Crónicas de un escéptico » Archivo » La bestia durmiente

La bestia durmiente

Fede Durán | 23 de diciembre de 2012 a las 13:00

EL neón de la crisis hace parpadear dos palabras, recortes y reformas, aplicadas discriminadamente porque afectan al núcleo del Estado del bienestar -educación, sanidad, pensiones, salarios de la función pública, impuestos, tasas judiciales- pero no a quienes lo tutelan. Rajoy desde el centro y los virreyes autonómicos desde las periferias ibéricas han amputado a las clases medias y bajas lo que ellos, y los poderosos del círculo económico, todavía retienen: un estatus inmutable que consolida la brecha entre ricos y pobres, o entre protagonistas y comparsas, y liquida de paso la aspiración mesocrática de España.

Los poderosos del círculo económico son definitivamente los banqueros y, en menor medida, un puñado de empresarios a los que el mérito cierto sitúa a menudo, o a veces, en un nivel moralmente superior. Porque la banca no ha pagado su factura ni parece que la vaya a pagar mientras el capitalismo funcione como lo hace: con una desregulación perversa en EEUU y una regulación deficiente en Europa que convergen en idéntica conclusión -hasta la victoria siempre, que rotularían en la Cuba del Che- con independencia de la calidad de la gestión, el grado de corrupción y los desfalcos a una clientela no siempre capaz de calibrar el riesgo del producto que adquiere.

La otra tarea ignorada es más grave y puede conducir, como advertía esta semana el sociólogo Manuel Castells, a un estallido de violencia. Porque los políticos han envuelto al país en un lazo lampedusiano -aquel que todo cambie para que todo siga igual- en lo que respecta al ejercicio de sus funciones y la retención de sus privilegios. En su menú de debut, Rajoy incluía una discreta reforma de la Administración Pública que contemplaba la reducción del tamaño de los ayuntamientos (un 30% menos de concejales), una fiscalización mayor de sus cuentas y la elaboración de un mapa competencial sin duplicidades. Se obviaban, no obstante, cirugías a vida o muerte como la eliminación de las diputaciones, la reformulación del Senado, el reenfoque de la ley electoral o las estrategias de gasto suntuoso (protocolo, asesores, flota de vehículos, dietas, residencias oficiales, organismos superfluos o extravagantes, iPhones e iPads de uso público, viajes en primera clase, etc), todas ellas importantes a ojos del ciudadano por cuanto le transmiten cierta sensación de solidaridad en el esfuerzo.

La cosmética encierra en este caso una buena dosis de ética. Admitiendo que España no es Islandia, y que aquí, por desorden mediterráneo, es impensable una macrorreforma participativa y una expulsión en bloque de la clase política, no existen más soluciones. Visto que el ciclo económico no depende de la acción aislada de un gobierno -ni siquiera de varios: Wall Street, la City y Fráncfort disponen-, el recurso a la estética es la única salida para evitar un estallido social. Los españoles mantienen aparentemente la calma, incluso desde fuera se les observa con incredulidad por contraste con los beligerantes griegos, pero que nadie se engañe: ésta es una raza sanguinaria, como todas las razas conquistadoras. Sólo hace falta despertarla.

Los comentarios están cerrados.