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El caimán

Fede Durán | 28 de diciembre de 2012 a las 12:24

EN uno de esos reportajes televisivos de temática escasamente original, un hombre de 42 años explicaba orgulloso y agradecido el contrato poco cualificado que había logrado en plena crisis y pese a ser “un trabajador mayor”. Impacta que alguien que ni siquiera roza la cincuentena se autodefina como “mayor”, es decir, como perfil profesionalmente difícil de recolocar una vez en el paro. En esta Europa envejecida que aún envejecerá más debería ocurrir lo contrario. Con el retraso de la edad de jubilación -tanto legal como real-, los institutos estadísticos y los ciudadanos de carne y hueso harían bien en interiorizar el cambio de mentalidad. Si el horizonte razonable en tiempos de longevidad, con la correlación trabajadores/pensionistas estrechándose del cuatro a uno de bonanza al imposible uno a uno de futuro, debiera ser una retirada no antes de los 70 años, considerarse poco menos que un trasto anticuado con 42 equivale a volar los pilares del sistema laboral.

Lo malo es que el hombre tiene parte de razón. Con casi seis millones de parados y una economía incapaz no sólo de crecer por encima del 2% del PIB (la frontera para crear empleo) sino siquiera de avanzar unas décimas, engrosar las listas del INEM, a cualquier edad, constituye un riesgo cierto de muerte profesional. A los 30, a los 40 o a los 50. Porque España es un país filosóficamente diseñado para el trabajador por cuenta ajena, aquel que espera que una mano salvadora le fiche y le resuelva la vida con un buen sueldo y unas anchas vacaciones. La tara deriva en parte del pedestal en que hemos colocado a la función pública. ¿Recuerdan aquellas encuestas en las que invariablemente los recién licenciados proclamaban su voluntad de convertirse en funcionarios por encima de todas las cosas? Pero también se debe, la tara, a la escasa cultura emprendedora del país, por una parte, y al pobre valor añadido con que entendemos a menudo esa acción de emprender, por otra. Montar un bar no es crear riqueza.

Esta ausencia de imaginación, valentía y crédito reflejada en el retrato robot de la población genera otro defecto de serie: al pervivir la vocación del contratado sobre la del empresario/autónomo/emprendedor, cerebros de distinto tamaño se fugan a otros países. Resulta casi grotesca la carnicería merkeliana: no se contenta, como los británicos, con especular a costa del euro pobre mediterráneo sino que además quiere nuestras almas de emigrantes, almas que harían bien en aprender alemán, tal y como la canciller se encarga de recordar.

Una posibilidad es cerrar escuelas y universidades y donar directamente a los bebés españoles a esas otras naciones con porvenir y recursos. Cuando crezcan podrán enviar remesas desde el extranjero, una escena que nos suena porque la vemos en Madrid o Barcelona aunque los actores sean otros. U obligar a los universitarios a firmar contratos de permanencia o fidelidad a la patria, al menos hasta que se demuestre que aquí no podrán respirar (tarea obviamente sencilla). O salir del euro y la UE de una maldita vez y convertir a España en un paraíso fiscal, como Suiza o las Islas Caimán.

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