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Entresijos del caso Reding

Fede Durán | 20 de octubre de 2012 a las 12:03

El pasado 26 de septiembre, la vicepresidenta de la Comisión Europea, Viviane Reding, concedía una entrevista a Diario de Sevilla en un generoso despacho del Parlamento andaluz. La agenda de la luxemburguesa quemaba, pero en media hora larga dio tiempo a todo, incluida, casi al final del intercambio, una doble pregunta sobre el futuro de Cataluña en la UE si finalmente logra la independencia. Ésta es la transcripción:

-Cataluña plantea actualmente la posibilidad de independizarse. Pero si lo hace debería abandonar la UE y negociar su ingreso. Desde su salida habría un agujero en la libertad de circulación de personas y bienes en la Unión.

-No querría inmiscuirme en asuntos de política española, pero no pienso ni por un segundo que Cataluña quiera dejar la UE. Conozco a los catalanes desde hace mucho tiempo, he sido una de las pocas personas no catalanas en recibir la Cruz de Sant Jordi, y sé que su sentimiento es profundamente europeo.

-No le pregunto por la posibilidad de que Cataluña quiera o no ser parte de la UE, sino por el proceso que se abre cuando dejen de serlo. Lo dice la Convención de Viena: el Estado resultante de un Estado matriz abandonará todos los organismos internacionales en los que la matriz esté representada.

-Vamos, hombre, la legislación internacional no dice nada que se parezca a eso. Por favor, resuelvan sus problemas de política interna en España. Yo confío en la mentalidad europea de los catalanes.

Las palabras de Reding provocaron una reacción en cadena. Prensa, radio, televisión e internet hicieron circular la noticia y editorializaron al respecto. Madrid llamó a Bruselas y exigió explicaciones ante lo que consideró una peligrosa aproximación al problema del secesionismo. José Manuel Durao Barroso, el jefe de la vicepresidenta y comisaria, contactó con la oficina de la Comisión en Madrid, que a su vez se acogió al derecho de réplica y publicó en los mismos nueve diarios una aclaración bastante tibia. En realidad -vino a decir-, lo que la dirigente comunitaria sugirió es que interpretar la normativa internacional es harto complicado.

El látigo periodístico siguió sacudiendo, y distintos medios extranjeros se interesaron por el asunto. Normal: Gran Bretaña, Italia, Francia, Bélgica o Alemania arrostran similares complejidades territoriales. La Comisión inició entonces una segunda fase. Ya no se trataba de rectificar (con trampas) a Reding sino de censurarla. Su portavoz, Meena Andreeva, aseguraba al portal escocés newsnetscotland.net que la respuesta a la segunda pregunta fue: “Vamos, resuelvan los problemas internos de España en España. Yo confío en la mentalidad europea de los catalanes”. Paralelamente, el representante de la Comisión en Madrid, Federico Fonseca, iba más allá: “Leo con sorpresa que se atribuye a la vicepresidenta una frase que nunca dijo”.

Pero el ataque estaba mal planeado por una sencilla razón: el periodista grabó la entrevista. La frase (real) estaba ahí. Reding dijo lo que dijo, no lo que Rajoy le dijo a Barroso que debería haber dicho. Y el independentismo catalán lo ha celebrado como una victoria, o al menos como un avance esperanzador. Porque lo cierto es que si Bruselas no define su postura sobre el fenómeno es porque no tiene claro el ordenamiento jurídico internacional. Las Convenciones de Viena, tal y como explica el reportero escocés Martin Kelly, son un conjunto de tratados auspiciados por la ONU pero no incorporados a la legislación de la UE. “Ni el Reino Unido ni España ratificaron la convención de 1978″, explica Kelly. En ella se recoge la previsión de que el nuevo Estado resultante de la independencia salga de los organismos internacionales en los que estuviese representado el Estado matriz.

Nadie sería capaz de aclarar si la polémica frase de Viviane Reding fue fruto de la sinceridad, del dominio de la ley o de su total ignorancia. Pero son muchos los ojos puestos en la opinión oficial de la UE al respecto. La Generalitat que preside el convergente Artur Mas adelantó hace unos días que Cataluña “internacionalizará el conflicto” si el Ejecutivo central impide un referéndum sobre la separación. Escocia celebrará el suyo en 2014 tras pactar civilizadamente sus términos con el Gobierno británico. El independentismo flamenco ha ganado terreno en las recientes municipales belgas. Y hasta el tecnócrata Mario Monti, primer ministro interino en Italia, ha sugerido la convocatoria de una cumbre europea informal para analizar cuidadosamente el auge del secesionismo en la UE.

En cualquier caso, Bruselas se boicotea cuando maquilla la realidad. Su problema es humano: tiene tantas voces como sensibilidades nacionales, territoriales y étnicas. Unificar el discurso sólo es asequible si antes se unifica -a todos los niveles- la institución. Reding ha acabado pidiendo disculpas y la Comisión afirmando que dará a conocer su actitud hacia Cataluña cuando España lo reclame. Así, sí.

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