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Los padres y nuestra crisis

Fede Durán | 8 de noviembre de 2012 a las 18:47

A menudo nos comparamos con nuestros padres en una especie de búsqueda personal por contrastes y afinidades. Ellos viven esta crisis de otra forma porque ya vivieron otras antes, y tal vez peores. Pero las vistas desde el infierno (Franco) revalorizaban el horizonte: ahí detrás, superados los Pirineos, había cosas mejores que quizás algún día se les contagiasen. Y así ocurrió. Crearon un país nuevo donde el cero implicaba la enorme ventaja de poder alcanzar el cien. Hubo un pacto del olvido. Muchos de los cómplices de la dictadura tuvieron también su oportunidad. Estructuras diferentes implicaban enormes oportunidades: se inventaron las comunidades autónomas, se instauró la libertad de mercado, las fronteras se abrieron y los emprendedores tuvieron la oportunidad de probarse sin tutelas políticas (vale, algunos medraron a la sombra del generalísimo e igualmente sin él; en todas las clases hay alumnos que huelen a matarratas). Mis padres progresaron a golpe de esfuerzo, voluntad y talento. Progresaron y acabaron alcanzando sus metas, o un buen puñado de ellas. Sabían que podían aterrizar en la Luna y allí aterrizaron, rebajando siete veces su peso terrestre.

Nuestro caso es diferente. Nacimos en el ochenta, fuimos adolescentes rozando el cien y ahora, en nuestra primera madurez, descendemos año a año hasta aproximarnos al cero. Esa progresión inicial nos ha hecho daño: nos tragamos aquello de que nunca habría más techo que el de los desastres naturales y las limitaciones de la propia inteligencia. Nos lo creímos y no aprendimos a sufrir o, mejor explicado, a sufrir sin quejarnos, sin protestar, sin cuestionar las decisiones que debilitan nuestro futuro. Un amigo siempre me repite esta frase: “Somos rehenes de una generación amortizada”. Es la generación de nuestros padres, desbrozadora y arrojada pero actualmente letal. Porque son sus coetáneos los que dirigen el Gobierno y la banca, las multinacionales y las constructoras, las administraciones públicas, los partidos políticos y los medios de comunicación. España necesita una transfusión. Porque cuando ellos ya no estén nosotros seguiremos aquí. Y es conveniente aprender a tomar ya las decisiones. Hoy sólo hay dos: la rendición, que significa marcharse a otro país y asumir ese reto como una realidad distópica y no floral (al menos en el arranque); o la rebeldía, que no consiste en quemar cajeros sino en buscar la autarquía. Ser nuestros jefes, nuestros empresarios, nuestros líderes, nuestros inspiradores. Diseñar un mundo paralelo donde no haya que pedir permiso para apartar lo que no funciona y arriesgar como arriesgaron ellos. ¿Bruselas va a rescatar a los bancos de nuestros padres? Que esos bancos se fijen entonces en nosotros cuando el dinero llegue. No les pediremos ningún favor. Les pediremos que nos presten y les pagaremos por ello.

Hay días en que descuelgo el teléfono y escupo buscando el desahogo. Mis padres, claro, están al otro lado, aguantando, aconsejando, callando cuando no les dejo hablar. Es una de sus impagables funciones, y somos cientos de miles los que recurrimos a ella. En realidad, nos malgastamos. Ya que no podemos crearla ni destruirla, invirtamos la energía en transformar.

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