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La moneda del billón

Fede Durán | 11 de enero de 2013 a las 10:21

CITAR a alguien en exceso equivale a endiosarlo. Es lo que desgraciadamente ocurre con Krugman, que esta vez no viaja solo en la exposición de su teoría sobre el abismo fiscal, quizás la menos ortodoxa de sus últimos tiempos, quizás también la más original, incluso por la parábola elegida al efecto, digna de rescate. “La escena es la siguiente: un terrorista está a punto de entrar en una habitación abarrotada de gente con una bomba en la mano que amenaza con hacer estallar. Resulta, sin embargo, que los servicios secretos han averiguado cómo desarmar al maníaco. La táctica consiste en embutir al secretario del Tesoro [piensen en Timothy Geithner] en un traje de payaso. Pero entonces sus asesores dan un respingo y contestan: ¡Dios mío, no podemos vestir al secretario [piensen que el cargo equivale al de un ministro en Europa] de payaso!”.

El traje de payaso que imagina Krugman para sortear las diferencias en torno al abismo fiscal mostradas por demócratas y republicanos es una simple moneda plateada, pero no una moneda cualquiera sino una de un billón de dólares. Decíamos que esta vez no está solo: Ezra Klein, The New Yorker y The Economist opinan exactamente lo mismo. Una moneda para salvarlos a todos, para evitar un cataclismo, para que EEUU siga sosteniendo la Seguridad Social, o pagando los intereses por emitir deuda soberana, o abonando puntualmente las pagas de sus valientes soldados.

El mundo anglosajón adora los recovecos legales, las interpretaciones creativas y las sorpresas más variopintas. Ahí está la Segunda Enmienda, utilizada todavía hoy como principal arma a favor de las armas. Ahí los palacios de la muy británica Isabel II, que no tributan al considerarse patrimonio público. Ahí la cláusula que da forma a este artículo, incluida en los estatutos de la Reserva Federal y pensada originalmente para propósitos conmemorativos: “El secretario del Tesoro podrá acuñar y expedir moneda […] de acuerdo con las especificaciones, diseños, tipologías, cantidades, denominaciones e inscripciones prescritas por el propio secretario” bajo los criterios que estime convenientes.

Con una única moneda de un billón de dólares, sostienen Krugman, Klein, The New Yorker y The Economist, EEUU resolvería sus problemas financieros y existenciales. El billón quedaría consignado en la Fed como activo, las facturas se pagarían puntualmente y los republicanos no podrían meterle mano a la sanidad semipública que Obama se ha empeñado en instaurar contra viento, marea y darwinistas de lo social. Queda claro una vez más que la economía es una ciencia esencialmente creativa y con altas dosis de ficción. Podría ser, incluso, un bonito género literario.

Como guinda, la conclusión de la periodista Amy Davidson: “La moneda del billón es ingeniosa e intelectualmente interesante. Eso no la convierte en una buena idea. El techo de deuda es una mala idea nada ingeniosa. Una sana aproximación al problema sería preguntarse cómo espera el Congreso aprobar leyes que autoricen nuevos gastos manteniendo los impuestos bajos y con una cláusula de techo de gasto que además lo hace imposible”.

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