Aviv. Hay dos tipos de habitantes en la ciudad: los amables y los estúpidos. Predominan los primeros, mientras que los segundos se concentran sobre todo en funciones de ventanilla (museos, estaciones), así que es mejor llegar con las ideas claras y preguntar lo mínimo para no recibir como respuesta un gruñido y una cara de oso grizzly. Si vas a la playa has de asumir una extraña cultura donde los jugadores de palas tienen absoluta preeminencia sobre cualquier otro ciudadano: ocupan las orillas, le pegan a la bola bien fuerte y jamás se disculpan si tu cabeza resulta dañada. Admito que su rango de habilidades es bastante alto, pero logran estropear la filosofía remotamente original del playeo, que es el relax, no la tensión de verte con un agujero en el cerebro. Los precios son altos. Un hotel cutre no baja de 60 euros/noche. La comida es gloriosa en todo el país.

Fase 5: Jerusalén. Al fin encuentro hoteles a precios semidecentes. El centro de la ciudad me gusta. Inauguraron el tranvía hace seis meses y le da un aire mixto al distrito: casas con venas viejas y discreta modernidad. El ambiente es muy diferente al de Tel Aviv, que en realidad es una pasarela permanente. Jerusalén sería más, por espíritu, como Madrid. Gente muy cercana, olor multicultural y los mismos estúpidos parapetados tras sus ventanillas. La Ciudad Vieja reúne los tres lugares más sagrados para judíos, cristianos y musulmanes, te permite recorrer la Vía Dolorosa recordando los lugares donde Jesús paró, y ofrece a cualquiera la bonita perspectiva de perderse por sus calles y sus barrios (hay cuatro: uno por confesión más el armenio). En cierta forma, esperaba otra cosa. Llamadlo tufo a viejo, suciedad, oscuros agujeros de misterio, pero no, es un área perfectamente pulcra, con muros de ese tono amarillo que indica restauración. Me gustó el Muro. Entras con kipá (es el único requisito) y dispones de todo el tiempo del mundo. Tampoco hay mucho que hacer. Apoyas la cabeza en la piedra y reflexionas o rezas o das las gracias por estar ahí. El Santo Sepulcro es al contrario comida rápida. Entras en la habitación donde supuestamente enterraron a Jesús, te arrodillas (es obligatorio) y, si lo consideras oportuno, posas tus manos en la lápida. Aproximadamente a los veinte segundos, un sacerdote con cara de pocos amigos (muy parecido por actitud y gruñidos a los tipos de las ventanillas de atención al público) te invita a largarte con un montón de aspavientos (si prefieres la versión B del cristianismo, tienes la Tumba del Jardín a escaso medio kilómetro de la Ciudad Vieja. Allí también podrían haber sepultado a J-C. La Cúpula de la Roca estaba cerrada. Volví al día siguiente y corrí la misma suerte. En otra ocasión.

En ningún momento sentí la atmósfera mística que muchos visitantes atribuyen al lugar.

Fase 6: Mar Muerto. Te montas en el bus tras pasar por el suplicio de la ventanilla (recomendaciones: NUNCA pidas a uno de los empleados de la compañía de transportes que se salga del tiesto de su misión contractual. Si vende billetes, NO te dará información sobre horarios aunque la sepa perfectamente. Y viceversa) y en una hora estás en pleno desierto, observando inquieto cómo el chófer traza curvas al borde de un precipicio con la mano izquierda sobre el volante al tiempo que con la derecha pela pistachos o consulta el móvil. Desierto total. Bajo en una parada desolada y el termómetro marca cuarenta y seis. Sopla un viento abrasivo. En Ein Geti, presuntamente un oasis, está la playa más concurrida. Concurrida significa que hay diez personas. La orilla es de roca y sal. Hay un letrero con instrucciones en un costado. Las leo por encima: no tirarte en plancha, no salpicar a los demás, no bucear. A dos metros del agua, descansa sobre un pedrusco una enorme albóndiga de barro. Dicen que tiene propiedades curativas, o rejuvenecedoras. En cualquier caso, a mí me hace parecer de ébano durante unos minutos. Me meto en el agua con ciertas dificultades (el piso es resbaladizo y a veces puntiagudo). Floto. Pasan dos minutos. Me aburro. El barro sigue en mi cara, y decido darme un enjuague. Inmediatamente, siento como si un soldado bizantino me hubiera visto cara de otomano y descargase sobre mí caldera y media de aceite hirviendo. Me queman los ojos, la nariz y la boca. Salgo del mar a trompicones, colina arriba, en busca de las dos únicas duchas de agua dulce de la zona. Paso diez minutos bajo el chorro, me visto y me voy a la parada de bus dirección Masada. Nace ahí una de las baladas épicas del judaísmo. Adjunto enlace divulgativo. Puedo subir a pie (45 minutos de escaleritas escarpadas a cuarenta y seis grados vía the Snake Path; no está mal recordarlo) o en funicular (tres minutos de aire acondicionado y vistas de postal). Estoy mayor, opción B. Masada se alza a quinientos metros del Mar Muerto y concede una panorámica bestial: Jordania, el desierto, la nada. El viento sopla tan fuerte que me mueve. Una escuela visita el lugar: un señor toca la trompeta, los niños cantan bajo una bandera de Israel. Me viene a la memoria Mediterráneo (la peli).

Fase 7: Haifa. Norte del país. Sin tiempo para el Mar de Galilea o los Altos del Golán. Sin fuerzas para la muy vecina Acre. Me conformo con los Jardines Bahai, diecinueve terrazas de césped y flores. Alcanzo la cima mochila a cuestas. Pagaré por esa osadía el precio de una derrota prematura: a las 16.30 estoy de vuelta en Tel Aviv. Final del viaje.

Una birra: Goldstar.

Un barrio: Neve Tzedek (Tel Aviv)

Un monumento: el Muro de las Lamentaciones.

Un aliciente: bellísimas mujeres.

Libros que me han acompañado: La Guerra de las Galias + Caída Libre.

Banda Sonora: olvidé los auriculares.

¿Repetiría?: yes.

 

  • Francisco

    Pobre tu visión y con inexactitudes manifiestas… sí, debes repetir el viaje para que te empapes del país y conectes con tus raíces… que por cierto ¿las encontraste?