Convivencia sin amor

Fede Durán | 24 de marzo de 2013 a las 10:57

Con la excepción de Cataluña y sus tripartitos I (Maragall) y II (Montilla), quizás nunca IU había tenido en España la oportunidad de tocar tanto poder como en Andalucía tras el 25M. Sobre Diego Valderas, hoy vicepresidente de la Junta, recaía la responsabilidad de cerrar un acuerdo equilibrado en consejerías (obtendría tres, ninguna de ellas pata negra) y compatible con la ética que en teoría distingue a la federación de un partido, el PSOE, que lleva más de tres décadas en el Gobierno.

Lo segundo ha sido más difícil: la comisión de investigación de los ERE fue apenas una opereta frente a la gran liga del proceso judicial; la Administración paralela y el enchufismo aún manchan el currículum de los gestores autonómicos. Afirma Juan Ignacio Zoido que IU tapa y los socialistas regalan. En realidad, Valderas, Elena Cortés (Fomento) y Rafael Rodríguez (Turismo) han procurado aplicar en sus ámbitos de competencia el listón deontológico que no pueden asegurar al conjunto del Ejecutivo. Las encuestas dicen por ahora que la experiencia no les quema. Izquierda Unida sigue creciendo.

En cualquier caso, el reto, el otro reto de todo matrimonio de conveniencia, era la armonía, o al menos la tolerancia. Este Gobierno de dos se parece poco hoy a una intriga florentina, aunque las sensaciones de cada socio difieren. Donde el PSOE ve “un clima de absoluta confianza”, en palabras de uno de sus líderes, IU habla de “cero deslealtad pero bastantes reservas”.

La Biblia es el acuerdo de 75 páginas firmado el 18 de abril de 2012, tan maximalista y ambiguo como cualquier programa electoral. Cuando hay dudas, regates o conflictos, las partes se remiten inevitablemente al documento, un árbitro inanimado, un pacifista de papel.

El esquema es el siguiente: Griñán ejerce de hombre de Estado. Está por encima del bien y del mal. La rutina no le salpica. La dama de hierro es Susana Díaz, consejera de Presidencia e Igualdad, dura, ambiciosa y temperamental. Valderas es la hormiguita, el correcaminos, un hombre conciliador que releva solícito al presidente en la tediosa noria de los viajes oficiales. Díaz y Valderas llevan el pulso de la coalición, teóricamente cada 15 días, en reuniones a las que también asisten Mario Jiménez, número dos del PSOE-A, y José Antonio Castro, portavoz del grupo parlamentario de IU. Díaz sería una especie de Robespierre; Valderas algo parecido a Sieyès. La mezcla, aparentemente, funciona.

Existe un segundo nivel de relaciones bilaterales. Junto a cada delegado provincial de la Junta, IU, a través del departamento de Valderas, endosa un coordinador, una sombra, un Fouché fiscalizador e invisible. La temperatura asciende en este caso. “Hablaríamos de tolerancia razonable”, explican desde el PSOE.

El primer año de coexistencia no ha sido demasiado productivo. En el horizonte asoman un puñado de leyes, pero todavía no se ha aprobado ninguna de las contempladas en el pacto de intenciones. Unos y otros lo justifican por la propia dinámica de toda legislatura -arranques lentos, finales trepidantes- y por el alto grado de participación ciudadana con que la Junta procura aliñar los textos.

Era difícil pronosticarle a priori más o menos latidos a este corazón híbrido, que de momento late puntualmente gracias al acertado reparto de roles, al respeto imperante, al beneplácito provisional de la militancia (la de IU, básicamente), a una Biblia de 75 páginas, a los sondeos, y a la descafeinada oposición de un PP que unos días percute con los ERE -un arma de destrucción masiva si se usa hábilmente- y otros se pierde en la intrascendencia.

¿Y el escenario de una crisis de Gobierno? IU respinga -“sería una locura”-, el PSOE tranquiliza: “Ellos mantendrán sus tres carteras bajo cualquier circunstancia”. Si hay cambios, los socialistas se centrarían en sus negociados, dejando en manos de IU la decisión de mantener o cambiar los cromos que obtuvieron en la puja.

Año uno, entendimiento sin amor; supervivencia sin odio.

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